WASHINGTON No había nada mejor que sus brazos. Abby lo sabía bien. Los brazos de Evan eran firmes, grandes y un lugar seguro para quien lograra entrar en ellos. Se sintió agradecida con la vida que la colocó allí. Aquellas manos podían hacerla sentir delicada pero en otros momentos las fogosos, la llenaban de vida y erizaban su piel con cada caricia. El americano había metido sus manos dentro de la ropa de su esposa, sintiendo su cuerpo y su piel a su paso. Abby se retorció añorante y gustosa de lo que estaba pasando. Nunca se había sentido así, solo con él. Era la mezcla perfecta entre lujuria y sentimientos, un cóctel que provocaba muchas cosas en su cuerpo. Evan tomó uno de sus pechos entre sus manos, haciendo a un lado su sujetador y eso la hizo sonreír de forma lasciva. Le

