Grillo estaba seguro de que esos habían sido los mejores seis meses de toda su vida. Nunca tenía que explicar nada con ella, nunca tenía que rogar nada; solo estaban constantemente enamorados, felices, ilusionados. —Mamita, ya que estamos aquí y eso… ¿podés hacerme esas tortillitas tan ricas? —dice él. Tamara, que había estado llorando durante minutos, se ríe. Grillo también, y su padre sonríe mientras su madre le enseña las uñas. —Hijo, yo ya no cocino… pero puedo intentarlo —responde Ileana. Vito se ríe, la toma de la mano y les hace una seña para que vayan al interior. —No parecen delincuentes —comenta Tamara, y Grillo sonríe. —Mi mamá se ve muy dulce. —Los dos son muy guapos. —Es obvio, ya viste lo guapo que soy —bromea él, y ambos se ríen antes de entrar a la casa. Tamara esp

