Grillo es una buena pareja cuando se lo propone.
Él sabía que no se podía arriesgar a solo llevar a Sima a un lugar corriente. Un restaurante le parecía poco, un cine, peligroso y, evidentemente, un lugar en el que estuviesen los dos era un infortunio para lo que estaba deseando dejarle claro. Un poco de lo que conversaba con Emma se le estaba quedando en la cabeza, y eso era muy fácil: no podía simplemente involucrarse con una persona que no estaba disponible emocionalmente… si él quería eso.
De todas formas, se vistió, se peinó y usó la colonia cara que empleaba para tener sexo, solo por si Sima sí era la mujer de su vida.
Ella estaba nerviosa esperándole, porque le había dado vueltas a Grillo —a lo que representaba, a lo que podían construir juntos—, y le encantaba que estuviese en la puerta de su casa esperándola. Ella sonrió y abrió.
Sima había cumplido: se había vestido con lo que Grillo consideraba un trapo metálico de color rojo que le cubría parte de los pechos y dejaba parte del abdomen al descubierto, tanto que podía verle el ombligo. Gracias a Dios, la falda cubría lo suficiente de su trasero, porque ese vestido en ese cuerpo era un crimen. Se sentía como si le hubiese salido en un babydoll de diseñador… pero no dijo nada.
—Estás matadora —le dice, y le da un beso en la mejilla—. Te traje un detalle.
Grillo le entrega una cajita con sus chocolates favoritos. Ella suele comprar la versión pequeña porque no tiene autocontrol, y son la mitad de la porción que uno grande. Le da las gracias, abre la caja para probar un par y comparte con Grillo mientras cierra la puerta de su casa. Los dos van hacia el auto, tranquilos. Grillo le toma de la mano para evitar que tenga un accidente con los tacones de stripper.
—¿Quieres que me cambie?
—Estás guapa.
—No dejas de mirarme horrorizado…
—Estoy horrorizado porque elegí esta noche para ser un caballero.
—Son las 7:10 p. m.; solo quedan cinco horas para que no rompas tu promesa —responde Sima, y él se ríe. Le abre la puerta del auto y lo rodea para llevarla a un lugar especial. Muy poca gente sabía que Sima adoraba el ballet, y aún menos que había dado clases a niños cuando era adolescente para ganarse un dinerito. Él le puso un abrigo y la llevó a la presentación de una academia. La joven lo miró impresionada, y Grillo reconoció que ella no era la única pensando en alguien. Ella lo miró emocionada y le tomó de la mano antes de susurrar si era legal ver a bebés bailar.
Los dos se retiraron lentamente antes de que finalizara, para evadir a la gente. Ella tomó la mano de su cita y él sonrió.
—¿Quieres hijos? —pregunta Sima.
—Sí.
—¿Cuántos?
—Todos los que podamos —responde, y ella se inclina para besarle.
—Yo quiero eso muchísimo. He trabajado toda la vida para y por la gente. Me merezco solo estar en la casa con mis hijos y tener un marido que esté bueno… y folle bien.
—Mmmju —responde Grillo, y los dos ríen.
Van a comer a un restaurante romántico, con un montón de velas y música en vivo. Conversan: lo que están haciendo, viviendo y disfrutando; un poco sobre sus carreras. A Grillo le encanta Sima: es muy directa, inteligente… tan su tipo que le preocupa.
—¿Te parece si la próxima cita la planeo yo?
—Me encantaría.
—¿Te vas a hacer de rogar o vas a venir, Grillo?
—Voy a ir donde me invites —responde con una sonrisa, y ella asiente.
Cumplieron la promesa: nada de sexo. Pero nadie dijo que no podían tener besos apasionados contra la puerta de la casa de Sima. Habían iniciado con un beso en la mejilla, que se volvió dos… luego cuatro. Ella tomó la mano de Grillo y lo miró de esa manera tan sensual que él no pudo resistirse a acercarse un poco más. La sostuvo entre sus brazos mientras la besaba; rápidamente, ella le dejó claro que no estaba esperando el beso del príncipe azul, sino el de las pelis de Grey. Le enredó los dedos en el pelo, despeinándolo. Él apretó, con más hambre, sus labios contra los de ella, arrinconándola contra la puerta, permitiéndose sentir cada centímetro de su cuerpo caliente. Los pezones erectos de Sima rozaron la camisa de lino de Grillo —apenas separados por dos delgadas telas—; las manos de ella lo presionaban contra su cuerpo y él gruñó cuando sus caderas buscaron las de él, con total descaro, aun sobre la ropa. Ella gimió contra su boca… y él negó con la cabeza. Su misión era ser un caballero, y la iba a cumplir.
La chica estaba tan encendida como la última noche que había estado con Grillo, y él terminó con un caso de “huevos morados”. Por fortuna, Sima no era tímida ni de las que dejan las cosas para luego.
Después de que Grillo salió de su ducha de agua fría, recibió un mensaje:
Sima
Te gusta el aire libre; tengo un plan perfecto.
Grillo
Mi ensayo mañana es solo de baile. Termino a mediodía; ¿te parece si nos vemos en la tarde?
Sima
Perfecto. Vamos a andar fuera: tenis y ropa cómoda, deportiva.
Grillo
Una mujer que se ensucia…
Sima
Yo me animo a un montón de cosas…
Nos vemos mañana. Una fotito para que pienses en mí.
Sí: definitivamente era una foto de ella animándose a estar desnuda, en una pose muy sugestiva. Grillo le dio las gracias al “no sexo” por hacer el sexting más valioso.
Grillo
Procedo a eliminar eso, porque “nada de sexo” incluye cibersexo.
Sima
¿Masturbarse es sexo? 🥴
Grillo
No, si piensas en Ricky Martin en lugar de en mí.
Sima
JAJAJA. Nos vemos mañana; pensaré en otro para que te sientas feliz.
Grillo
Piensa en un hombre gay que me ha hecho reconsiderar mi propia orientación s****l.
Sima
Basta. Vete a dormir.
La prensa estaba enloquecida: tenían el mejor contenido que podían imaginar. Estaban obsesionados con la pareja, pero si alguien dominaba el arte de ser classy con sus fans, ignorar a los chismosos y disfrutar de una buena tarde al aire libre, era Sima. Habían ido a escalar y, apenas llegando, los paparazzi estaban atentísimos. Grillo la tomó de la cintura y la guió hacia su cita. Se colocaron el equipo y se fueron a caminar juntos. A diferencia de Grillo, ella era todo wellness: suplementos, aire libre y tranquilidad.
Le entregó una merienda hecha por ella misma, con todo el mimo del mundo: pan fresco con relleno de pollo, manzana y quesos espectaculares; y, de alguna forma, seguía tibiecito. Él sonrió: no lo cuidaban tanto desde hacía años.
—Entonces actúas desde la infancia —comenta Grillo, y ella asiente.
—Ir a llamado con mi mamá era una tortura. Esa mujer me ponía a trabajar más duro que nadie. Pero mi papá… ese los mandaba a la v***a. Les decía: “Son las dos de la mañana; si la niña no quiere hacerlo, no lo hace”. Pero yo sentía el compromiso, ¿sabes? Íbamos a una buena escuela gracias a mí, teníamos acceso a mejores oportunidades y, como hermana mayor, me sentía obligada en algún momento.
—¿Te gustaba o, en algún punto, lo querías?
—Sí. A mi primer casting obligué a mi abuela: le dije que iba a la fiesta de una amiga y, en realidad, iba a un casting. Sin saber nada, me encontraron súper mona para dar clases de ballet en televisión. Nunca había tomado una clase, pero… ya sabes lo que dicen: fake it until you make it. Me dejaron en el programa, luego vinieron las novelas y, con ellas, te dan “garantías” a tu familia. Vivíamos en un vecindario para estrellas infantiles, con otros niños del programa. Íbamos a escuelas para niños actores: era como un homeschool con más niños artistas. La educación era buenísima, y yo veía la diferencia con respecto a mi anterior escuela, y lo felices que estaban mis papás sin pensar en la renta, en el dinero de la comida o en si íbamos a poder pagar ropa, porque me la regalaban. Y para eso había que seguir trabajando —comenta y se encoge de hombros.
—Pero tu papá ponía límites.
—Le pagué parte de la carrera. Sigue siendo mi abogado, pero en esa época era asistente legal de un abogado impresionante, el cual nos ayudó mucho a gestionar contratos y a que nos dieran estabilidad. Me fue muy bien: cuando empecé a ir a tours de música, ganaba regalías que los demás no. —Se encoge de hombros—. Contratos publicitarios que me llenaron los bolsillos y me permitieron tener un colchón para decidir cuando estaba más grande. ¿Tu familia te apoyó en esto?
—Mi abuelo creía que sería el próximo Beethoven y yo se lo dejé pensar mientras aprendía y me construía. Cuando saqué mi primer disco, casi se desmaya, pero me dio una palmadita en el hombro y un beso en la frente. La noche siguiente tenía a un amigo —su sacerdote de confianza— esperándome para cenar.
Los dos ríen.
—¿Tus papás?
—No… No tenemos relación; ellos me dieron en adopción.
—Lo siento; solo pensé que eran religiosos y tú vas por la vida cantando cosas que riman con “tetas” y “culo”.
—Ja, ja, ja —se ríe irónico.
—¿No tienes contacto con ellos?
—No.
—Lo siento.
—Yo también —responde.
—¿Por qué?
—Tus papás te explotaban —dice él, y ella rueda los ojos. No era explotación lo que vivió, y no le gustaba que él lo percibiera como si hubiese sido una víctima. Había sacado a una familia adelante a una edad joven, sí, pero detestaba que la gente asumiera que era una víctima. Se permitía más juguetes y ropa de esa manera que de la previa.
—Sima, no quise ofenderte.
—No me ofendes. Yo trabajé duro por todo lo que tengo.
—Cielo, hice una pésima observación y valoro tu trabajo, pero… llamado a las dos de la mañana, pagar una carrera universitaria y sacar adelante a tus hermanos no era tu responsabilidad. Es brillante que les permitieras tener una vida mejor, pero no deja de ser lo menos deseable.
—Grillo, dejemos el tema.
—Si tuvieras un hijo, ¿le permitirías trabajar hasta las dos de la mañana o que te pague la renta de la casa?
La respuesta de Sima era muy simple, pero no quería discutir eso en su segunda cita con nadie. Así que se dedicó a recoger sus cosas.
—Mis papás hicieron lo que podían con lo que tenían. Mi mamá era conserje y mi papá, asistente. Eso no rinde para tres hijos, y fácil es decir “no tenerlos”. Pero con tres hijos y poco dinero hicieron maravillas. Yo solo contribuí a ese proyecto de vida.
—Mis papás me abandonaron. No sé nada de familias. Tenían dinero y un solo hijo… y, de todas formas, me dejaron. No vengo de una familia perfecta. Solo sé lo que es ser un niño pequeño y querer la vida perfecta.
Sima entendía eso.
Ella había estado enferma, cansada, y, de todas formas, había tenido que ir, poner su mejor sonrisa, dar la entrevista, sentirse juzgada por niños adultos y por sus propios compañeros. Tuvo que trabajar duro: aprenderse diálogos, canciones, interpretar emociones que a veces eran muy grandes para ella o chocaban con las que sí estaba experimentando. Su papá hizo un gran trabajo con los contratos y la defendía cuando era necesario, pero había permitido los abusos de su mamá.
—¿Sabes qué no me dejaban hacer de pequeña?
—¿Qué?
—No me dejaban comer helado.
—¿Por qué?
—Soy intolerante a la lactosa y me va fatal con el azúcar. Me da un sueño… terrible.
Grillo se ríe y le termina de ayudar a empacar. Bajan juntos; el cielo se tiñe de colores y él se gira para abrazarla. Sima sonríe y él pregunta a qué se debe tanto amor.
—Yo, a veces, solo quiero que me abracen.
—A mí me encanta que me besen —responde, y él se ríe. Le da un beso corto en la frente, le guiña un ojo; luego, un beso en la mejilla, le acaricia la espalda y, finalmente, la besa en los labios: un beso largo, dulce… intenso incluso.
Grillo deja a Sima en su casa y luego conduce a la suya. Toma una ducha larga, hace un par de llamadas y después le escribe:
Grillo
¿Quieres dar una vuelta rápida conmigo?
Sima
Acabo de ponerme sweatpants y un top.
Grillo
Paso por ti igual.
Sima
Acabas de verme.
Grillo
Quiero verte más.