El beso.

2041 Palabras
Punto de vista de Bastian. Me reí con ellos, soltando el aire que no sabía que estaba conteniendo. Tadeo y Francesca bebieron de su copa, aliviados de que mi comentario sobre romper a su hija fuera solo una "broma". Amy me sonrió, pero sus ojos permanecieron fijos en mí, analizando mi falsa ligereza. Francesca se levantó, dando por terminada la cena, y todos nos dirigimos de nuevo al salón principal. —Fue una velada encantadora, Francesca —dije, estrechando su mano con una cortesía helada. —La cena es apenas el comienzo, Bastian. Espero verte a menudo —respondió con una sonrisa maternal que me revolvió el estómago. Tadeo se despidió con una palmada en el hombro, ya soñando con las riquezas que mi falsa inversión le traería. Amy se acercó a mí, hablando en voz baja a mi oído. —¿Te quedas un momento más? El jardín es hermoso por la noche. Esa era la invitación que estaba esperando. Una hora a solas. El primer paso para destruir el castillo desde dentro. —Me encantaría —respondí con una sonrisa que ya no me costaba fingir. Salimos por un lateral del salón, donde la luz de la luna bañaba el extenso jardín trasero. Escuchábamos el suave murmullo de las fuentes y el siseo silencioso de la brisa. Amy caminaba delante, y yo me detuve cuando ella lo hizo. Estábamos parados frente a la piscina iluminada con una luz azul, que reflejaba las estrellas. —Aquí es mi lugar favorito —me confesó, girándose hacia mí. —Es tan tranquilo. —Es magnífico —concedí, ignorando el impulso de empujarla para ver si flotaba. —Te haré una pregunta, Amy. Una de esas que no se preguntan a la ligera. Ella me miró con curiosidad. —¿Adelante? —¿Cuál es tu mayor sueño? Lo que realmente anhela tu corazón. Amy dejó de mirar la piscina y me miró a los ojos, con una sinceridad que me desarmó por un segundo. —Siempre he soñado con tener una familia —dijo, con alegría. —Una familia propia. Tener hijos y criarlos con amor, con valores, como mis padres nos han criado a mí y a mis hermanos. Quiero ese mismo amor y estabilidad. Sentí una punzada de ira fría. Mi madre en una cama, mi padre muerto, mi vida hecha escombros... y ella soñaba con la "estabilidad" que su familia había robado a la mía. —¿De verdad crees que tus padres son buenas personas? —pregunté, forzando una sonrisa ligera para que pareciera una broma. Amy se rio, una risa cristalina y genuina, antes de contestar con total convicción. —Son los mejores padres que hay sobre la faz de la Tierra, Bastian. Los amo con toda mi alma. Solo pude sonreír. "Estás tan equivocada, Amy. Tan terriblemente equivocada," pensé. "Y lo descubrirás, y todos ustedes sufrirán." Pensaba en mi mente. Hubo un momento de silencio, pero Amy supo cómo llenarlo todo. —Ahora tú. Es justo —dijo Amy, su tono volviendo a ser juguetón. — ¿Cuál es el gran sueño de Bastian Black? La miré, y la respuesta que salió de mis labios fue una mentira, sí, pero tenía un sabor a verdad peligrosa. La miré de arriba abajo, deteniéndome en sus ojos penetrantes. —Mi mayor sueño —dije, dando un paso más cerca, forzando que mi voz sonara con mucha seriedad. —Es casarme con una mujer como tú, Amy. Ella levantó una ceja, pero no se alejó, luego, se echó a reír. —¡Eres un mentiroso! —exclamó, divertida. —Solo estoy diciendo la verdad —insistí, y sabía que por primera vez, desde que la había visto, mi sonrisa no era fingida. Estaba siendo honesto sobre mi deseo, aunque el propósito detrás de ese deseo fuera la ruina. Amy dejó de reír. Su sonrisa se desvaneció, reemplazada por una expresión más seria y vulnerable. Sus hermosos ojos azules se fijaron en los míos, buscando algo. ¿La verdad? ¿La mentira? No lo sé. Lentamente, mis ojos se movieron de sus labios a sus ojos. Ella no se movió, la distancia entre nosotros era mínima. —Eres muy hermosa— le dije mientras acariciaba su mejilla. Inesperadamente, un beso surgió. Fue lento al principio, un roce tentativo que Amy devolvió con una delicadeza abrumadora. El sabor a vino y la esencia de su perfume me llenaron por completo, sofocando el frío de mi venganza por un instante fugaz. Cuando me separé, ella tenía los ojos cerrados, y respiraba con dificultad. Abrí mis ojos, y vi la luna reflejada en el agua de la piscina, y por primera vez, sentí el peligro de mi propio plan. —Debo irme, Amy —dije, con voz ronca. Ella asintió, incapaz de hablar, la dejé en el jardín, pensando que el juego acababa de comenzar. Salí de la mansión Morrow como un fugitivo, sintiendo el peso de la mentira que acababa de sellar con un beso. No me detuve a mirar hacia atrás; solo caminé con pasos largos y firmes hasta mi auto, estacionado discretamente bajo la sombra de un roble. Al cerrar la puerta, la fachada se derrumbó, me incliné sobre el volante, golpeando la bocina en un estallido sordo de furia reprimida. —¡Maldita sea! —dije, golpeando el guía con el puño cerrado. No era la sensación de haber besado a la hija de mi enemigo lo que me enojaba, era el hecho de que me había gustado. La sinceridad en sus ojos, la suavidad de sus labios, la manera en que había correspondido, todo eso había despertado algo en mí que no tenía cabida en mis planes. Era una distracción, un peligro para mi venganza, y no podía permitirlo. Tenía que borrar ese beso, tenía que recordarme qué era lo que me movía: el dolor, la traición, el monitor de la habitación de mi madre. Encendí el auto, lo puse en marcha e iba sin rumbo alguno. Mi mente me decía que fuera a mi apartamento y me preparara para el siguiente paso de la venganza. Pero mis manos giraron el volante, tomando una dirección diferente. Necesitaba olvidar la imagen de Amy, borrar ese beso. Conduje sin detenerme hasta el edificio de apartamentos de Alina. A pesar de la ruptura explosiva, yo sabía que ella seguiría ahí, esperándome. Mi instinto me decía que deja ir con ella a pesar de todo. Toqué el timbre con una insistencia impaciente. La puerta se abrió casi al instante. Alina me miró con los ojos muy abiertos, vestida con una bata de seda que revelaba algo de lo que había debajo. —Bastian... no te esperaba —dijo asombrada, entre la sorpresa y la esperanza. —Tengo que olvidarme de algo —dije, sin preámbulos con mi voz áspera, sintiendo el odio de la noche de ayer y del enojo de la de hoy. Di un paso hacia ella, acorralándola contra el marco de la puerta. —¿A qué te refieres? —preguntó, confundida por mi urgencia y mi enojo. No le respondí. No le iba a decir que necesitaba borrar el dulce beso de otra mujer con la pasión vacía de ella. Tomé su rostro entre mis manos y la besé con una ferocidad que no le dio tiempo a reaccionar. No era un beso romántico; era un beso de escape, de destrucción. La empujé hacia adentro, cerrando la puerta de una patada, rompiendo con fuerza la ilusión de Amy. —Haz que olvide esta noche, Alina —le pedí en un ruego contra sus labios antes de cargarla en mis brazos y llevarla a la habitación. Ella no hizo más preguntas, en ese momento, solo existía el deseo animal, la necesidad de usar a Alina como un ancla para no caer en la peligrosa tentación que Amy Morrow representaba. Me quité la chaqueta y luego la camisa, arrojándolas al suelo sin cuidado. Alina se liberó de su bata. Su cuerpo era sensual, familiar, y la forma en que me miraba, como si yo fuera su deseo imparable, me daba el control que necesitaba desesperadamente. Me acerqué a la cama, y esta vez fui yo quien se lanzó a besarla, pero la mano de Alina se detuvo en mi nuca. —Dime que me quieres, Bastian —gimió, entreabriendo los ojos. Me aparté de sus labios para besar su cuello, su hombro, todo su cuerpo. Tenía que silenciarla. —No me pidas nada, Alina —gruñí, moviéndome sobre ella con una necesidad abismal. Me moví con la fuerza del resentimiento, buscando el clímax como una liberación de la tensión, no como un éxtasis compartido. Cuando finalmente sucedió, no hubo alivio, solo una caída brusca y dura de nuevo a la realidad. Me separé de ella, desplomándome a su lado, la respiración de Alina era acelerada, de satisfacción. Abrí los ojos, no había olvidado nada. La imagen de Amy, sonriendo junto a la piscina, seguía tan nítida como antes. Había usado a Alina, pero el recuerdo de la otra mujer permanecía, imperturbable. Me levanté de la cama, recogiendo mi ropa con movimientos rápidos. —Bastian, ¿ya te vas? —preguntó Alina, su voz adormilada y feliz. —Sí —respondí, abrochándome la camisa. —Quédate, por favor. Si viniste a mi, es porque me perdonaste. Podemos empezar de nuevo, cariño. Me giré hacia ella, mi expresión endurecida, después de todo, ella me había engañado. —Olvídate de esta noche, Alina —le dije, reconociendo que solo fue un error. —Pero, pensé que, tú y yo regresaríamos, ya te expliqué que si estuve con alguien más es porque me sentía sola, pero eso puede cambiar— Dijo levantándose de la cama rodeada de la sábana blanca. —Esto fue un error, yo no te he perdonado Alina. Es mejor que entiendas que a pesar de lo que sucedió hoy, yo no regresaré contigo. Sin esperar respuesta, salí del apartamento. Había fallado, el beso de Amy era una huella que no podía borrar, y ahora solo tenía más culpa y más dolor para añadir a mi explosivo plan. La mañana siguiente, la resaca emocional de la noche anterior pesaba más que la falta de sueño. Había usado a Alina para intentar borrar a Amy, y había fallado miserablemente. El acto solo había alterado el peligroso control que Amy estaba empezando a ejercer sobre mis pensamientos. Llegué al corporativo bancario de Morrow, como inversionista principal, Tadeo me había asignado una oficina espaciosa y lujosa en el mismo piso ejecutivo, justo lo que necesitaba para monitorear cada movimiento de su imperio. Me senté frente al inmenso escritorio de caoba, encendí el ordenador, pero no podía concentrarme en las cifras. Mis dedos tamborileaban en la superficie fría, mientras repasaba el beso en el jardín y el vacío en el apartamento de Alina. No pasaron muchos minutos antes de que la puerta se abriera y Edward entrara, cerrando la puerta con calma tras de sí. —Tadeo me pidió que revisara los anexos del contrato y pensé que era una buena excusa para ver cómo te fue en la cena familiar —dijo, tomando asiento en la silla frente a mí. Me miró y su sonrisa se desvaneció. —No muy bien, por tu cara. Me recosté en la silla, pasando las manos por mi cabello. —Edward, tengo que decírtelo. Este plan… esta inmersión personal… —Hice una pausa, la confesión me quemaba en la garganta. —Es posiblemente la peor idea que he tenido en toda mi vida. Edward me miró sin sorpresa. —Estoy de acuerdo. Arriesgar el plan de años por... ya sabes. Pero lo veo en tus ojos. La chica te gusta. —No. No es eso —mentí, aunque la falsedad de mi propia voz me delató. Me levanté y caminé hacia el ventanal, contemplando la ciudad que pronto sería testigo de la caída de los Morrow. —Es solo… Es un riesgo innecesario. Ella se merece esto, Tadeo ama a Amyby por ahí es que más le dolerá todo y no hay vuelta atrás, Edward. Hemos llegado demasiado lejos. El destino de los Morrow está escrito y mi nombre está en el bolígrafo. El plan sigue en pie.
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