Capitulo 4—Entrevista.

2723 Palabras
Verónica Hall. El sr. Anderson definitivamente me había quitado otro gran peso de encima. La ansiedad, la desesperación y la frustración, iban a ser parte de mi al poner un pie fuera de la oficina de mi jefe, en cuanto sostenga mi carta de despido, inmediatamente iba a salir a la calle dejando mis currículos en cada negocio. Pero ya con estas palabras por parte del sr. Anderson, todos mis planes iban a cambiar. —¿Te interesaría trabajar en mi casa? – propuso – necesito de alguien que se encargue de las labores, ayude a mi hijo menor con sus tareas y este al tanto de cada reunión que haga en casa – explica. Me detengo en seco, tome toda su atención. Durante el tiempo que me mantuve parada en la puerta, había escuchado que ya no tenían una persona de servicio en casa. Por lo poco que logro decir el sr. Anderson, por culpa de su hijo la tuvo que despedir. ¿Cabía la posibilidad de que tuviera problemas con él? No lo sabía con certeza, el joven Peter no tenía pinta de ser algún loco ni mucho menos psicópata, pero si se notaba que era de esos que les gustaba ser el centro de atención.  —¿De verdad? – pregunte, alzando mis cejas en sorpresa. Mi voz sonó casi al de una adolescente, como cuando por fin el chico que le gusta dice que quiere ser su novio. —Si, me vendría bien que trabajaras en mi casa. Asi me ahorro el tiempo de buscar a otra persona, ¿aceptas? —Por supuesto, aceptaría cualquier trabajo digno con tal de ayudar a mi familia – acepte, sintiendo como mi corazón daba un vuelco. —Bien, entonces, en dos días vienes aquí para hacerte la entrevista de trabajo y saber un poco más de ti – ordena, pero no es una orden ni brusca ni de mala gana. Es solo una simple orden tranquila y serena. —¿Es enserio papa? – soltó su hijo – yo no creo que sea…—intenta decir, pero su padre le interrumpe. —¡Peter tu eres el menos indicado para opinar! – refuto Eduard – además, conozco a la señorita desde hace un tiempo, me he dado cuenta que es responsable en su trabajo. Se nota que le echa ganas, si no tiene un trabajo, entonces la ayudare a tener uno. —Gracias Señor – agradecí. —Ya lo sabe, señorita Verónica. Debe estar aquí en dos días a las 8:00am en punto, la estaré esperando para la entrevista. —De acuerdo señor Eduard, y una vez más, muchas gracias. —De nada — el sr. Anderson asiente con la cabeza, para después mirar a su hijo— Peter, ¿Por qué no acompañas a la señorita a la salida? Peter se mantuvo en silencio, sus impresionantes ojos color miel se clavan en los míos, su semblante serio y despreocupado me sostenía la mirada. Debo admitir que, su mirada me recordaba a una persona, tanto su atractivo como su físico me daba curiosidad, pero no había forma de que lo haya visto antes. Peter tensa la mandíbula en respuesta y un resoplido brota de sus labios. —De acuerdo – acepta a regañadientes. > pensé. El chico Peter se levanta de la silla y camina directo a la puerta, yo lo sigo detrás mientras me despido del señor Eduard sacudiendo mi mano. Ambos salimos de la oficina, las personas siguen caminado de un lado para otro, rebuscando en sus gavetas, escritorios y almacenes. El muchacho que tengo delante camina despreocupado, pero sus pasos son el doble de los míos y tengo que apresurarme para alcanzarlo. —¿No puedes caminar más rápido? – se queja, cuando estoy a su lado. Lo mire de reojo. —¡Pero qué hombre tan simpático! – exclame sarcástica – sino querías acompañarme te hubieras quedado con el señor Anderson, no estas obligado – tenia que decírselo. —Pues ya levanté mi trasero de esa silla, asi que ya está. —Aun estas a tiempo de decidir – hago una pausa – tranquilo que no me voy a perder, no soy Nemo, conozco la salida – una pequeña risa absurda brota de sus labios y niega con la cabeza. —Muy graciosa – me ve, con el mismo rostro serio – ya te dije que te acompañare, quieras o no. Orden del jefe. Las puertas del ascensor se abren, me apresuro a entrar al igual que Peter. Sentía que tardé demasiado, tenia que regresar al trabajo, miro con vehemencia mi reloj de mano para observar la hora, aunque me habían despedido no me gustaba ser una persona irresponsable. Peter aprieta uno de los botones para llegar al piso de abajo, lo mire de reojo por unos instantes. —¿Cómo era tu nombre? – pregunto, frunciendo un poco las cejas. > pensé —Verónica – respondo a secas. Las puertas del ascensor se cerraron y nos quedamos en silencio por unos segundos. Sintiendo como el ascensor bajaba, el ambiente había cambiado a uno super silencioso e incómodo. El joven Peter a mi lado guardaba sus manos en los bolsillos de su pantalón, moviendo su pie izquierdo con algo de impaciencia, sus ojos solo miraban la puerta del ascensor perdido en lo que sea que estuviera pensando. Por mi parte, me mantenía de brazos cruzados y resoplo alejando un pequeño mechón de cabello que tapaba parte de mi rostro. —No creo que quieras vivir nuestra vida – murmura rompiendo el silencio, sin siquiera mirarme – no somos la clase de personas que muestran en los anuncios o periódicos del país. —¿Por qué lo dices? – fruncí el ceño, volteando a verlo hacia mi derecha. —En la vida no todo es lo que parece señorita Verónica, a veces hay que bajarnos de la nube, no pensar mucho y seguir como si nada hubiera pasado. La gente cambia y el tiempo también, no debemos permanecer en nuestras pesadillas, solo en vivir la vida y nada más – dijo. —¿Entonces vives la vida como quieres? – pregunte. —Yo vivo mi vida a mi forma, a mi manera y a mi parecer. No hay necesidad de que alguien me obligue hacer cosas que no quiero, es mi vida y yo decido que hacer con ella – respondió. —Mientras no sea algo malo, concuerdo contigo – dije, mirándolo por un momento. —Con usted – me corrige, ahora mirándome. Alzando una ceja con superioridad – concuerdo con usted, joven Peter. Su forma de corregirme no me gusto del todo, todavía no era mi jefe. No tengo problema con tratarlo con respeto, pero su tonito de voz, era de esos que dicen: ¡Haz lo que te ordeno y ya! De ninguna manera iba a permitirlo. Conmigo no mi cielo. —Le recuerdo que, “usted joven Peter” – hago énfasis en las últimas palabras – no es mi jefe para corregirme de esa forma. —Si mi padre te acepta, lo seré – dice en un encogimiento de hombros, restándole importancia. —Pues ya veremos – dije, regresando mi vista hacia adelante – porque necesito este trabajo– susurre para mí misma. Nos quedamos en silencio de nuevo, suspiro por la nariz y miro la hora una vez más, 9:45am. Por suerte no había tardado tanto como me imagine. Peter me observo por un instante cuando terminé de susurrar lo que dije, al parecer me había oído. Pero no me interese demasiado en prestarle atención, ya que las puertas del ascensor se abrieron. Salgo del ascensor encontrándome con el anterior vestíbulo, me volteo para mirar a mi “acompañante.” —Listo, sana y salva – dice con la misma seriedad de antes – nos vemos entonces, Srta. Verónica – se despidió. —Nos vemos, joven Peter – las puertas del ascensor se cierran. Salgo del vestíbulo pasando por la puerta principal, mientras dejo todas mis ansias y preguntas de lado, me sentía contenta por saber que muy pronto tendré un trabajo. Claro, si el señor Anderson me acepta. Me moría de ganas por contarle a mi madre y a mi hermana que muy pronto tendré un trabajo, al igual que cuando se lo cuente a Blair. Busque mi bicicleta para montarme e irme directo al trabajo. […………] —Aquí tienes tu ultimo pago, Verónica – mi jefe me entrega mi dinero – te doy las gracias por haber estado trabajando por mucho tiempo aquí, se que debe ser duro esto, pero te deseo lo mejor y que triunfes en el futuro. Eres una chica joven, espero y sigas siempre esforzándote en lo que haces – me dijo amablemente. —Gracias señor, me disculpo por haber salido asi ayer de la oficina. Me había quedado perpleja con lo que me había dicho. Pero de las caídas se aprende y los dolores se superan. —Sabias palabras – alego, levantando su taza de café para darle un sorbo. —Con esto quiero decirle que, a pesar de que ya no trabajare aquí. Quiero darle las gracias por haberme aceptado y darme la oportunidad de trabajar durante todo este tiempo – digo con sinceridad – tambien le deseo lo mejor y, prometo darlo todo. Como dijo soy una chica joven, soy de esas que no se dan por vencidas y luchan por lo que quieren, un despido no me hará que me rinda, al contrario, me va hacer mas fuerte. Le deseo lo mejor señor Travis. —Igualmente, señorita Verónica – se despide – que le vayan bien. Salgo de la oficina cerrando la puerta detrás de mí, soltando una respiración algo exasperada. Camino de regreso hasta llegar al depósito abriendo el pequeño candado del casillero, para sacar mi bolso y mi celular. Cristian se había posicionado a mi lado mientras observa mis movimientos, su hombro derecho estaba apoyado en la pared y su mano izquierda oculta en el bolsillo de su pantalón azul marino. Sus ojos negros tan oscuros como la noche, en este instante tenían una tonalidad más clara, brillosa, cristalizados. Su cabello no estaba bien peinado como de costumbre, en cambio hoy se veía alborotado y sus ojeras llamaron mi atención. Era obvio que no había dormido bien. —¿Qué pasa? – quise saber, al mismo tiempo que me colgaba mi bolso en mi hombro. —No quiero que te vayas – susurro. —Yo tampoco me quiero ir, pero, ¿Qué se puede hacer? – me encojo de hombros, haciendo una mueca – ya no hay nada que hacer. —Te voy a extrañar Verónica – admite, aun en susurro. Sus palabras me parecían tiernas, agradecía haber tenido un buen compañero y amigo. Pero mi ceño se frunce un poco, en el momento en que Cristian da un paso hacia mí. Cortando la distancia. —Te quiero mucho Vero, no sabes cuánto – dijo acariciando mi mejilla con su dedo pulgar. Trago saliva cuando da otro paso hacia mí, las puntas de nuestros zapatos chocaban, su cabeza se inclina un poco haciendo que casi nuestras narices se junten. Mi respiración no se había acelerado, ni un poco, más bien por pequeños segundos no supe como respirar. Su otra mano libre me acaricio parte de mi clavícula hasta llegar al cuello, creando una pequeña corriente en mi espina dorsal. Sus ojos no dejaban de verme, esta parte de Cristian no la conocía. En ese momento, sus labios estaban a punto de tocar los míos, juraba que iba a besarme. Pero se detiene cerrando sus ojos, para asi, darme un profundo beso de cinco segundos en la mejilla. —Hasta luego, Verónica – dijo sin más. Saliendo del depósito.   Me quede en el sitio, parpadeando, ¿Cristian iba a besarme? [……….] Habían pasado los dos días que estaba impacientemente esperando desde casa, hoy iba hacer la entrevista para mi nuevo trabajo en la empresa del señor Anderson. Durante estos dos días, le estuve contando a mi madre y a mi hermana sobre la propuesta que me había echo el señor Eduard, mi madre estaba sumamente contenta de que tendré un nuevo trabajo, al igual que mi hermana y mi mejor amiga. Todas ellas me deseaban suerte en la entrevista y toda su buena energía. Le había contado a Blair sobre el casi beso que tuvimos Cristian y yo, el cual ella no dejaba de hacerme miraditas picaras, diciendo que de seguro yo le gustaba a Cristian y por ello quiso besarme. Posiblemente sí, pero por alguna razón no podía tomarme aquello como algo bueno o excelente para mí, ya que no veía a Cristian con los mismos ojos, lo quería como un amigo o hermano. Solo que, no quería que nuestra amistad dejara de ser la misma de siempre. Termino de planchar mi cabello y ponerme brillo labial, mascara de pestañas y un poco de rubor claro. Quería estar lo suficiente presentable para la entrevista. En el caso de mi ropa, use una camisa blanca de mangas cortas, para darme una apariencia abierta y comprometida, zapatos de tacón bajo con tacones anchos y resistentes, de color n***o. Un pantalón de vestir de color azul marino y para acompañar un bléiser. A continuación, me aplico perfume y agarro mi bolso de mano para salir la habitación. Cuando estoy en las afueras de la empresa, entro por la puerta principal encontrándome con el vestíbulo, donde otra chica distinta a la que me había atendido hace dos días se encontraba sentada detrás del escritorio. Ella en cambio, era mucho más mayor, como de unos treinta y cinco años, nariz respingada y cejas redondas. La mujer para de teclear en su computadora y levanta la vista dejándome observar, sus hermosos ojos grises. —Buenos días, ¿en qué le puede ayudar? – me pregunta amablemente. —Buenos días – le saludo con el mismo gesto – soy Verónica Hall, estoy aquí porque tengo una entrevista con el señor Eduard Anderson – anuncie, mirando mi reloj de mano. El cual marcaba las 7:56am. —Por supuesto, discúlpeme un segundo – la mujer comienza a teclear en su computador. Cuando termina, me regala una pequeña sonrisa – Ya puede seguir Srta. Hall, use el ascensor del lado izquierdo – me indica señalándolo – presione el piso número quince, la esperan. —Gracias. Camino hacia el ascensor cerca de unas cámaras de seguridad, donde un punto rojo titilaba, capturándome de pies a cabeza. Las puertas se abren y me adentro en ellas, esperando de pie hasta que estas se vuelvan a abrir. Miro una vez más la hora: 7:58am. Faltaban solo dos minutos, abro mi bolso sacando el espejo para verme por ultima ves, afortunadamente no tenía ningún cabello alborotado. Al abrirse las puertas, me encuentro con un escritorio y un chico detrás del, de unos veintiséis años aproximadamente. El lugar era inmenso, con una gran sala de reuniones y paredes de vidrio, una mesa larga y sillas a su alrededor la acompañaban. Decorado con colores claros y masetas muy bonitas, sillones de cuero y lámparas modernas. El muchacho de pelo azabache y cejas gruesas me hace un gesto para acercarme, lo obedezco hasta que estoy delante de su escritorio. —¿Eres Verónica Hall? – me pregunto. Asiento con la cabeza – firma aquí por favor – me pide, entregándome una hoja y un bolígrafo. —Listo – avise cuando termino de firmar, entregándole la hoja. —El señor Anderson la recibirá, puede pasar – dice. —De acuerdo, gracias, ¿esa puerta…? – pregunte, señalando la que estaba delante. —Si – asintió con la cabeza. Camino hasta la puerta negra lisa, suprimiendo mis nervios, al tocar la puerta con mi mano escucho una voz masculina desde adentro diciendo: “adelante.” Empujo la puerta para abrirla y, no podía creer lo que mis ojos veían. Tenía que ser una jodida casualidad, ¿podía serlo? No estaba segura, pero mi corazón comenzó a latir con fuerza cuando lo vi. —¿Logan? – dije sin poder creerlo. —¿Verónica? 
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