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Viviendo con Ellos

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Descripción

Verónica es una chica de pocos recursos, sueña con tener un nuevo trabajo qué le ayude a mantener a su familia. Un día, como cosa del destino, conoce a Logan Anderson, un joven de veintidós años y a su hermano Peter Anderson de veintitrés años. Ambos hijos de un empresario.

Ella tendrá que vivir bajo su techo como ama de llaves. Le dieron cuarenta días de prueba, para ver si es aceptada para trabajar con ellos definitivamente.

¿Qué pasará durante esos cuarentena días?

¿Podrá Verónica resistirse ante tan guapos chicos?

Ella se enamorará de ambos, ¿A quién elige?

Peter, ¿El chico duro, sexy, frío pero divertido a la vez?

O Logan, ¿El chico amable, sexy, divertido y un tanto arrogante?

Te invito a descubrirlo. Tienes cuarenta días, ¿Tú a quién eliges?

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Capítulo 1- Él. parte 1
Verónica Hall ¿Qué es para mí el dinero? Según internet, el dinero es un activo aceptado como medio de pago para hacer intercambio de bienes o servicios y además es un componente importante en la economía. Gracias a este se puede agilizar la división del trabajo, realizar cálculos económicos, facilitar el comercio, entre otros. Pero para mí, el dinero es un simple papel con números, un pedazo de hoja de color verde, un pedazo de cosa que odio con todo mi ser. El dinero puede llegar a enloquecer a una persona, pensamos que puede traer consigo la felicidad y riqueza que necesitamos, llenándonos de lujo y poder, donde carecemos para impresionar a los que sean quedado pobres. Yo lo veo como un concepto diferente. “El dinero es lujo, crueldad, pero también enseñanza”. La enseñanza, porque con el tiempo puede mostrarte a la clase de persona que tienes delante tuyo, te muestra con que intensiones quiere estar junto a ti. Muchos se acercan a personas para enamorarlas y quedarse con su fortuna. Lujo y crueldad, carecen de algo a lo que las personas no pueden acceder, porque es algo que se da pocas veces en la vida o porque son oportunidades especiales y escasas que muy pocos pueden aprovechar, como lo es el lujo. Placer en el sufrimiento y dolor de otros, personas sin corazón que buscan prejuicios, como lo es la crueldad. >> El dinero lo usamos a diario, para realizar cálculos económicos, cálculos para pagar la electricidad, comida, agua, ropa etc. Lastimosamente es algo que a fin de cuentas necesitamos en nuestras vidas. La persona que piensa que el dinero puede hacerlo todo, será capaz de hacer cualquier cosa por obtenerlo. Preguntaré: ¿El dinero puede regresar a alguien fallecido a la vida? No, ¿El dinero puede curar una herida de bala? No, ¿El dinero puede curar enfermedades? No. A veces me siento encerrada en cuatro paredes, pensando, analizando, en cómo puedo ayudar a mi familia cada día. Trabajo duro en una cafetería de california, donde me gano cinco dólares la hora, no es mucho, pero trato de hacer todos los sacrificios que puedo para mantenerlas con un poco de comida en su estómago. En este momento tengo una cantidad de deudas que debo pagar, como la electricidad de la casa, el suministro de agua, la colegiatura de mi hermana menor. Tengo la cabeza llena de estrés y cansancio, a veces siento que no puedo más con esto, pienso que tengo que buscar la forma de que mi familia se sienta mejor, cómodos, sanos, donde no tengamos tantos problemas. Pero la vida es así, puede ser justa y tan injusta al mismo tiempo, que solo quieres cerrar los ojos y desear que lo que te esté pasando sea solo una pesadilla. Pero mi realidad es que desde hace cuatro años mi padre se fue de casa, dejándonos a mi madre, a mi hermana, y a mi completamente solas. Cuando tenía diecisiete años mi madre trato de buscar un trabajo en un bar de mala muerte, trabajando de mesera, pero dado las circunstancias en donde estaba, un hombre borracho se propaso con ella y dejó el trabajo. Luego me toco a mí, busqué en todas partes, hasta que me aceptaron en la cafetería de donde trabajo hace tres años aproximadamente. Estoy en mi habitación mirando una fotografía de mi padre con lágrimas en los ojos, extrañándolo, deseando que vuelva, ¿Cómo pudo habernos dejado solas en esto? Sostengo la fotografía apretándola contra mi pecho, respirando hondo, recordando los buenos momentos con mi padre, la noche de mi cumpleaños número dieciséis. >> El recuerdo llega a los pocos segundos, me encontraba en el patio de la casa observando las estrellas, el cielo nocturno acompañado con la fría brisa que pasaba por mi rostro. Mi padre se acercaba hasta donde estaba, con una sonrisa en el rostro, detrás de su espalda ocultaba algo que me llamaba la atención. Se detuvo a mi lado, para luego observar las estrellas y luego a mí. —¿Qué haces sola en el patio, en un día tan especial como este? – me preguntó mi padre con esa voz dulce con la que tanto me hablaba. —Observando las estrellas – respondo, mirándolas sentada desde el césped verde. Para mí era una rutina favorita. —¿Por qué las observas? – se preguntó. —Me encanta ver lo hermosas que son junto al cielo oscuro, tintinean como gemas plateadas y diminutas, estar aquí sentada me hace despejar mi mente, sintiendo la tranquila y fría brisa de la noche – contesto, melancólica y soltando un suspiro. Sigo observando las estrellas, pero puedo sentir como mi padre sonríe. —Mírame – me pide, en un tono bajo y dulce. Obedezco levantando un poco la mirada, cuando lo hago, mi padre me muestra en sus manos una caja de regalo – feliz cumpleaños, hija – me felicita, regalándome una sonrisa. —Gracias, ¿Qué es? – pregunté, curiosa, mientras recibo su regalo en mis manos. —Ábrelo – me anima. Hago lo que me dice quitando la cinta amarilla que rodea la caja para después abrirla, siento mis manos algo temblorosas, pero trato de tranquilizar mis nervios y la intriga. Cuando termino de abrirlo, mi padre me ha regalado una cámara instantánea de color blanco, con mis dedos masajeo el cartón – ¿Te gusta? – pregunta, luego de unos segundos. —Me gusta, pero, ¿Por qué me has regalado una cámara exactamente? – inquirí. —Porque quiero que guardes los mejores momentos de tu vida con fotos, detalles, cosas que te gusten para que los tengas siempre contigo – contesta, aun sonriéndome – sé que te gusta fotografiar, te gustan las estrellas, ¿no?, intenta tomarle fotos al cielo, las estrellas son tan brillantes como tu Verónica – dice, mis ojos se estaban cristalizando – eres una gema muy importante para mí, la mejor de todas. —Gracias, papá – agradezco, mientras las lágrimas resbalan por mi mejilla. Mi padre se pone de cuclillas para secar una de mis lagrimas con sus manos y me regala un fuerte abrazo. Esa noche había capturado tal cual una foto de las estrellas, no sin antes tomarme una foto con mi padre, esa misma fotografía que sostenía entre mis manos. Amaba y odiaba ese recuerdo al mismo tiempo, porque él, ya no estaba en casa, ya no estaba con nosotras. No podía odiarlo, sobre todas las cosas no podía, era mi padre y lo seguía amando. Deseaba tenerlo en casa como antes, lo quería, lo quería, quería a mi padre devuelta. Aprieto mi mandíbula con los ojos cerrados, al mismo tiempo en que bajo la foto en mi regazo sosteniéndola con mis manos, la observo con la mirada triste y enojada. —¿Por qué tenías que irte? – susurre, como si la fotografía me respondiera – si para ti yo era una gema importante, ¿Por qué me abandonaste? ¿Por qué nos abandonaste? – sollocé. Me seco las lágrimas con mis dedos y dejo la fotografía en la gaveta de mi mesita de noche, respiro hondo varias veces para soltar aire por la nariz, me siento en la pequeña silla frente a mi peinadora y me observo en el espejo, mis ojos todavía siguen rojos por las lágrimas, pero no me importa. Agarro el cepillo y comienzo a peinarme mi cabello platino que me llega hasta los hombros, frunzo el ceño mientras me miro a mí misma frente al espejo, observo a la pálida chica con ojeras y ojos cafés, su mirada está cansada y frustrada, su pelo de color platino algo alborotado, acompañado con la tristeza que carcome por dentro y deseando que su pesadilla termine. Me rindo dejando el cepillo donde estaba soltando un resoplido, termino por hacerme una cola de caballo y salgo de mi habitación arrastrando los pies y frotando mis ojos. Bostezo en cuanto cierro la puerta detrás de mí. Estaba entrando a la sala estirando mi cuerpo y observo a mi madre sentada en uno de los muebles individuales, ella al verme me sonríe y se da cuenta de lo cansada que estoy, mi hermana estaba en la mesa del comedor terminando de escribir en uno de sus cuadernos las tareas de la escuela. —Buenos días, hija – me saluda mamá, al tiempo en que enciende el televisor de la sala para pasar los canales. —Buen día – le correspondo el saludo, con mi voz adormilada. Me acerco hasta ella para darle un beso en la mejilla – ¿Qué hay para desayunar? – pregunté, pero la mirada de mi madre me hiso entender que no quedaba casi nada de comida en la casa. Masajeo mi frente al tiempo que blanqueo lentamente los ojos, había olvidado que tengo que hacer mercado. Camino hasta la cocina y abro la nevera, en ella solo hay: tres huevos, un poco de mantequilla, agua, y nada más. Exhalo con exasperación cerrando la nevera y abro la alacena, solo quedan cuatro panes de sándwich, los saco para ponerlos en la isla de la cocina, luego busco los tres huevos y la mantequilla para ponerlos también sobre la isla. Enciendo la cocina y coloco el sartén en ella para preparar huevos fritos, y en otra hornilla coloque agua para prepararme café. Al terminar abro la bolsa de panes para echarles mantequilla a los sándwiches y ponerles huevo frito, mientras le sirvo a mi hermana Andrea el plato de sándwich, escucho como mi mamá me habla sobre la universidad, diciendo que debería buscar la forma de volver a estudiar, pero, ¿Cómo? Ellas dos son mi prioridad ahora, además, no tengo el dinero suficiente como pagar una, en fin, mi madre todavía tiene esa ilusión de verme graduada o triunfando en algo que me guste, yo también lo deseo igual que ella, pero simplemente no puedo por las circunstancias en las que estamos. Mi hermana le da un bocado a su sándwich y me agradece por el desayuno, le entrego a mi mamá su sándwich colocándolo en la mesa de centro frente a ella, puedo ver como frunce su ceño por unos segundos. —¿Y tú desayuno? – pregunta, agarrando su plato y enarcando una ceja. —Solo beberé café – respondo, bajando la mirada. —Te daré la mitad de mi pan – decide, pero yo niego con la cabeza. —Mamá, no es necesario, beberé café porque no hay más nada para comer – expliqué – además, no tengo mucha hambre – miento. —Verónica, no intentes fingir conmigo que no tienes hambre – dijo con seriedad – te conozco, cada vez estas más delgada, por favor acepta la mitad de mi pan. —Madre, no quiero, come tranquila tu desayuno que yo beberé café. —Verónica…—intenta decir. —No mamá, no insistas – le interrumpo, ella frunce los labios – iré a la cocina – zanje, dando por terminada la conversación. Dejo las palmas de mis manos sobre la isla, cierro los ojos con fuerza. Mi madre me conocía, tengo mucha hambre, mi estomago ruge por tener algo de comida, pero no puedo hacer nada para tener más cosas para comer hoy, el dinero que me queda no es mucho, solo son unos centavos. Abro mis ojos de golpe cuando veo que en la pequeña olla está chorreando agua, haciendo que el fuego de la hornilla se apague, corro rápido para apagar la cocina y poner el agua en la cafetera. Después de tomar mi café, regreso a mi habitación para ponerme el uniforme de trabajo, me puse mis pantalones de mezclilla, unos conversé azules, una camisa de mangas cortas de color blanca para ponerme el delantal marrón que rodea mi cuello y mi cintura. Este tiene su logo y por debajo el nombre del sitio, a un costado del delantal hay un cuadro pequeño donde decía Verónica, mi nombre. Me siento de nuevo en mi peinadora para ponerme solo una máscara de pestañas en los ojos y verme por ultima ves en el espejo, me doy cuenta que mi madre tenía razón, estoy más delgada, suspire recogiendo mi cartera y salgo de la habitación para despedirme de mi madre y mi hermana. —¡Vamos Andrea, recoge tu bolso y tus cosas, no quiero que llegues tarde! – le dice mi mamá a mi hermana, al tiempo en que se acomodaba el cabello. —Ya voy – contesta Andrea, guardando sus cuadernos en el bolso. —Yo me tengo que ir al trabajo – avisé, recogiendo mis llaves. Me acerco hasta donde se encontraba mi mamá para darle un beso de despedida – hasta luego, mamá. —Hasta luego, hija, ¿tienes dinero? Es para comprar la comida que hace falta, así te ahorras esa caminata, dame el dinero y yo hago el mercado – dijo. Siento una punzada en el pecho. —Mamá, ya no me queda dinero – le hago saber, murmurando – pero tranquila, trataré de pedirle a mi jefe un adelanto, así yo compro comida – digo, tratando de sonreír. Mi madre pone los brazos en taza y suspira, asintiendo con la cabeza. —De acuerdo, intenta no llegar tarde – condiciona. —¡Ni que me fuera a una fiesta! – bromeo, luego me acerco hasta Andrea besando su cabeza – adiós hermana, las quiero. Salgo de casa cerrando la puerta detrás de mí, busco mi bicicleta para subirme e ir rumbo a mi trabajo. Me sentía mal por no poder mentirle a mi madre, pero era cierto, no tenía el dinero para poder hacer el mercado de casa, ojalá mi jefe me pueda dar un adelanto para poder pagar las deudas en casa y comprar la comida. Muevo mis piernas al ritmo en que pedaleo en la bicicleta y observo la calle en donde vivo, hace un poco de frio ya que es algo temprano, mientras paso por algunas casas saludo a los vecinos agitando mi mano, cruzo por varias calles hasta llegar a mi trabajo. Una vez estoy frente a la cafetería, bajo de la bicicleta y la dejo afuera justo al lado de un señor que vende revistas y periódicos, él siempre me hace el favor de cuidarme la bicicleta mientras trabajo, lo salude dándole los buenos días y entro pasando por la puerta transparente y sonreí, al ver a mi amiga Blair, una chica de pelo borgoña, piel blanca, ojos verdes oscuros, con un tatuaje en su muñeca y un buen cuerpo que llama la atención de cualquier cliente. Ella es mi mejor amiga desde que tengo memoria, siempre ha sido una chica honesta, trabajadora, ruda, pero sobre todo amable. Blair limpiaba las mesas del lugar, estaba de espaldas, así que solo por diversión me acerco poco a poco hasta ella sin causar ningún ruido, cuando estoy a punto de tocarla por los hombros para asustarla… —Si intentas asustarme, te aviso que tengo en mis manos un limpia vidrios, no querrás sentir el líquido en tus ojos, a menos que quieras que remueva el sucio, la grasa y manchas acumuladas en tu rostro – me advierte divertida, tomándome por sorpresa. Bajé mis brazos a los costados y abrí mi boca indignada – eso te ofrecerá un brillo y transparencia insuperable. —¿Cómo supiste que era yo? Nunca me dejas divertirme un rato – me queje con falsedad, ignorando lo que acaba de decirme. Blair se dio vuelta para mirarme y sonríe. —Sabes bien que soy difícil de asustar – me recordó. La salude con un beso en la mejilla y me dirijo a los pequeños casilleros del depósito donde guardamos nuestras cosas para meter mi cartera. —Hola Verónica – me saludó Cristian, un compañero de trabajo. Un chico de cabello marrón, ojos negros, cuerpo de atleta y bastante alto. Cristian me observaba mientras guardo mis cosas. —¿Cómo estas Cris? – pregunté, con una sonrisa, al tiempo en que cierro mi casillero. —Bastante bien, ¿Qué tal tú? > pensé. —Todo bien – miento, sonriendo de boca cerrada acompañado por un encogimiento de hombros. Termino por agarra una escoba y barrer la cafetería antes de que entren las personas. Mi estomago ruge por un buen plato de comida, tener que trabajar en un sitio donde venden café, pretzel, churros, donas, sándwiches y más los postres como: brownie clásico, barritas de avena con manzana, macarrones de chocolate, en fin, no sigo porque me desmayo. Sus olores no ayudaban a mi estado de hambrienta hasta más no poder, pero trataba de ignorarlos lo mejor posible. Comencé a barrer y a limpiar la fachada del negocio y el cartel de la entrada con letras grandes y colores vivos, la calidez del ambiente y la libertad para trabajar sin ser molestado duro por varios minutos, enciendo el televisor y pongo una música ambiental en un volumen bajo. Coloque en una lista todos los tipos de cafés que ofrecemos, para luego realizar combinaciones de cafés con tostadas y bollerías para desayunos y meriendas. Las personas comenzaban a entrar a la cafetería para pedir sus respectivos cafés u alimentos, entre ellos pude observar a dos personas, un chico y una chica como de mi edad. El muchacho era muy musculoso, fornido, casi parecía un boxeador y aparte, era muy atractivo había que admitirlo, la chica con la que estaba supongo que era su novia. Los dos bajan de una camioneta 4x4 muy moderna, los veo desde los grandes ventanales del lugar, la chica se veía molesta ya que tenía la cabeza agachada y los brazos cruzados, su ropa era estilo vintage y también era muy guapa. La campanita de la entrada suena haciendo que nos percatemos de los nuevos clientes que ingresan a la cafetería, el maquillaje de la chica, tenía que admitir era perfecto junto a su rostro fino y su buen cutis, por unos instantes todo el mundo la miró, o mejor dicho a ambos los miraron. >> No entendía mucho porque los miraban tanto, eran dos simples personas guapas, ¿Qué hay de malo en eso?, pensé. Juro que por unos pequeños fragmentos de segundo el muchacho me observo y se quedó quieto para solo verme, pero luego siguió su camino hasta sentarse con la chica. Bajé la cabeza y me dispuse a preparar un capuchino con la esperanza de que ellos no me llamen para atenderlos, por alguna razón sentía incomodidad o quizás molestia con su presencia y, no sabía el porqué. Cuando levanto la vista de nuevo, noto que mis compañeros siguen ocupados atendiendo a las demás personas, no me quedaba de otra que atenderlos, me acomodo el delantal marrón con las palmas de las manos, saco una pequeña libreta y bolígrafo que tenía sujeta en mi oreja derecha, respiro hondo hasta acercarme a ellos. —De verdad, no entiendo para que me traes a este cuchitril de cafetería Logan – oí como se quejaba la pelirroja de ojos claros – ¡no pienso acompañarte más a ningún otro lugar como este! – le dijo, frunciendo el rostro y apretando sus brazos cruzados contra su pecho. Yo carraspeo la garganta cuando estoy justo frente a ellos. —Buenos días, bienvenidos a Coffe California, ¿Desean algo para desayunar? – pregunté, mediante sostengo con mis manos la libreta y el bolígrafo. Trate de sonar amable, pero mi expresión era un poco seria, no me gustaba el comentario de aquella chica. —¿No hay alguien mejor que nos atienda? – soltó la chica, sin ninguna intención de ocultar su fastidio. > pensé para mis adentros. —Quiero un capuchino y dos sándwiches, por favor – me respondió el chico con una sonrisa amable, ignorando la pregunta retórica de su acompañante. Asiento con la cabeza y anoto su pedido, el muchacho observa a la pelirroja – tú, ¿Qué vas querer? – le preguntó, tratando de no parecer molesto. —Un brownie y un café moca – responde a secas, para escribir en su teléfono IPhone de último modelo –, y que sea rápido, no soporto a la gente lenta – añade con desdén. El chico de nombre Logan, suspira con pesadez y se alborota su cabello azabache para echarlo hacia atrás. —No tienes por qué hablar así – dijo entre dientes. La pelirroja sin quitar su vista del celular responde: —Yo hablo, como me venga en gana – contestó, frunciendo los labios. —Enseguida les traigo sus pedidos – avisé, cerrando mi libreta. No quería estar en medio de una discusión. Les doy la espalda y comienzo a caminar hasta llegar al mostrador y así, prepararles el capuchino y el café moca que me habían pedido. Pero al caminar siento unos ojos en mí, como si alguien me estuviera mirando mientras camino, analizándome desde los pies a la cabeza, esa sensación la sentía real, cuando por fin llego al mostrador y me doy vuelta, veo que el chico sentado que acabo de atender en la mesa me estaba observando. Trague saliva. Pestañeo unas veces y bajo la cabeza para seguir con mi trabajo. Cambio el canal de noticias para ponerlo a uno deportivo, me gustaba mucho ver los juegos de futbol, gracias a Dios nadie se quejó cuando cambie el canal. En la máquina de café comencé a preparar el capuchino, mientras lo hago miraba de vez en cuando a las dos personas que había atendido hace unos momentos, la chica seguía con su celular en la mano y Logan le estaba hablando con gestos de estar enfadado y a la vez cansado. Blair llega al mostrador para preparar los pedidos de las personas que estaba atendiendo, se da cuenta de mi cara, sus cejas se arquean y carraspea un poco la garganta. —¿Pasa algo? – se atrevió a preguntar, mientras tomaba una taza y un plato para preparar sus cafés. No le respondí, mi vista seguía hacia la mesa donde estaban mis clientes. Blair observa hacia mi dirección – ¿ocurrió algo con ellos dos? ¿te hablaron mal? – insiste. —La pelirroja fue quien hablo mal – dije al fin, tomando las dos tazas de café para ponerlas sobre unos pequeños platos – mi más sentido pésame para ese chico – murmuré. Mi amiga suelta una pequeña risa. —Se nota que esa chica no es nada fácil de soportar – comentó Blair, llenando sus tazas – pero el chico que si está más bueno que estos capuchinos – dijo en tono sugerente, me reí por lo bajo. Cuando termine de preparar los pedidos, pongo en una bandeja los dos sándwiches y el brownie clásico junto con el café moca y el capuchino. Camino hasta ellos, con cuidado de que no se me caiga nada, pude darme cuenta de lo molesto que estaba el muchacho, pero para mí: “No hay nada mejor que un buen y rico café para quitarse el sueño y los malos ratos”. Estoy justo al frente de ellos y detienen su discusión de golpe, me siento algo incomoda al respecto, pero lo disimule. —Aquí tienen sus pedidos – dije, colocándolos en la mesa. —Muchas gracias – me agradeció el muchacho, tratando de sonreír. —Estamos a la orden, si necesitan algo o alguna otra cosa se las preparo con gusto – les hago saber, amablemente. La sonrisa del muchacho se hace más ancha. —Una vez más, gracias por todo, es muy amable de tu parte. —Ajá, ¿podemos comer ya? – interrumpió la pelirroja. Noté como Logan aprieta la mandíbula y me mira con disculpa por lo grosera que es su acompañante. Me retiro de la vista de ellos para llegar al mostrador, agarro un paño y un atomizador para limpiar las pequeñas gotas de café que se habían derramado sin querer sobre el mostrador. Por el rabillo del ojo noté como la pelirroja hizo una mueca de asco al probar su taza de café, me molestó, pero no hice nada para demostrarlo, ellos continuaban con su desayuno sin emitir ni una sola palabra. Hasta yo, no hablaría con esa chica después de cómo trato a una simple barista que los atendía cordialmente, ella fue la grosera desde el principio, pensaba que era una chica amigable, ya veo que no. Cristian aparece a mi lado, sus ojos se notaban preocupados y algo tristes, mi ceño se frunce con extrañeza, dejo el paño y el atomizador donde estaban antes. —¿Qué pasa? – pregunté al fin. Cristian se rasca la cabeza haciendo una mueca. —El jefe quiere hablar contigo – me comunica, trague saliva y respire hondo. —¿Sabes el motivo? – inquirí, algo asustada. Cristian se encoge de hombros, todavía preocupado. —No, pero no debe ser bueno.

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