Connor miraba al hombre encajonado contra la pared, un ceño fruncido de desdén marcando su rostro. Durante años, había jugado a ser el caballero de negocios, el adalid de la integridad en un mundo donde tales conceptos eran a menudo superfluos. Pero Connor sabía que el verdadero éxito en el vasto océano empresarial no se alcanzaba sin un poco de manipulación y estrategia despiadada.
Las palabras de Connor en los negocios eran como mandamientos inquebrantables. Se había encargado de tener el control absoluto, incluso sobre presidentes de países, garantizando su libertad para negociar sin restricciones.
Era esta habilidad para influenciar y controlar lo que había permitido a su empresa expandirse a una velocidad vertiginosa. En solo 18 años, Connor había erigido un imperio casi monopolístico. Si así lo deseaba, podría fundar su propio canal de televisión o desafiar a las mayores productoras de cine del mundo.
“Tienes 10 horas para abandonar esta ciudad”, dijo Connor con voz gélida, su mirada fija en el hombre que había tenido el desatino de incomodar a su familia. Su paciencia se había agotado. Desde el regreso de Alice, había intensificado la vigilancia sobre su entorno y, por supuesto, sobre sus hijos.
La investigación reveló poco sobre Alice, salvo que había tenido dos breves romances fallidos. Sin embargo, su hijo Harry mantenía una relación con la heredera de la poderosa familia Stone, una unión que Connor estaba dispuesto a aceptar.
Pero Connor no toleraría que simples “cucarachas” se acercaran a sus hijas. Melissa, en el transcurso de una semana, había rechazado a diez pretendientes sin mayor incidente, pues ellos aceptaron su rechazo sin problemas.
Pero Melani no había tenido la misma suerte. El día que la conoció, apareció con un ramo de flores enviado por un joven que parecía más un acosador que un enamorado genuino. Connor, como padre protector, no permitiría que este asunto se intensificara.
“Señor Blake, no era mi intención ofenderle”, imploró el hombre con desesperación. Había invertido mucho para establecer su empresa en la ciudad y no representaba una amenaza real para la familia Blake.
“Tu hijo es una molestia para mi hija”, replicó Connor, cortante y sin ganas de dar más explicaciones. La belleza de sus hijas parecía atraer a personas indeseables, y no tenía tiempo para sutilezas. “Javier, haz que publiquen las fotos. Que los periodistas se las arreglen para hacer su trabajo”.
Javier, el fiel secretario de Connor, asintió con determinación. Sabía que el publicar el regreso de Alice y sus hijos no sería bien recibido por ella, y que la calma era solo un estado pasajero. Hasta ahora, nadie, ni siquiera los padres de Connor ni la anciana Elizabeth, que se encontraba en el hospital a los 93 años, conocía el regreso de la familia Blake.
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Alice salió de su estudio con la intención de dar un breve paseo. Necesitaba despejar su mente para trabajar en una estatua que Damián le había pedido en secreto para el cumpleaños de Melody. Una sonrisa se dibujó en su rostro al pensar en el regalo, pero esa tranquilidad se desvaneció cuando una multitud de periodistas la rodeó de repente.
“Sra. Blake, ¿dónde ha estado escondida todo este tiempo?”
“¿Cómo mantuvieron escondidos a sus hijos?”
“¿Son ciertos los rumores?”
Alice, sorprendida, no pudo procesar la avalancha de preguntas. Los periodistas aparecieron de la nada, como si una tormenta mediática se hubiera desatado. Justo cuando la situación parecía incontrolable, un grupo de guardaespaldas se interpuso entre ella y los periodistas.
“Señora, por favor, sígame”, dijo Adrián, uno de los hombres de confianza de la familia Blake, al acercarse para escoltar a Alice. La sorpresa se transformó en una mirada de desdén y determinación. Sabía exactamente quién estaba detrás de esta invasión.
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“¡Te atreviste a ocultar el regreso de mi nuera y mis nietos!” rugió el padre de Connor. La furia de su reprimenda fue acompañada por el lanzamiento de una taza de té que Connor esquivó con habilidad. La situación se estaba saliendo de control, pero Connor había previsto esto como un arma de doble filo. “Tienes cinco minutos para traerlos aquí o te desheredo”.
Connor había tomado medidas preventivas y ya había organizado la llegada de su familia. Harry y Melissa, reticentes a asistir, finalmente accedieron gracias a Melani, quien los convenció con habilidad.
Alice, aunque enojada, accedió a ir, aunque su actitud prometía ser todo menos amistosa. Connor no estaba preocupado; su plan era meticuloso y sabía cómo convencer a Alice de quedarse.
Su madre, Sarah Blake, estaba ocupada preparando todo para la visita. La noticia la mantenía enérgica, en contraste con la tensión de su padre. Sarah estaba ansiosa por conocer a sus nietos, y cada detalle para recibir a la visita estaba cuidadosamente planificado.
Cuando llegaron, el primer grupo en aparecer fue la familia Blake. Harry lideraba con una mirada distante, su actitud fría y calculadora similar a la de su padre. Melissa, a su lado, mostraba claramente su desagrado. Melani, por otro lado, parecía emocionada y agradecida mientras saludaba y agradecía a todos.
Sarah Blake no perdió tiempo. Con una energía renovada, salió a recibir a sus nietas y nieto. Aunque Harry y Melissa eran reservados, fueron educados con su abuela, mientras que Melani se mostró cálida y afectuosa, como si hubiera esperado este momento durante mucho tiempo.
“Entren, entren”, dijo Sara con entusiasmo. “He mandado preparar bocadillos y todo lo que puedan desear. No sean tímidos”. Parecía rejuvenecer con la llegada de su familia, los dolores de su edad momentáneamente olvidados en su entusiasmo. “Tenemos mucho de qué hablar”.
Justo cuando parecía que la calma se había instalado, una nueva tanda de vehículos llegó. Alice, con su rostro tenso, abrió la puerta, enfrentando la realidad de lo que estaba por venir.
“¡Alice, mi niña!” Sarah Blake bajó por las escaleras con rapidez, abrazando a Alice con una calidez genuina que hizo que la furia de Alice se desvaneciera momentáneamente. Sara había sido como una segunda madre para ella, siempre presente en los momentos más difíciles y acompañándola en visitas a su propia madre enferma.
“Sabes lo preocupada que estaba. ¿Dónde has estado todo este tiempo?” preguntó Sarah, su voz llena de cariño y preocupación.
Alice tuvo que contener su rabia cuando vio a Connor aparecer con una sonrisa calculadora. Esa expresión arrogante de victoria le provocó una fuerte aversión.
“Papá quiere hablar contigo”, dijo Connor con firmeza, su mirada fija en Alice. “¿Quieres que te acompañe?”
Una sola mirada de Alice fue suficiente para que Connor comprendiera que no habría conciliación en este momento. Por otro lado, él no estaba preocupado. Al final, había conseguido que la familia viniera y estaba seguro de que, una vez allí, encontraría una manera de convencerlos de quedarse. O obligar, a Alice a tomar una decisión adecuada.