—¡Mi reina!—escuchar a otra persona tan cercana y que no fuera Erick, le causaba tristeza, una enorme tristeza. En el fondo se sentía como una niña pequeña, queriendo correr a su habitación, cerrar la puerta y echarse a llorar, sin que nadie la viera, sin que nadie la interrumpiera ni se metiera con su dolor. Solo llorar, porque estar sin él era muy difícil, hacerse cargo de toda esa situación sin su apoyo, ante tantas pérdidas y unas lobas que estaban dispuestas a la guerra, Rainelys se sentía cansada y como reina, no podía flaquear ni un solo instante, su pueblo dependía de ella, su gente, la amenaza de Owen que no solo se extendía a ellos, sino a todos, como una amenaza colectiva que solo favorecía a los humanos, pero que iba en perjuicio de todos los demás. —Volveré en un segundo.—el

