- Señor - le comenté, para sacarlo de su estupor por la noticia de la revuelta de las provincias del sur (creo que lo que más le afectó a su estado de ánimo fue eso, precisamente: que fueran los pueblos del sur los que alzaran las espadas y las lanzas en su contra) - ¿no deberíamos ordenar a la Ministra Clavel Gisela que envíe tropas para ahogar la insurrección?
- No, nonononono, no. Seguro solo quieren que les escuchemos nuevas peticiones de recursos, préstamos, caminos, agua, seguridad, que les compremos sus cosechas para que las vendamos nosotros a precios más bajos que esos chupasangre de los comerciantes. Esos, que le compran a 3 meinueles el kilo de cualquier producto a la gente del campo y lo terminan dando a 100 meinueles a la gente de las ciudades. - y dicho esto, se llevo las manos, chuecas y deformes por el fragor de las batallas, perdidas y ganadas, y de su humilde origen campesino en una de las regiones más marginadas del reino: Naca Juixtla, en la provincia sureña y tropical de Thab Azquetín.
- Aún recuerdo, de forma vívida, a veces cuando camino por los amplios pasillos de este frío Palacio, que me brindó el honor altísimo de vivirlo, que me transfirió la legitimidad que anhelé siempre como gobernante de este reino maravilloso, pero tan contrastante, cruel y traicionero y que, seguramente, será mi tumba eterna donde estará atrapada para la eternidad mi alma atormentada, mi pasado, toda mi vida pasada, querido consejero y amigo - Me miró con esos ojos, entre nostálgicos y perdidos en la bruma de la locura que, cada día que pasaba, se asentaba más y más en una mirada que, antaño, causaba admiración o terror a quienes le veían de frente y en persona y se fue a sentar en el sofá, mientras una oleada de sirvientes ingresaban en tropel, con una gracia digna de una coreografía de danzantes profesionales, para iniciar el proceso del aseo y el vestir del monarca.
El viejo rey no tenía el cuerpo fuerte y musculoso de un atleta de las muy lejanas tierras de Olimpia. No era muy alto, digamos que media como el promedio de los ciudadanos de las tierras del sur (la gente del norte era más alta, más fuerte y más hábil para generar riqueza hasta del desierto), tampoco era muy agraciado como persona; sin llegar a ser grotesco, era alguien físicamente nada atractivo, digamos que hasta aburrido a la vista. Tenía una cicatriz en la espalda, desde el hombro derecho hasta la zona de los riñones que lo hacía ver como un humano cualquiera, falible, al que se le podía dañar por ser un simple mortal como todos los demás; pero cuando abría la boca y entraba en ese estado de éxtasis espiritual en sus discursos ante la gente (sin importar si fuese del sur, del norte, del centro, del Mar Calmo o del Mar de Atlantis) se transfiguraba, había en el acto una metamorfosis imposible de explicar. Y al salir las palabras de su boca, como lenguas de fuego quemaba cualquier duda u oposición y encantaba a su público, a su gente, a sus seguidores y hacía dudar a quienes le consideraban un ignorante, un ser peligroso, un diablo con disfraz de apóstol.
Yo lo conocí cuando, por la fuerza, tomó con el uso de la fuerza bruta de sus seguidores, convertidos en una horda de sanguinarios guerreros (ancestralmente hambrientos, desposeídos, olvidados por sus gobernantes anteriores) que se ganaron su fama de bárbaros incontrolables, la ciudad de Naca Juixtla, donde había nacido apenas 16 años antes. Y todo porque en la Academia regional de Ciencia y Filosofía no le permitieron la inscripción y el ingreso al claustro, por su humilde origen y por una desgracia que lo tuvo vagando por los montes y escondido entre manglares y la impenetrable selva de la provincia de Thab durante dos largos años, por una desgracia de la cuál no gustaba mucho platicar.
Fuí enviado como capitán al mando de una expedición de 5,000 soldados, conocidos como la Falange del Rayo, pues al luchar, atacábamos tan rápido y con tal orden y eficiencia, que parecía que un poderoso rayo partía en dos el roble que constituía la formación de nuestros enemigos, para tratar de convencer a mi ahora rey y señor de que depusiera las armas y se retirara sin pelear a unas tierras que le serían dadas, como premio a su valor. Que se restauraría a los anteriores señores dominantes de la región a sus posiciones de poder y que la gente, pobre, con hambre y olvidada, recibiría una compensación cuantiosa por dejar de seguir una revuelta y volver a sus campos, a producir lo que el reino consume.
El rey me recibió con mucha cortesía. Su banda de revoltosos no pasaba los 30,000 combatientes pero nos superaban en número y, de haber querido asesinarme. el entonces conocido como el "caimán" lo hubiese hecho seguramente.
- Recuerdas - como si me leyera el pensamiento, otra cualidad inexplicable hasta el día de hoy por mí y por sus muy cercanos - cuando nos conocimos, yo portaba el símbolo religioso de los Nacas y tú ibas perfectamente ataviado con la armadura más reluciente e impresionante que haya visto hasta ahora. Por un momento, pensé que sería una lástima el tener que atacarte y vencerte. Humillar a una persona tan digna y con tal garbo en batalla, es algo que no me precio de gustar. Me molesta. - lo dijo con una chispa, breve como brisa de verano en el calor abrasador, que me recordó efectivamente lo que sucedió aquel día de abril, donde mi vida dió un vuelco de 180 grados y juré lealtad a quien, así lo pensé en ese momento, hace casi 52 años atrás, llegaría a ser el Rey que llevaría a Igna a la grandeza, tantos siglos negada por pésimos monarcas, que solo veían por sus mezquinos intereses y jamás como la consolidación de una próspera nación que viera por todos sus súbditos, desde los sangrientos años de la Igna antigua.
- Recuerdas que te pregunté qué hacía un gallardo héroe en una zona indigna para sus blasones y su nivel de batalla, obviamente muy superior al de cualquiera de mis guerreros. Te observaba a través de los ojos de mis vigías y pensé: "¿Por qué el Centro mandaba a su joya más valiosa a, seguramente, morir a manos del salvaje sureño?" Y la única respuesta lógica fue: "Porque de seguro le estorba a alguien en la Corte y quieren deshacerse de ti".
Como me acuerdo de ese pasaje que cruzó y entrelazó mi vida para siempre con un entonces líder sin mucho poder pero algo de potencial a futuro.
- Recuerdo también - prosiguió hablando - que tu me cuestionaste de mis acciones y me pediste que me rindiera, que los poderosos ejércitos del Centro estaban listos para borrar cualquier rastro de existencia en la historia de Igna. y yo te dije: No tengo miedo a morir, si he de hacerlo muriendo por una causa justa, que es la reivindicación de los que menos tienen, de acuerdo con mi misión en este plano terrenal de existencia: Los pobres siempre primero. Creo que eso fue lo que abrió tu corazón y te hizo cambiarte al buen bando, al de los transformadores de conciencia y del rescate definitivo del pueblo de Igna. - Efectivamente, eso fue - Espero nunca te arrepientas de haber tomado dicha decisión. Fue casi tan difícil para tí, que para mí el haber tenido que huir del seno materno, a la edad de 13 años, por ser acusado de asesinar a uno de mis hermanos, cosa que sí hice pero por lo que me hacía.
- ¿Y qué le hacía? - pregunté intrigado, pues ese asesinato se había convertido en una leyenda, de esas que se contaban a los niños para ir a dormir ("Duérmete o vendrá Nuel y te matará como a su hermano"). - Me gustaría saber, si no es una molestia para Usía.
- Desde los 10 años, me atormentaba la idea de que Remualdo, el mayor de todos los hermanos, sería quien tendría la oportunidad de ir a la Academia para ilustrarse y ser alguien en la vida. Los demás teníamos que hacer el trabajo de nuestro padre y vivir en la ignorancia y la miseria toda la existencia, hasta la muerte prematura por enfermedad o por cansancio. Esas son las reglas en la sociedad Nacajú: el mayor será quien acuda a la instrucción en las instituciones del reino: aprenderán a leer, a escribir, aprenderán sobre los números, las estrellas y su influencia en los hombres, aprenderán a ser valientes, piadosos, fuertes, hábiles, para llegar a puestos del poder central y ayudar a sus hermanos, padres, abuelos y sobrinos del pueblo. ¡Imagínate! No, nononono, no. Remualdo era perezoso, no tenía aspiraciones, le daba igual lo que le ofrecieran, de todos modos lo haría a medias, Le gustaba la vida del campo y acompañaba a papá cada que trabajaba en las fincas de los ricos del pueblo. Un día, platicando con él, le pregunté qué sentía de que iba a estudiar, a ser alguien importante, a destacar, a tener poder para ayudarnos y me respondió: "la verdad, preferiría estar muerto a estudiar, encerrado entre paredes, mientras me pierdo el olor de la tierra mojada, la brisa del campo acariciando mi rostro, mis manos callosas y fuertes por el trabajo y el esfuerzo de quienes, siendo los más menospreciados de la sociedad, somos los que alimentamos a los hermanos Ignas y les permitimos gozar de esas comodidades que gozan".
Me quedé mudo. ¿Entonces su hermano nunca quiso el compromiso de ser el líder de la familia? Debió ser un golpe durísimo para mi señor el saber que una posibilidad de mejorar iba a ser desperdiciada por su hermano.
- Pero ¿nunca le dijo que usted amaba esa vida de lecturas, ciencia y filosofía, pidiéndole le dejará ser él quien fuese a estudiar? ¿Que su hermano podría estar entonces ayudando a su papá con las tareas propias del campesino? ¿No se lo dijo?
- Si, por supuesto - El tono de su voz bajo dos niveles, se le entrecerraron los ojos y una lágrima rodó sobre su ajada mejilla izquierda - Pero cuando lo convencí de hablar con nuestro padre y fuimos a plantearle nuestra decisión, nos molió a los dos a palos: "¡Las tradiciones se respetan! ¡Conservar nuestra idiosincrasia es la única forma de mantener viva a nuestra gente, a nuestro pueblo, a nuestra vida como la conocemos!" Y entonces sucedió la desgracia...
- La desgracia que cambiaría mi vida para siempre.
Y al decir esto, se quedó mirando al cielo, como buscando algo que se le había perdido...
Y que aún no podía encontrar.
Que viejo, débil y derrotado se veía en ese instante.
Un simple mortal.
Y pensaba que era, siempre lo pensé, un enviado divino de los dioses.
El golpe de realidad pegó duro en mi alma y en mi corazón.
Y él, él seguía buscando...