Capítulo I. El cansancio del Rey
- La gente le teme a lo que no conoce. Esto ha sido así desde que el homo sapiens dio sus primero pasos en el mundo, como aquella especie que terminaría, no sólo dominando al planeta, sino transformándolo en algo cada día menos natural y más "humano". Hemos alcanzado la capacidad suficiente como especie para dañar profundamente a nuestro hogar planetario y a nosotros mismos.
Ya no tenemos enemigos en la naturaleza, excepto a las bacterias, los hongos y los virus. Y cada día tenemos la posibilidad de defendernos de estas criaturas pequeñas, gracias a las artes mágicas cada vea más eficientes de nuestros alquimistas, brujos y curanderos -
Así iniciaba mi señor el día número 1825, desde que había sido ungido como el Rey de Igna.
A veces se despierta platicando de sus sueños, cada vez más raros y violentos, donde no hay pesadilla donde sobreviva a ataques de monstruos, engendros o seres jamás vistos por el ojo humano, cuando menos en esta época. Quizá es el miedo que, poco a poco, se ha ido apoderando de cada centímetro de su cuerpo, desde aquel día en que Cloraida, quien fuese su nana desde que nació, fue descubierta por un guardia del castillo Mortega (en honor a un héroe legendario del reino) poniendo veneno a su comida. La incredulidad cuando supo de este hecho, dio paso a una furia irrefrenable. ¿Por qué alguien querría matarlo? ¿Y más, siendo alguien tan cercana a él? ¿No se suponía que el cariño y el amor que tanto le era profesado por todos, era sincero? ¿Y Clory, quien era a los ojos del monarca como su hermana mayor? ¿Habría sido obligada a hacerlo? Pero, cuando la llevaron ante su presencia, en vez de pedir clemencia, piedad o ayuda, solo lo miró de una forma, de una forma tan extraña (uno de sus asesores confidenciales luego le diría que esa era una mirada de profundo odio y rencor), que el Rey sintió cómo se le erizaba cada vello de su cuerpo. Aún así, le pudo preguntar con voz entrecortada:
- ¿Por qué hiciste esto? ¿Alguien te ha obligado? Habla mujer, o tendré que verme obligado a actuar de otra manera. Quisiste matar a tu Rey y ahora no dices una sola palabra. Puedo ayudarte, pues te tengo cariño y confío en tí. Dime, Clory, ¿alguien te manipuló para que quisieras envenenar mi comida? Pero ¡habla, mujer! ¿Ni una palabra? ¿Nada? Ok. ¡Guardias, ya saben que hacer! Necesito aclarar este asunto.
La pobre mujer fue torturada de las maneras más brutales que se puedan imaginar, pero jamás pudieron sacarle palabra alguna, que no fueran los lamentos por el dolor recibido por sus verdugos. Los gritos de angustia, mezclados con los estallidos de una risa estridente, desaforada y una frase que se repetía cuando, cansados quienes la torturaban detenían en el castigo unos momentos, podía tomar aire, que se quedó grabada en los oídos y la mente de quienes la escucharon:
- Cuando el rey le falla al pueblo, el pueblo tiene el derecho de matarlo. ¡Y yo soy el instrumento del pueblo!
Se lo contaron al Rey. Palideció y envejeció de golpe 5 años. Su figura siempre imponente, llena de energía y de gallardía de pronto, como un gigantesco árbol en el centro del bosque que es golpeado de lleno por un rayo portentoso, se quedó como vacía, como si un bulto de piedras se hubiera montado en su espalda, palideció y ordenó, con una voz apenas audible, que terminaran con el suplicio de su homicida frustrada.
- ¡Pero claro que me dolió ordenar su muerte! - me dijo - No soy de piedra o de acero para no sentir tristeza y lástima por quien, durante 67 años ha estado, ya no a tu servicio, sino en tu misma mesa, como parte de mi familia. Y me sigo preguntado el porqué de su acción. ¿Qué diablos ganaba ella con matarme? Ella, que estuvo en la comitiva cuando entré triunfante ese día a que me coronaran rey. Ella lloraba eufórica de la emoción y me dio un abrazo que se sintió el más feliz y auténtico, que de la emoción derramé una lágrima con ella y le dí un beso en la frente.
A partir de ahí, la paz abandonó los aposentos reales. Su segunda esposa fue enviada con su hijo, el más pequeño hasta ese momento (luego nacería otro de una doncella a la que visitaba seguido durante sus primeros 3 años de reinado y que le dió, después de 5 varones, una niña, a la que pusieron de nombre Tepitl) al reino donde regía su suegro, hombre de mano dura, terco, necio y casi de la edad que mi Señor, a quien le convino la unión de su hija Veatrix con tan poderoso señor de la región central, el más imponente reino del mundo conocido, dueño y señor del ejército más leal y mejor armado en la historia.
La despedida fue conmovedora. Veatrix era una poetisa, amante de la lectura y de las bellas artes, aunque cantaba con la gracia de un cuervo, ella sentía que lo hacía como las mismísimas musas vírgenes que adoraban a través de melodiosos cánticos, a los dioses de la Guerra y de la Vida, Chai e Irón, los hermanos siameses de la casa del Cielo, a quienes se les unía, como ellos mismos lo estaban de su columna vertebral como ChaIrón. Eso le daba mucha risa al Rey y, luego de la muerte de su segunda esposa y reina oficial de Igna, por causas naturales (o eso se creyó en su momento), madre de los 3 hijos mayores del monarca, de nombres Gord, Tranz y Jonquer, le pidió matrimonio a Vea, como le decía de cariño y ella, con la bendición de su padre, aceptó gustosa y formó parte de los inquilinos del Palacio Mortega.
- La verdad, es que el ser humano tiene solo dos vías para calmar su alma y perder el temor, cuando el miedo es tan poderoso que paraliza hasta tus pensamientos. La primera... - de pronto interrumpió mis pensamientos el Rey, para continuar con sus monólogos filosóficos de la mañana - ... es conociendo aquello que le da pavor, para entenderlo y actuar con conocimiento de causa.
La segunda es atacando y destruyendo aquello que no entiende, que no comprende. Nunca te has preguntado, oh, paciente amigo, cronista del reino y en la única persona que confío en estos momentos de tormenta interminable de mi vida, ¿por qué decidí la segunda opción, cuando bien pude usar a mis agentes encubiertos en el pueblo para conocer el motivo real del odio que me tienen mis súbditos? Porque el pueblo es como las bestias salvajes: solitas llegan, hambrientas y sedientas, detectando la debilidad y el miedo de su monarca, para despedazarlo sin importar si antes lo amaban o no. Si sienten debilidad, estás muerto. En cambio - continuaba, no hablando conmigo, sino para sí mismo - si los aplastas, los humillas, les haces saber que tu fuerza no ha menguado, sino que, al contrario, estás más vigoroso que nunca jamás, agachan la cabeza, esconden las garras y los colmillos y regresan a lo suyo, esperando que las cosas vuelvan a ser como antes.
Caminaba, dando vueltas por la habitación, en el ala norte del Palacio, cuando tocaron la puerta. Esto tomó desprevenido al rey, quien dió un brinco, como reacción a lo que no se espera y, con voz un poco temblorosa al principio, exigió que le dijeran qué querían y por qué interrumpían su sesión de desahogo emocional mañanero. Se escuchó la voz jóven de su nueva Ministra de Defensa y ex bailarina en los salones y tugurios de alta sociedad, donde la conoció e invitó a trabajar el monarca, pues le vió algo diferente a todas las demás mujeres que ahí trabajaban: hambre de triunfar y lealtad ciega a quien fuese su benefactor.
- Señor - la voz de la mujer sonó del otro lado de la pesada y antigua puerta - necesita adelantar su agenda, bañarse y desayunar conmigo y con su asesor, que imagino que ahora está ahí con usted, escuchándome.
- No - alzó la voz el mandatario - no, no. Hoy no quiero escuchar nada ni hacer nada. Tú encárgate de todo eso, por eso te puse en ese cargo, para que...
- Disculpe que le insista, oh, señor mío - Casi nadie tenía permitido interrumpir al Rey, ella era de ese grupo de privilegiados - pero me temo que esta noticia la debe conocer usted y usted debe instruirnos qué hacer.
- ¿Pues qué es tan importante, carajo? Adelantame algo o te juro por el cuerno del último unicornio de las montañas nevadas, que me quedaré aquí y pediré la comida al cuarto - diciendo esto, le abrió la puerta tan rápido, que ella estuvo a punto de caer, pues estaba recargada en ella.
- Es que... señor... - se le puso la cara roja, se veía preocupada, realmente preocupada y yo solo atiné a voltear a ver a mi Señor.
- Dime ya qué sucede, sin tapujos, sin miedo, pero rapidito.
- Los bárbaros del sur se han alzado en armas, en su contra. Y están avanzando hacia el centro del reino.
Lo dijo con la rapidez y el bajo volumen de quien no quiere ser, en realidad, escuchada. Pero él lo oyó perfectamente. Se hizo un silencio sepulcral y, de inmediato, otro gran saco de piedras se unió a aquel que traía cargando meses atrás. Y se dobló, se puso pálido y sólo alcanzó a balbucear:
- Pero... ¿por qué?...