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"Úsame como creas conveniente”.
Eso dijo, pero ¿qué es realmente lo que pasaba por su cabeza? Desde un inicio se ha mostrado muy cooperativo, pero pensar en que su padre es un demonio y que él no gana nada ayudándome me deja pensando.
No, si gana algo. Una aliada. Él mismo lo dijo. Odia a su padre por una razón justa y busca como destruirlo. La pregunta es, ¿Ezra es confiable?
—Ya se ha ido —me informa Tutele.
La miro sonreír con complicidad en el reflejo del baño. Esta susurrando porque aún nos quedan dudas de si realmente hay micrófonos en el baño o no, así que simplemente asiento.
¿Qué más podría decir? ¿Me alegro de que te vayas, Sirius, ojalá que tu medio de transporte se accidente? No me arriesgaré más a ciegas.
—¿Por qué sigues sonriendo? —le pregunto a Tutele y esta aplaude dos veces. Se ve que está muy feliz.
—Le traje un regalo.
—Lo agradezco, pero no estoy de humor. Déjalo en la cama.
—Lo siento, no puedo, se mueve sola.
Vuelvo a levantar la mirada del lavamanos al espejo del baño y me sorprende ver por este a Eliza.
—¡Eliza. —grito de alegría, corriendo a abrazarla.
Ella me acepta el abrazo gustosamente. Cuando nos separamos la tomo del rostro y la reviso bien. Quiero revisarle la espalda, pero ella me detiene.
—¿Qué pasa?
—Solo me aislaron —ella me informa con una sonrisa cálida en el rostro.
—Quiero comprobarlo por mis propios ojos.
Eliza me suelta las manos y no siento mi pulso regularse hasta que veo su espalda limpia. No la torturaron por mi culpa y eso me hace sentir mucho mejor.
—Lamento lo sucedido —me disculpo, volviéndola a abrazar.
—No se preocupe, señorita. Yo estoy bien.
—Eso veo, pero aun así seguro no comiste nada. Ven, te dejé mi comida.
—¿No comió nada?
—La culpa no la dejó —le informa Tutele—. Tampoco quise obligarla porque se veía miserable.
— Solo estaba preocupada —murmuro, sintiéndome avergonzada.
—Olvidemos lo pasado, entonces. Ya estoy aquí, así que es momento de relajarse.
Asiento y durante el resto de la tarde me quedo con ellas. Hablamos durante horas hasta que cae o noche y llega a hora de dormir. Antes de hacerlo siempre debo hacer ejercicio, pero esta vez preferí hacerlos en mi habitación debido a una fuga de agua que descubrimos al atardecer y que no sabemos cuándo la arreglarán para que deje de mojar el piso.
Así que apago las luces y rezo porque no haya cámaras de vigilancia y sigo haciendo flexiones. Hubiera hecho otras tres más para llegar a diez si la puerta del balcón no se hubiera abierto, poniéndome en alerta.
—¿Quién está ahí? —pregunto, pero nadie le responde.
Creo que podría ser un error en la cerradura, así que me acerco y luego de echar un vistazo afuera y no ver a nadie, la cierro. Vuelvo a las flexiones y luego de bajar y volver a subir, una voz saliendo de la nada me espanta.
—Las estás haciendo mal.
Miro hacia ambos lados, asustada, y habiéndome puesto sobre mis rodillas gracias al susto.
—¿Ezra? —pregunto, creyendo haber reconocido su voz.
Él mismo aparece prácticamente de las sombras. Lleva ropa oscura, así que le ha resultado muy fácil ponerse en una esquina donde no da la luz para que no lo vea.
—¿Y por qué entras así? Podías tocar.
—Eso no hubiera sido entretenido. Además, quería ver que hacías y realmente me sorprende encontrarte ejercitándote.
—¿Qué tiene de malo? Quiero estar saludable.
Ezra ríe y su risa ronca resuena por toda la habitación.
—Baja la voz o te van a escuchar —lo regaño.
—Lo siento, es que tú mentira es tan obvia que me da gracia.
Ruedo mis ojos e ignorando que Ezra sigue ahí, viéndome, vuelvo a lo mío. Antes de bajar y subir bien para completar la flexión, siendo los dedos fríos de Ezra, probablemente por estar fuera en la noche, en mi espalda.
—Enderézala bien o no servirá de nada el ejercicio.
Hago lo que me dice y siento que realmente la postura mejora mucho donde siento el movimiento del cuerpo.
—Muchas gracias —le digo aun manteniéndome sobre mis pies y manos, cuando siento una de sus manos rozando mi pelvis. Al instante reacciono y le alejó de él—. ¿Qué haces?
—Corrigiendo tu postura. No debes bajar tanto la cadera. Debes estar lo más recta que puedas.
Parpadeo dos veces, y viendo que malinterpreté toda la situación, miro a otro lado, avergonzada.
—Lo lamento mucho. Me asustaste.
—En ese caso quién debe disculparse soy yo. Podía comentártelo desde lejos.
Tomo un respiro y vuelvo a verlo, encontrando que apoya todo su peso en una rodilla, casi imitando la pose tipica del caballero que será condecorado. Finalmente, Ezra corta la seriedad del asunto riendo.
—Con lo delgada que estás no importa lo mucho que te esfuerces, siempre serás débil. Mientras mi padre no esté haré que comas bien, así que por favor come mejor.
—¿De qué hablas? —digo mientras me pongo de pie, molesta—. Tengo la fuerza de una leona y la resistencia de una hiena.
—Si, pero una leona atropellada y una hiena medio muerta.
—Tengo más resistencia que tú corriendo —digo mientras levanto un dedo en su dirección y afirmo mi voz con seguridad, como si realmente fuera cierto.
—Pruébalo.
Miro alrededor. —¿En una habitación?
Ezra mira por los cristales de la ventana, entonces se gira hacia mí y me llama usando su dedo.
—Ven aquí.
—¿Para qué?
—Solo ven.
Mientras me acerco veo a Ezra forzar la ventana hasta finalmente conseguir que se abra. Cuando estoy a su lado, me saca al balcón y cruza del otro lado de la baranda sin siquiera decir nada.
—¿Vas a tirarte desde aquí? —lo veo asentir, lo que me hace acercarme, pero para ver la altura.
—Ven.
—¿¿Que? No. Estás mal de la cabeza.
—No puedo sacarte de la mansión, pero puedo llevarte al jardín —miro a todos lados, pero no veían ningún garífuna como por lo general veo.
—¿Dónde están los guardias?
—Los convencí de beber Whisky para celebrar que se fue el diablo.
—¿Y aceptaron? —pregunto con algo de incredulidad.
—Es difícil decirme que no —comenta con arrogancia.
—Pero no imposible. Me niego a bajar. Adiós.
Me giro, pero antes de poder alejarme lo suficiente, Ezra me toma de la cintura y me pasa del lado de la baranda en que se encuentra. Por el miedo de ver la altura enredo mis piernas en su cintura y lo tomo del cuello.
—¿Qué haces? ¡Bájame o voy a pegarte. —susurro con molestia.
—¿Con tus súper entrenados fideos? No lo creo.
Y entonces salta. Ni siquiera estoy segura de que haya visto adónde va a caer, solo salta y sorpresivamente no nos morimos porque siento que él sigue respirando.
—Estabas en una segunda. No es tan alto si sabes cómo caer.
No le respondo, solo lo miro entre enojada e impactada. Enojada por lo evidente, impactada porque cayó con una facilidad impresionante.
—¿Quieres que te cargue toda la noche? Porque si quieres puedo…
Me bajo de golpe de sus brazos y camino lejos de él, a mis espaldas escuchando su risa. Me giro, molesta, y pronto siento la brisa en la parte posterior de mi trasero.
—Se te levantó la bata —señala lo que ya sé.
—¿Y de eso te ríes?
—No, es que justo están volviendo a sus puestos los guardias.
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