•· Capítulo 12 ·•

1180 Palabras
• · • · • “Él jamás te daría un arma real”, es lo primero que pienso cuando escucho el sonido del metal chocando con el mueble de madera que se encuentra a mi lado. A pesar de creerlo, o de pensar que lo sé y por ende tengo la razón, instintiva miro el arma y luego vuelvo la vista a Sirius que se encuentra plácidamente sentado en mi cama, esperando por mí. Me genera un coraje enorme verlo tan tranquilamente sentado mientras la vida de cientos, sino que miles de personas, ha sido desgraciada por su culpa; así que, habiendo tomado una decisión, tomo el arma y me sorprende lo pesada que es. Aun así, apunto hacia él y la mano me tiembla, evitando que le apunte a la cabeza con sencillez. Ni siquiera estoy segura de lo que hago. Jamás he disparado un arma y no creo que Sirius me quiera enseñar cómo hacerlo para porque yo misma le dispare, así que bajó la mano y me pongo de pie. Tiro el arma en la cama e intento huir de su presencia escondiéndome en el baño, pero antes de que pueda avanzar mucho Sirius me detiene. Está prácticamente encima de mí, sosteniéndome por la cintura contra la pared, y en su mano izquierda me doy cuenta de que trae consigo la pistola. La coloca en mi cuello y el frío del metal causa que me estremezca. —¿Dudas de si tiene balas o no? No respondo a su pregunta. No quiero hacerlo. No quiero verlo. Pero gracias a esta experiencia me doy cuenta de que Sirius no es la respuesta para salir de aquí y jamás lo será. Entonces Sirius toma la pistola con su mano derecha y la pone entre mis manos. No quiero tomarla, pero él aprieta mis manos para que lo haga y cuando está seguro de que no la soltaré, le quita el seguro. Mi mayor sorpresa es que la coloca en su pecho, justo en el medio, entonces se agacha levemente, prácticamente su nariz contra la mía. —Dispara. No me muevo, ni siquiera tengo mi dedo en el gatillo y aquella falta de emoción le molesta grandemente a él porque aprieta la pistola más fuerte y se acerca aún más, haciendo que aleje mi cara de su alcance. —Dispara. Es tu oportunidad de oro —mantengo el silencio—. Querías matarme, ¿o no? Hazlo ahora. Sé tantas maneras en las que esto podría salir mal que mejor espero que eventualmente se harte de mi silencio y se marche, pero eso no parece ir a pasar, porque Sirius se sigue acercando y el hecho de que me siga poniendo las manos encima es todavía más molesto hasta el punto de que me asquea, así que muevo mi dedo índice suavemente hasta el gatillo y entonces... Bang. Sirius sigue ante mí. No se mueve y es porque no había ninguna bala. Finalmente, Sirius se aleja de mí con una expresión sombría en el rostro, mira la pistola y luego me mira a mí, y antes de que pueda procesar lo que acaba de pasar bien, me golpea con ella. El golpe es tan fuerte y dirigido a una parte específica en mi cara que siento un diente moverse. No me muevo. No lloro. No grito, mucho menos levanto la cabeza. Sirius no es la manera de salir de aquí, entonces sólo me queda una opción: Su hijo. —Que no se vuelva a repetir —murmura Sirius, colocando nuevamente la pistola en su lugar original—, o la próxima vez me encargaré de ser yo quien te dispare a ti. · • · —Va a recuperarse pronto —dice Tutele mientras pone hielo sobre la zona de mi quijada en que impactó la culata de la pistola—. Apenas la muela se movió, así que solo hay que esperar que vuelva pegarse en su lugar ya que no va a caer. —¿Dónde está Eliza? —pregunto, de repente recordando que ella no ha estado en la habitación desde que Sirius salió. Tutele me mira con miedo y lo entiendo perfectamente al instante. Intento ponerme de pie, pero ella me detiene. Parece ir a morirse del miedo, con sus ojos sumamente abiertos y la respiración agitada. —Por favor, no lo haga —susurra, y la desesperación se siente en su tono de voz. Lo que haga, ellas también lo pagan. Qué manera más cobarde de mantenernos bajo raya. Sabiendo que solamente empeoraré la situación de enfrentar a Sirius ahora, vuelvo a sentarme con lágrimas de enojo corriendo por mis mejillas e intento tranquilizarme, pero todo es inútil. Estoy jugando cartas con alguien que constantemente puede ver las mías, mientras que yo debo limitarme a ver cómo me roban las cartas que él necesita y obligarme a mantener silencio. —Debe tranquilizarse. Esperaremos que el señor Cordoban se vaya, y cuando vuelva, seguro estará de mejor humor. —¿Sirius se marcha? —pregunto, esperanzada. —Por estas fechas siempre lo hace —dice Tutele prácticamente a mi oído mientras finge sigue aplicándome pomada sobre el golpe. —¿Y adónde va? —pregunto con curiosidad. Ella se encoge de hombros, alejándose de mí en el proceso. —¿Quiere que le prepare un baño? —cambia sutilmente de tema—. Para relajarse y eso. —Sirius me quitó mis jabones de baño. —Entonces improvisaremos. No se mueva, le prepararé el mejor baño de burbujas —dice, saliendo de la habitación. Me tiro de espaldas en la cama, sintiéndome culpable enormemente por Eliza. Por mi culpa...por mi maldito pensamiento de que realmente lograría escapar de aquí de saber lo suficiente sobre él. Escucho la puerta abrirse, pero aun así no aparto los ojos del techo. —¿Que pasó, Tutele? ¿Volviste tan rápido? El primer paso que da la persona que entró en la habitación me deja saber al instante que no es Tutele. Estos pasos se escuchan más fuertes, como si fuera alguien más pesado, al instante captando mi atención. Muevo mi cabeza en dirección a la puerta, encontrándome con la sorpresa de ver a Ezra Cordoban de pie, junto a mi cama. Me mira en silencio hasta que finalmente suspira. —¿Qué haces? ¿Pretendes que mi padre te mate o realmente no quieres salir de aquí? —Hago lo que puedo con lo que tengo —es mi respuesta, y vaya que es deprimente. —Mientes, podrías hacer más. Suelto un bufido. Empiezo a encontrarme realmente molesto que me repita lo que ya sé. —Como dije, mis movimientos son limitados, así que hago lo que puedo... —Con lo que tienes, si, ya escuché eso antes. ¿Y ahora qué harás? —Pensar en buscar...un aliado. Ezra vuelve a aparecer en mi campo de visión, esta vez con un brillo misterioso en sus ojos y una media sonrisa en sus labios. —Bien, entonces aquí estoy. Úsame como creas conveniente. • · • · •
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