•· Capítulo 11 ·•

1563 Palabras
• · • · • Una, dos, tres, cuatro… Cuento en mi mente mientras subo y bajo repetidas veces, haciendo sentadillas. ... Diez, once, doce, trece… Necesito hacerme más fuerte física y mentalmente, pero hasta ahora siento que en el único terreno en que podría ganarle a Sirius es en el mental —y aun así tengo mis dudas—, así que debo volverme más fuerte a nivel físico y dejar de poner toda mi confianza solo en mi mente. ... Veinticuatro, veinticinco, veintiséis… Por el poco movimiento al que estoy acostumbrada al encontrarme encerrada siempre aquí dentro, cualquier esfuerzo físico es una tortura, pero una tortura que estoy dispuesta a soportar con tal de volverme más fuerte. … Treinta, treinta y uno, treinta y dos, treinta y tres… Me detengo, jadeando. No puedo más, he llegado a mi límite, así que me acerco hacia un pequeño calendario que hay colgado detrás de la puerta y marco con una equis encima de la fecha de hoy: tres de junio. Desde aquel baño de burbujas y la visita de Sirius a mi habitación —sin contar su extraño comportamiento— han pasado seis días en los que no he dejado de ejercitarme, y como sé que ejercitarme no será suficiente, pasé estos seis días pensando hasta el cansancio qué otra cosa puedo hacer para conseguir esa tan deseada venganza. Lamentablemente hasta ahora solo he pensado en tonterías para hacer que se interese en mí, pero evidentemente no está funcionando. No ha venido ni siquiera una vez a buscarme, y como si no fuera suficiente y pudiera hacerme ilusiones con que no me busca porque está ocupado, ni siquiera me convoca junto a las demás chicas para ir a su habitación. Lo sé porque esta misma tarde Tutele me ha avisado de que todas estaban frente a la puerta de la habitación de Sirius, pero a ella le dieron como mandato que yo permanezca en mi habitación. —No se preocupe, señorita. Ya tendrá su oportunidad de ayudarnos —me intenta tranquilizar Tutele. —Si, supongo que tienes razón. Murmuro dejándome caer exhausta en la cama. Hacer ejercicios diarios para alguien que jamás le ha interesado la vida fitness está acabándome. —Vamos, no se ponga así, señorita. Es más, ¿qué tal si jugamos cartas. —¿Cartas? —pregunto mientras levanto la cabeza, interesada. Gracias al trabajo poco honorable con el que mi padre empezó su empresa, soy por mucho una jugadora experimentada —Así es. Me siento en la cama, y pronto Eliza y Tutele se unen, formando un triángulo en la cama. —¿Y de donde las sacaste? —Son mías. Meses de que usted llegara, Eliza y yo ya estábamos aquí, pero como no habíamos sido asignadas a ninguna mujer de esta mansión, pasábamos desde la mañana hasta la noche jugando cartas. ¿Antes de que yo llegara? Eso es extraño porque ¿por qué Sirius buscaría dos damas para hacerle compañía a una de sus “mulecas” sin que siquiera estuviera. Y es aún más extraño que duraran meses aquí sin nada que hacer. Miro alrededor, recordando lo sucio que encontré este lugar y lo deplorable que se veía en ese entonces, y que solo cuando yo llegué aquí Eliza y Tutele empezaron a limpiar. —¿Se sentaban aquí sin limpiar? Eliza y Tutelé se miran con lo que parece ser mucha pena, pero no me explican nada y mantienen el silencio, como si recién se hubieran dado cuenta de que hablaron demasiado. —¿Qué pasa? —pregunto. Eliza duda si hablar o no, pero finalmente es Tutele quien dice algo y termina cambiando de tema. —¿Qué quiere jugar, señorita? —No cambien el tema. —No lo hacemos. —Si, y sospecho que tiene que ver algo con mi llegada aquí. —No es nada de eso. Mejor juguemos… Pongo mi mano encima de la de Tutele cuando intenta empezar a repartir cartas. Ella me mira y parece asustada. —Señorita… —Hablen. ¿Qué está pasando? ¿Por qué ustedes llegaron aquí antes que yo? Es como si supieran… Me detengo cuando me doy cuenta de lo que estoy pensando y pronto la idea no me parece tan descabellada. Sirius conoció a mis padres, probablemente nos vigiló durante meses, conocía mis gustos por geles de baños y sospecho que mi vida social amplia, así que probablemente a eso se deben mis castigos en la soledad. —¿Acaso él…sabía que terminaría aquí tarde o temprano? —No, señorita, no. Nosotras… Eliza toma una de las cartas del colchón y luego de verla, me la muestra. —Lo sabíamos. Todos sabíamos que llegaría una nueva muñeca, pero que aún Sirius no sabía cómo traerla sin forzarla directamente. —¿Directamente? —pregunto, y pronto empiezo a sentir que desde un inicio quien manejó todo a su antojo fue Sirius. —Así es. Así fue como llegamos todas las damas de compañía aquí. Éramos prostitutas, vagabundas o estábamos ahogadas en deudas, hasta que un día se nos ofreció cambiar esa vida deplorable por perder nuestra libertad, pero tendríamos comida y un techo en el que refugiarnos. —Pero si se negaban... Eliza suelta una risa amarga, tirando la carta sobre la cama en el proceso. —No podíamos. No lo harías si un grupo de trajeados con pistolas te lo ofrece, ¿o sí? Tutele mira a todos los lados, asustada por la cantidad de información que parece estar soltando Eliza, y luego hace señas repetidas veces para que esta haga silencio. —¿Y eso es normal? —pregunto, sumamente molesta porque ahora entiendo que yo no estoy jugando con Sirius, él está jugando con todas nosotras. —¿Normal? ¿Lo de infundir miedo para mantenernos aquí encerradas, o te refieres al método de reclutamiento de damas? —Si es normal que ya supieran que vendría ¿Acaso me habían visto? —No, pero sabíamos su nombre. Amanda o Mandy, para los amigos — siento un nudo en la garganta mientras escucho a Eliza hablar—. El señor Cordoban debió tener muy seguro que lograría traerla aquí, porque hace meses que estamos en esta mansión. —¿Y siempre supieron que me esperaban a mí, o al principio era alguien más? —Siempre fue usted. Quiero llorar, gritar de la desesperación y tirar todo al suelo. Pero sobre todo quiero huir lejos y que jamás Sirius vuelva a saber de mí. Me pongo en pie y me precipito al balcón. Intento abrirlo, pero este está cerrado, así que me derrumbo ahí, delante de ellas. Se que no es su culpa, pero de alguna manera saber que ellas me conocían antes de llegar me hace también odiarlas. Entonces lo recuerdo. Sirius usó esa gota de amor que tenía por lo único que quedaba vivo de mi familia para hacerme seguirlo. —Sirius... ¿En realidad él mata personas? Por el reflejo del cristal veo a Eliza y a Tutele intercambiar miradas. Eso me lo confirma, así que en realidad es un Don de la Cosa Nostra y yo simplemente soy parte de sus sucias fantasías que cumple en esta ciudad. —Pero no se preocupe, señorita. A usted no va a matarla. —¿Por qué estas tan segura? —pregunto, recordando el odio que vi en sus ojos mientras me asfixiaba. —Duró meses atrayéndola, no creo que le aburra tan fácil. Aburrirle. Así que por eso somos sus muñecas, porque un día puede despertar, dejar de usar una y querer otra. —Lo odio —susurro—. Voy a matarlo. —Señorita, hay micrófonos —Tutele me advierte, pero realmente no me importa. Si antes mis posibilidades de salir eran de un diez por ciento, ahora han bajado a cero de golpe. Me pongo de pie y me encierro en el baño. Estiro mis músculos y empiezo a hacer flexiones. Tal vez no salga con vida de aquí, pero tú tampoco lo harás. · • · —Así que vas a matarme. La noche llegó lento. Entre ejercitarme y maldecir a Sirius el tiempo parecía ralentizarse cada vez más, pero finalmente el sol se ocultó. Al momento de cenar no llegó la cena, así que Tutele estaba histérica. Supongo que de alguna forma Eliza y yo sabíamos que lo que pasaba era la causa de nuestras palabras, así que mantuvimos la calma hasta que las puertas de la habitación se abrieron y entro Sirius, pero esta vez solo. Tutele y Eliza se pusieron de pie en un salto, hicieron una reverencia y huyeron despavoridas cuando Sirius les ordenó marcharse. En cambio, yo me qué en el suelo, tirada y adolorida. Sirius cerró las puertas tras sus espaldas y las bloqueó desde dentro. Entonces se acercó a la cama, se sentó frente a mí y me mostró un teléfono con una grabación en pantalla. No había que tener mucha imaginación para saber qué tenía la grabación. —Así que vas a matarme. No hay respuesta de mi parte. Estoy harta de él. Pienso mantenerme en silencio y sin reaccionar a nada de lo que diga, hasta que de repente saca una pistola de detrás de su espalda y la tira la suelo, justo al lado de donde me encuentro. —Entonces adelante. Dispara. • · • · •
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