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Ya ni siquiera sé cuántos días han pasado después de aquel castigo con los látigos. Desde entonces no he vuelto a estar en presencia de Sirius Cordoban, y él tampoco ha hecho mucho para traerme ante él.
En el calabozo solo llega una comida al día, y a veces está tan dura o echada a perder que simplemente es imposible para mí comerla. Como consecuencia he bajado tanto de peso que se me ven prácticamente todos los huesos.
Me siento en la celda fría, apenas cubierta por una vieja bata que me suministraron los carceleros. Con ella apenas puedo pasar las noches frías en este lugar.
Maldigo todos los días al mal nacido de Sirius, pero no puedo hacer mucho más por ahora. Estoy moribunda, sucia y hambrienta, y seguramente tenga que comer lo que sea que me echen al anochecer, aunque esté echada a perder, para poder sobrevivir.
El sonido de la puerta siendo abierta me alerta de que aquel silencioso chico que tiene como encargo echarme las sobras ya ha llegado, pero esta vez, a diferencia de sus apenas perceptibles pasos, el sonido de un tacón contra el piso de cemento suena. También escucho un particular sonido tintineante, como el de unas cadenas, así que por el susto logro levantarme del suelo y sentarme en el lugar más oscuro de la celda.
Tengo miedo, debo admitirlo, pero de nada me servirá ahora temer. Debo ser fuerte por mi venganza. Debo ser fuerte por mí.
Finalmente aquel personaje de zapatos de tacón bajo llega hasta mí. Por la contraluz no puedo ver su rostro, pero aquella figura solo la tiene un hombre en toda la tierra: Sirius Cordoban.
—Déjame —susurro, siguiendo con aquel plan de lucir inofensiva—. Déjame y vete.
Sirius usa las llaves que tenía en la mano (y razón del tintineo) para abrir la celda, cuando entra, se agacha frente a mí y me evalúa con la mirada. Un vistazo rápido le basta para darse cuenta de que estoy hecha mierda.
—¿Ahora sí vas a decirme quién te dio comida?
Niego, una lágrima falsa rodando por mi mejilla.
—No comí nada, lo juro.
Miento, pero lo hago bien, después de todo aprendí del mejor.
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Años atrás mis padres habían perdido su pequeño negocio textil familiar ante nuevas fábricas y negocios de mayor alcance. La comida era escasa y ese año tuvimos que ir a escuelas públicas sin tener nada en el estómago, solo para descubrir que al regresar tampoco había nada que comer.
Fueron días duros, sí, pero la gota que rebosó el vaso fue haber visto a mi madre caer enferma y no poder mejorar fue de las peores cosas que vi. Estaba raquítica, prácticamente solo huesos y piel, con un color grisáceo sobre esta que la hacía ver aún peor.
Solo tenía siete años cuando vi a mi padre mentir por primera vez. Se vistió bien y me llevó a un gran casino. Vi el dinero de las medicinas de mamá en la mesa, convertidos en monedas. Él habló de grandes inversiones en minas de diamante y oro, pero que aún era secreto, así que nadie podía meter dinero en aquel negocio aún.
Nadie en la mesa pareció realmente interesado, así que nos fuimos a casa sin una sola moneda. Nuestra suerte cambió cuando un señor de gran edad se acercó a nosotros entre las sombras de la noche con una fuerte suma de dinero en un maletín. Quería acciones en aquellas minas secretas y mi padre se lo prometió.
Durante años supe que no era el mejor hombre del mundo, pero sé que al fin y al cabo hizo lo que pudo para sacar a su esposa y a sus dos hijas pequeñas a flote. Y lo logró. Consiguió de alguna manera engañar a tantas personas que la idea de minas de diamantes y oro se volvió realidad gracias a sus contactos y finalmente estuvimos en paz... Al menos antes de la muerte de mis padres.
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Sirius alarga su mano y toca mi mejilla suavemente. Parece creerme, por un momento lo creo así, hasta que se aparta de mí. Parece no confiar del todo.
Sé que si lo presiono solo conseguiré que dude aún más, así que mejor opto por abrazar mis rodillas y bajar la mirada. Eventualmente él empieza a ceder. Vuelve a agacharse ante mí, y esta vez me tiende la mano.
—¿Puedes ponerte en pie por ti misma?
Niego, usando aquella mirada con los ojos llorosos para enredarlo aún más.
Sirius duda antes de él tocar con sus manos limpias toda la mierda que me he vuelto en estos días. Me levanta con facilidad, y ayudándome a apoyarme en él, me guía por todo el sótano hasta sacarme de aquel lugar maldito.
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Eliza y Tutele se encargan de mi cuando soy de vuelta a mi habitación. Casi lloran al ver en el estado que he llegado, pero pensar que eso me deprimirá más las retiene. Lo que ellas no saben es que mis lágrimas son falsas, al igual que ese sentimiento de tristeza y miedo. Lo que siento no tiene nada que ver con ello.
Siento odio, rencor y un desprecio desde el fondo de mi corazón respecto a Sirius Cordoban. Tanto que estoy dispuesta a eliminarlo. Solo debo esperar un poco más... Un poco más y él estará muerto y yo habré obtenido mi perfecta venganza.
Así empiezan a pasar mis días, recuperándome de aquellos días tortuosos en el calabozo y aprovechando mis noches a solas en el baño para ejercitar mi cuerpo. Sé muy bien que mi meta no se llevará a cabo si no me hago más fuerte física y mentalmente.
Un golpecito en la ventana me hace levantar la mirada de golpe. Ya son altas horas de la noche. Me preparaba para dormir luego de una intensa sección de ejercicios para fortalecer mí, por ahora, débil cuerpo.
Me levanto de la cama y con sigilo miro entre las cortinas el exterior. No parece haber nadie hasta que, de entre las sombras emerge aquel hombre asquerosamente parecido a su padre. Miro a su alrededor, buscando personas que lo puedan ver, y al no encontrar a nadie, vuelve a tirar una piedrecilla.
No debería salir con él, pues la última vez que lo hice duré casi dos semanas encerrada en un sótano, pero la idea de que pueda ser un aliado sigue molestándome. Finalmente me decido a salir, de todos modos, si es un aliado está bien, pero si es un enemigo, conocerlo será necesario para destruirlo.
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