•· Capítulo 7 ·•

1003 Palabras
• · • · • Hace veinte años. Mansión Cordoban, Italia. El cuerpo sin vida de Sonia se hallaba en el suelo. Sirius Cordoban acababa de tomar otra víctima luego de un ataque de ira tan grande que por un momento olvidó que aquella delicada pelinegra era su esposa. Delante de él y un poco más allá del cuerpo, el hijo de Sonia miraba horrorizado la escena. El charco de sangre se extendía hasta cubrir parte de la sala, y seguramente hubiera llegado a ensuciar más si no hubiera sido por aquella alfombra de un horroroso color marrón sucio que unos años atrás Sonia había convencido a Sirius de que pusiera. Sirius Cordoban soltó aquella estatuilla de oro, causando que, al chocar con el suelo, el estruendo fuera uno que te ponía los pelos de punta. Miró a su hijo. Estaba quieto, aun mirando a su madre, pero cuando lo miró supo que tendría que encargarse de él antes de que crezca y se vuelva fuerte. · • · Punto de vista de Sirius Cordoban. La maldición tocó la puerta a mi hogar natal cuando iba a la secundaria. Las pandillas estaban en pleno auge en España en ese entonces, así que me fue muy fácil formar parte de una. Padres divorciados, hijo único y un deseo de poder que no parecía saciarse con nada. Para cuando estaba en último año de bachiller, estaba metido en tantos líos con la policía, que mi padre me envío con mi familia materna a Italia. Ya tenía la experiencia de España, así que volverme un cabecilla en las bandas callejeras se hizo fácil. Pero yo deseaba más. Deseaba aquel poder que se le otorgaba al que estaba en la punta de la pirámide de la mafia siciliana, y lo conseguiría como fuera. Así fue como empecé a deshacerme de todos, hasta que llegué al punto más alto, donde todos se veían diminutos ante mi reinado, y donde cometí mi mayor error. · • · Ezra estaba estudiando en el extranjero cuando llegaba de una reunión en la que me hablaron de cierto estafador que se había hecho rico engañando a varios de mis subordinados con un cuento de minas de diamantes y oro. No me interesó en lo más mínimo en un principio. Ni siquiera cuando lo vi en persona y descubrí lo bueno que era mintiendo. Ni siquiera cuando trató de engañarme a mí también. Ni siquiera cuando supe que podría sacarlo de mi camino con una facilidad increíble... De hecho, solo me importó cuando, investigando para hacerlo sufrir como mejor sé hacerlo, la vi a ella por primera vez. No había visto a ninguna mujer jamás que me hubiera atraído tanto con solo verla. No eran sus ojos o su cabello, era toda ella. Y así mismo la quise para mí, pero resultó que aquel estafador no era tan inofensivo como parecía. El muy maldito tenía contactos poderosos con otras mafias extranjeras que lo cuidaban. Intenté tomarla por las buenas varias veces, pero todas mis ofertas eran rechazadas solo cuando mencionaba que lo que deseaba era a su hija más pequeña. Amanda. Investigando me di cuenta de que no era su verdadero nombre, de hecho, ni siquiera Wayne era su verdadero apellido. Saber eso solo hizo crecer en mi esa curiosidad hacia ella. Cursaba alguna carrera aburrida en la universidad, así que fue muy fácil separarla de sus padres el día que decidí sacarlos de mi camino. La tendría, así tuviera que eliminar a todo el mundo de mi camino para tomarla. Afortunadamente, luego de aquella terrible noticia de la muerte de los grandes empresarios Wayne, sus contactos extranjeros se alejaron de sus hijas y yo pude poner mis garras sobre ella. —Quiero que me pagues —repito. Amanda. Dulce e inocente Amanda. Ella me mira sin saber qué decir. No hay un acuerdo de pago o una hoja de préstamos, pero para ella esa mentira de la deuda de su padre es tan real como yo mismo. Y así lo tiene que creer hasta que consiga tenerla. —No tengo nada. Cuando mis padres murieron... —su voz se quiebra. Mira hacia otro lado para que no vea sus ojos rojizos por el llanto y niega—. No puedo pagarle. Fue la primera vez que nos vimos. De cerca era incluso más deslumbrante que verla desde mi auto del otro lado de la calle o en fotos tomadas a diario. Se veía tan indefensa que quise proponerle aquel macabro trato desde ese momento, pero eso no serviría. Lo sabía. Entonces recordé en uno de nuestros siguientes encuentros aquella hermana ruidosa y poco delicada que tenía Amanda. No era capaz de recordar su nombre y su cara era lo suficientemente corriente como para olvidarla, pero lo que si recordaba era la forma horrible en la que murió junto a su cobarde esposo. Quise, en ese momento justo, llevármela conmigo, pero entonces aquella maldita señal apareció ante mis ojos. Era la señal usada única y exclusivamente para anunciar que Ezra ha vuelto a la ciudad. Abandoné mi plan por semanas, hasta que me di cuenta de que no me serviría esconder mi interés por Amanda. No con Ezra. Es tan malditamente inteligente que supo en un instante que algo me interesaba lo suficiente como para no haberlo enviado a matar durante un par de meses. Y una vez que creí que era por fin mía, que la doblegaría ante mi para que nunca pudiera siquiera pensar en abandonarme, llegó mi mayor error. La razón por la cual había empezado a cuidarme las espaldas el doble. La razón por la que tuve que unirme al bajo mundo de España para mantenerme informado de sus movimientos y así que jamás pudiera sorprenderme y tenderme una trampa. Ezra Cordoban, el fruto de una mujer que amé, pero quizás no lo suficiente para perdonarle la vida. Ezra Cordoban, em mismo que me prometió mirándome a los ojos, que algún día se vengaría. • · • · •
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