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Abro la puerta con cuidado de no hacer mucho ruido. Las piedrecillas han dejado de chocar con el cristal de mi balcón y ya no diviso a nadie en los alrededores. Me inclino sobre el balcón para ver si logro divisar algo, pero no hay nadie. Es como si él simplemente hubiera desaparecido. Pronto me doy cuenta de que hay una figura subiendo a mi balcón. Intento gritar, pero antes de poder hacerlo, él me toma de la cintura y me tapa la boca, inmovilizándose contra su cuerpo.
—Shh —él me silencia. Veo su sombra mirar hacia los lados, y cuando no ve a nadie, me arrastra dentro de la habitación donde por fin me suelta—. Lamento la brusquedad, pero no quería que nos escucharan.
La situación parece irreal. Ezra Cordoban se acaba de colar en mi habitación por... Cierto, aún no lo sé, así que será mejor averiguarlo.
—¿Qué haces aquí?
Ezra mira a los lados brevemente y luego se encoge de hombros, restándole importancia al asunto.
—Vine a ver cómo estabas.
Sí, eso es extraño. Un hombre al que acabo de conocer se mete en mi habitación para ver cómo estoy. Suena aún peor cuando añades a la ecuación que su padre me mantiene cautiva como una esclava s****l.
—Bueno, ya viste que estoy viva.
Ezra me mira más detenidamente. Sé que estará pensando en la situación deprimente en la que me dejó luego de ayudarme a desinfectar las heridas de mi espalda, pero ahora debe estar seguro de que algo ha cambiado. Lo sé porque incluso yo me siento mejor sabiendo que algún día obtendré mi venganza.
—Me alegro por eso. ¿Qué tal la comida? ¿Comiste algo siquiera?
—Cené hace poco —respondo tajante.
¿Qué tanto quiere saber un desconocido sobre mí? ¿Qué tanto podría importarle? Esa es la principal razón por la que dudo de sus intenciones. ¿Qué es lo que realmente quiere él de mí?
—Ya que obtuviste las respuestas que querías, ya te puedes...
Su toque delicado en mi barbilla me detiene. La roza suavemente alejada del área afectada y magullada, como si temiera causarme más daño de lo que su padre ha hecho.
—¿Qué estás haciendo?
Cuando se da cuenta de lo cerca que está y de lo íntimo que es su toque, se aleja de mí y con una mirada me pide disculpas. Luego, con sumo cuidado, saca algo de su bolsillo que no logro reconocer al principio, así que me acerco. Me acerco más y más, hasta que aquel pedazo de papel maltratado es reconocido por mí como una foto familiar que nos tomamos en nuestras vacaciones pocos meses antes de la muerte de mis padres.
Me acerco más para poder tomar aquel trozo de recuerdo deshecho de su mano y volver a tenerlo en la mía. Porque yo cargaba con esa foto el día en que Sirius me interceptó en aquel vagón de tren.
La miro y antes de poder darme cuenta, ya tengo los ojos llenos de lágrimas. Empiezo a llorar, mojando mis mejillas y provocando que todos esos pequeños raspones que tengo en el rostro ardan, cuando una mano cálida pasa por mis mejillas, secándomelas.
—¿Dónde la conseguiste? —pregunto, alzando la mirada.
—Fue casualidad. Como te dije antes, le guardo mucho rencor a mi padre, así que en cuanto me enteré de que había empezado con su deplorable costumbre de cazar jovencitas, supe que tenía que hacer algo más que intervenir desde la distancia. Solo fue cuestión de suerte que encontrara tus pertenencias a punto de ser desechadas.
—¿Y pudiste rescatar algo más? —pregunto, sumamente ilusionada.
Él niega. —No. Lo siento por eso.
—Tranquilo, de alguna forma ya me había mentalizado a haberlo perdido todo, así que esto es un logro para mí.
Por primera vez desde que nos hemos estado viendo, Ezra sonríe de una manera tranquilizadora y cálida, reconfortándome enormemente.
—Me alegra haberte ayudado en algo.
Ezra se gira sobre sus pies, y sé que seguramente se terminará por ir, así que como si fuera un reflejo, me veo deteniéndolo antes de que se acerque más al balcón.
—¿Qué pasa? —él me mira extrañado.
Hace poco parecía una fuerza contra él, pero ahora simplemente soy un cordero manso.
—Lamento mucho lo de antes.
—Está bien. Es mejor que estés a la defensiva en esta mansión —Ezra dice con un tono misterioso mientras se inclina ligeramente hacia mí—. Aquí no te puedes fiar de nada ni de nadie.
Parpadeo dos veces, confundida, pero antes de que tenga oportunidad de entender qué está pasando o de preguntarle a qué se refiere, él vuelve al balcón. Lo sigo de cerca y lo veo subirse en el alféizar antes de saltar al vacío. Al mirar hacia el suelo, lo veo usando la estructura irregular de la mansión para poder bajar hasta el jardín seguro.
Sé que él es hijo de esa abominación de hombre, pero su historia me conmovió y sus acciones lo dejan claro. Tiene un sueño de venganza, al igual que yo, eso es seguro. De igual forma mantendré mis muros altos, cosa que cualquier explosión cerca de ellos no me haga daño.
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Eliza y Tutele me admiran ducharme, cambiarme, peinarme y comer sola incluso después de la tortura a la que sobreviví.
—Yo la admiro mucho —dice Tutele muy sorprendida—. Me parece muy espectacular lo fuerte que es.
Meto una cucharada más a mi boca antes de sonreír, halagada por sus palabras. Eliza y Tutele no hacen más que mimarme desde que volví. Baños de burbujas, masajes, mascarillas y manicura y pedicura. Se esmeran en que me vuelva a sentir cómoda aquí, lo que ellas no saben es que incluso en esa celda, si las tengo a ellas, estaré bien.
Eso me hace recordar todo lo que perdí. Amigos, familia, placeres de la vida... Todo lo que alguna vez fue mi lugar seguro ahora era solo una razón que alimentaba mis ganas de venganza. Y para vengarte, necesitas empezar tomando poco a poco el control de la situación, porque no hay mejor manera de destruir a un adicto al poder que al fin de cuentas no tiene poder.
Así que esta noche, aprovechando que es noche libre para nosotras, pues casi todas están menstruando, visto mi mejor vestido, mi mejor maquillaje y mi mejor porte dispuesta a enredar tanto a Sirius Cordoban que solo le quede verse siendo asfixiado por mí mientras sufre en silencio por todos sus pecados.
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