•· Capítulo 9 ·•

1161 Palabras
• · • · • —¿Que quiere hacer qué cosa? Antes de que haya podido salir a hurtadillas de mi habitación, Eliza y Tutele me sorprendieron a mitad de camino y me obligaron a volver sobre mis pasos hasta explicar mi (no tan disparatado) plan. —Últimamente no he hecho lo mejor para ganarme el favor de Sirius, así que pensé en aprovechar esta oportunidad y acercarme un poco a él. Eliza y Tutele se miran mientras parecen estar una más escandalizada que la otra. Para ellas lo más probable es que debo estar loca después de todo lo que Sirius me ha hecho pasar y, de hecho, de no ser por mi plan, también me parearía una locura querer verlo o yo ser la que lo busque. Pero como dije antes, es necesario acercarme o jamás podré encontrar su punto débil. —Señorita, no creo que eso sea posible. —¿Acaso no se ha hecho antes o simplemente no está permitido? —No, no es eso —Tutele niega fuertemente con su cabeza—. Pero no pensé que quisiera acercársele después de lo que pasó antes. Y no quiero, pero es la única manera de sobrevivir hasta poder matarlo. —Lo sé, pero necesito de su favor, ¿no es así? Eliza me mira con pena. Sé lo que debe estar pensando, y es lo que cualquiera pensaría en esta situación si no saben lo que tengo en mente. Pero como no puedo contárselo, será inútil intentar que me entiendan. —Señorita, por favor piénselo bien. —Estaré bien, lo prometo. Solo llévenme a su puerta. —Pero le advierto que aun si no es prohibido, no es fácil entrar. Cuando lleguemos su nombre será anunciado al señor Cordobán a través de las puertas, pero si él no quiere abrirte no valdrá la pena que hayas ido hasta allá. Trago grueso. Esto no será tan sencillo como pensaba. De hecho, pensar que sería sencillo fue mi primer error. —¿Por lo general suele abrir las puertas? —pregunto, temerosa de la respuesta. —No, solo lo ha hecho una vez. Él es quien las manda a llamar cuando necesita sexo. —Ya veo. Entonces seré insistente. —Señorita, por favor piénselo bien —Tutele repite las mismas palabras de antes—. Si no ha sido bueno con usted cuando está de buenas, si no la manda a llamar y está de malas será peor. —Oí en la tarde que a mis acompañantes las tratan igual que a mí y de mi depende que coman bien —ignoro la preocupación de la chica. —Eso no es tan importante como usted, señorita —interviene Eliza—. Apenas ya no se le ven los moretones y sus heridas empiezan a cicatrizar. No puede echarse a las fauces del lobo. —¿Sugieres que no haga nada por nuestra situación. —No es eso —nos interrumpe Tutele—. Solo decimos que espere un poquito más. —Se me está acabando el tiempo —digo con miedo a que su obsesión por mí se acabe. Si eso llega a pasar... Si de repente no despierto ese interés enfermizo más en él... Ahí se acabaría mi juego y perdería todas mis cartas. · • · Caminar hasta su habitación me pesa. Siento un fuerte deseo de devolverme y acabar con este miedo, pero no puedo. Mi padre... Me detengo en seco. ¿Solo lo tengo a él, acaso? ¿Todo este tiempo solo fue él en mi vida? Mi madre no estaba cuando él murió en aquel accidente y mi hermana desapareció, huyendo de esta deuda y dejándome sola. Reanudo la caminata cuando uno de los guardias de Sirius me da un fuerte empujón para que siga. Los pasillos se me hacen cortos y antes de poder terminar de digerir lo que estoy a punto de hacer, me detengo en seco. La puerta está ante mí. La última vez que la vi me sacaron directamente al calabozo, pero ¿terminaré así esta vez también? —Señor Cordoban, Amanda Wayne ha venido a verlo. La tensión se siente en el aire. Ninguno de los guardias vuelve a hablar, incluso entre ellos mantienen un silencio filoso que amenaza con dejarme morir de miedo. Intento parecer fuerte y dejar mi vista en la puerta de madera oscura que se alza ante mí, imponente, pero mi mente empieza a jugarme una mala pasada y pronto me encuentro sudando. Por el rabillo del ojo noto movimiento y por pura curiosidad llevo mi vista allí solo para encontrar un grupo grande de mujeres que me mira con desprecio desde aquel lugar apartado en el pasillo. Por sus batas de tela fina y su pieles cuidadas y deslumbrantes dejan bastante claro que probablemente sean las mujeres favoritas de Sirius Cordoban. Ellas murmuran entre ellas, con lo que parecen molestia, pero finalmente sonríen. —No va a abrirte. Eres la escoria más baja entre las escorias de esta mansión. —No le hables, Nina, o el señor Cordoban también sentirá asco por ti. Y a eso le sigue una lluvia de risas. Eso me deja en claro que mi mayor enemigo podría ser Sirius, pero que ellas tampoco son inofensivas. No respondo y miro al frente. Tengo miedo, eso es claro, pero de nada servirá temer en este momento. Ya estoy aquí, solo debo luchar. Así que doy un paso adelante y luego otro. Los guardias no me detienen, así que lo hago, llego hasta el frente de la puerta y toco usando mi puño y con todas mis fuerzas, causando un sonido que se desplaza rápidamente por todo el lugar. Ya no hay risas, cuchicheos o murmullos. Ni siquiera escucho la respiración de los guardias ahora, solo soy yo contra el silencio de Sirius. —No me trajiste aquí y te tomaste tantas molestias en hacerlo solo para mantenerme encerrada en una habitación, Sirius. Abre la puerta y dame la cara. Su silencio es como una bofetada a mi rostro que me obliga a retroceder, entonces recuerdo lo que me dijeron Eliza y Tutele antes de salir de mi habitación. "No trabajaba para él en ese entonces, y tampoco era esta mansión la que él usaba, pero a la única mujer que él dejó entrar a sus aposentos cuando no la llamó fue a una mujer llamada Iliana. Ella...salió casi muerta de allí”.  Entonces me arrepiento y doy un paso atrás. De repente quiero huir y hacer otro plan en vez de seguir este, llama más mi atención. Retrocedo y me giro, intentando salir de aquí lo más pronto posible, cuando un chirrido me detiene. No, no es cierto. Él no... Él no abrió la puerta. —Amanda —parece saborear mi nombre. Miro sobre mi hombro solo para ver una mirada perversa en sus ojos—. Convénceme en un minuto de dejarte vivir. • · • · •
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