Al llegar a la habitación de la niña encontró a Elena caminando descalza de un lado a otro. Acunaba a la bebé entre sus brazos. Su mujer llevaba puesto un vestido largo, de tela vaporosa y semitrasparente, por el que se le podía divisar una ropa interior oscura y las deliciosas curvas de su cuerpo generoso y exuberante. Como él la había imaginado, ella llevaba su extensa cabellera suelta y despeinada, meciéndose sobre su espalda al compás de sus pasos hasta tocarle la cintura. No pudo evitar repasarla de pies a cabeza, con hambre, mientras su deseo bullía en su interior. Al girarse hacia él, Elena apretó el entrecejo. —¿No ibas a llegar en pocos minutos? —se quejó, sin dejar de zarandear a la bebé para que parara el llanto. Iván dibujó una sonrisa torcida en su rostro, como la de un

