Le soltó una mano para asirla por la cintura y la elevó del suelo para alcanzar con facilidad su boca. Caminó un par de pasos hasta llegar a la cama, pero antes de echarla en el colchón le quitó el vestido, despacio, aprovechando para acariciar el cuerpo de su esposa y generar una fricción estremecedora con ayuda del calor que desprendían sus palmas y la tela de la prenda. Rodeó el cuello de Elena con sus manos y le alzó la cabeza para degustarse con el sabor de sus labios mientras la acostaba. Le quitó el sujetador con premura, pudiendo tener a su disposición los picos erectos de sus senos, que chupó a placer. Ella se revolvió sobre las sábanas como una gatita consentida. Se arqueaba pidiendo más, exigencias que él estaba encantado de hacer cumplir. Con ansia Iván recorrió el cuer

