Las puertas del aeropuerto de Barajas se abren, dejando salir a los pasajeros del vuelo londinense que llegó hace una hora. La gran mayoría eran turistas, buscando conocer otra cultura y disfrutar. Luego estaba yo, mudándome porque acabo de terminar un postgrado y una relación amorosa.
Amélie Dunne Padilla, así me llamo. Nací el 17 de diciembre de 1994 en Londres, Inglaterra. Acabo de recibir un Doctorado en Periodismo en la London School of Economics o LSE, una de las mejores universidades de todo el mundo en cuanto a Ciencias Sociales.
Mi segundo apellido es español porque mi mamá, Natalia, nació en Madrid, pero fue a la universidad en Londres donde conoció a mi papá, Harry, quién era y es amante de la cultura española. Tanto así, que crecí hablando español en casa, a pesar de vivir toda mi vida en la nublada ciudad londinense.
Desde pequeña supe que iba a ser periodista, era el destino. Leía todo lo que podía leer, hablaba sin parar y me encantaba escribir. Soy determinada en lo que quiero y eso hizo que, a pesar de mis cortos veintitrés, pueda decir que tengo un Doctorado en mis manos.
Pero tampoco crean que no tuve tiempo para divertirme entre tantos estudios. Todo lo contrario, me encanta salir de fiesta y estar con un chico cuando tengo ganas, aunque así fue que conocí a la persona que me hizo dejar Londres.
¿Saben lo que dicen de los futbolistas, verdad? Mujeriegos y sin corazón, bueno, yo me tuve que enamorar de un bendito futbolista y uno muy bueno. Bamidele Alli, mejor conocido como Dele Alli. Nos conocimos hace dos años en una discoteca exclusiva de Londres, a la cual mis compañeras de clases me arrastraron, porque yo estaba estudiando para un examen ese di.
Resultó ser la mejor noche de mi vida, o eso pensaba hasta hace unas horas. Se suponía que mi "novio" iba a llevarme al aeropuerto, pero mientras yo esperaba que llegara, él estaba tomándose un café con una de mis mejores amigas. "Tomando café" ¡JÁ!
Escucho a la gente murmurar, mientras busco con la mirada a mi familia y me detengo cuando veo la cabellera rubia de mi hermana. Aunque llevo dos maletas pesadas, salgo corriendo como si estuviera compitiendo contra Usain Bolt. No veo a mi familia desde hace un año.
—¡Yuju! —grito cuando llego a donde estaban. Mi familia chilla de sorpresa y nos unimos en una piña. El "yuju" es la manera de llamar la atención de la Familia Dunne.
—¡Elie! —exclama Sophia, mi pequeña hermana de veinte años—. ¡Te extrañé!
—Podemos dejar de gritar, please —mis padres ríen y me envuelven en sus brazos de nuevo—. ¡Los extrañé demasiado!
—Pensé que no íbamos a gritar más —murmura la rubia. Despeino su cabello y me rio, mientras se lo acomoda—. Ya no hagas eso, sólo eres mayor por cuatro años.
—Quiero a mi pequeña Sophi de vuelta —mamá se ríe y empezamos a caminar a la salida.
Mientras vamos al estacionamiento, me preguntan como estuvo mi vuelo y como fue trabajar para el tabloide más famoso del Reino Unido, The Sun.
Era la más joven trabajando en el diario y la encargada de la sección de Deportes. Durante el año que estuve trabajando, las visitas en la parte deportiva del periódico subieron como espuma, cosa que me hizo sentir muy orgullosa de mi misma. Renuncié ayer con el pesar de mi alma, pero le había prometido a mis padres ir a Madrid al terminar mi Doctorado y promesa es promesa.
Papá me regaña, porque al parecer, estaba más rubia, pero nunca he teñido mi cabello. Sophia también se une a los quejidos de mi padre por ya no ser rubia natural, según ellos.
—Les digo por quinta vez que no me he teñido el cabello, j***r.
—El vocabulario, sweetie (cielo, querida, cariño) —se queja mamá, mirándome por el retrovisor. Mi hermana ríe y se gana una mirada asesina de mi parte.
—Sorry, mum (Lo siento, mami)
—Se me había olvidado preguntarte por Dele, ¿cómo está ese guapo? —Sophia vuelve a reír, llevándose un codazo en las costillas. Es la única que sabe que cortamos.
—Sí, Amélie, queremos saber de Dele —bromea mi hermana y de esta no sale viva.
—Mami y papi... —susurro preparada para soltar la bomba—. Dele y yo terminamos.
—Ya sabíamos que algo había pasado, porque tu hermana nos dijo que tenías que decirnos algo, pero no habló más —añade papá, sin dejar de mirar el camino con el ceño fruncido.
—Boca chancla —modulo hacia a mi hermana, quién estaba teniendo un ataque de risa—. Se estuvo viendo con una de mis amigas. ¿Ruby? No sé si la recuerdan.
Ruedo los ojos al recordar las imágenes que llegaron a mi correo hace dos días. Ellos pensaban que no me daría cuenta, cuando trabajo en la industria donde todo sale a luz en algún momento.
—No quiero hablar de él, ni de ella, ni de lo que pasó, nada que tenga que ver con el fútbol y me recuerde a él. Gracias y buenas noches.
—¡No digas eso, Elie! —exclama papá, asustándome—. En esta familia se ama el fútbol y aunque no seas del Atleti como nosotros, te tiene que gustar el fútbol.
—Sabes que no soy del Atleti, porque tengo que ser parcial —repito lo que vengo diciendo por mucho tiempo, creo que fueron mis primeras palabras.
—¡Elie, estamos llegando! —mi hermana cambia la conversación y descubro cierta emoción en sus ojos, ya que viviremos juntas luego de cinco años separadas.
Mi familia se mudó a Madrid cuando comencé la universidad y no había razón para dejarlo todo, porque ya yo tenía planeado que iba a hacer con mi vida y eso tenía que ser Londres. Todos los diciembres de los siguientes cinco años, nos volvíamos a ver y en algunas que otras excepciones durante el año.
Papá consiguió hacerse un nombre en un famoso bufete de abogados, Sophia estaba haciendo las prácticas de fisioterapia en su equipo favorito y mamá se encargaba de mantener a todos con los pies en la tierra, aunque puede ejercer tranquilamente su título en Letras si quisiera.
—¡Este es tu nuevo hogar! —me informa mi madre, mientras entrábamos en una urbanización llena de árboles—. Esto es La Finca y es una de las urbanizaciones más seguras de Europa.
—Aquí viven los pijos —canturrea Sophia—. Gente famosa y con dinero, obvio. La verdad es que no sé que hacemos aquí, familia.
—¿Qué?
—Ya sé que tenemos pavos también, pero a dónde voy en este lugar me encuentro con alguien famoso —nuestros padres la siguen mirando raro e intento aguantar las ganas de reír—. Lo siento, he tomado café y saben que se me va la olla.
Mis ojos viajan por el color vibrante que tienen los zonas verdes que adornan la urbanización en Pozuelo. Las casas eran todas parecidas, pero cada una tenían cierta distinción. El coche se detiene cuando entramos en el garage de, si no me equivoco, la casa de mis padres, porque es gigantesca como para ser de Sophia.
Esta era completamente blanca y tenía ventanales de cristal que adornaban toda la casa. Muero por ver el interior de esta hermosura.
—Hermanita, bienvenida a mi casa, nuestra casa a partir de hoy —dice mi hermana, abrazándome por detrás. Vale, no es la casa de mis padres.
Mis padres me ayudan a bajar mis cosas y luego nos dejan solas, para que mi hermana me de un tour por la casa. Los Dunne viven al frente de nosotras.
Grandes muebles y objetos modernos llenan el interior de la casa. Sophia me enseña todo, hasta llegar a mi habitación, que estaba al frente de la de ella, en donde me deja sola y con mucho espacio para llenar, dudo que lo haga.
La cama era king size y habían tres puertas; una para entrar, la del baño (que tenía una preciosa bañera) y la de un gran vestidor, donde mi ropa entrará cómodamente.
Unos grandes ventanales cubren el lado derecho de la habitación y abro la cristalera para ver el balcón, un lugar perfecto para leer o escribir. Alzo la mirada y me doy cuenta de que mi balcón da con el del vecino, que parece ser un chico.
—¡Elie! ¡Baja para desayunar! —los gritos de mi hermana hacen que suelte una maldición y salga de mi cotilleo.
Antes de cerrar la cristalera, vuelvo a mirar al balcón y veo a un rubio hablando por llamada. Este lucía muy molesto, así que me apresuro en dejar todo como estaba y bajar antes de que me descubra.
Amélie, eres la peor cotilleando.