El fuego pasional se desató nuevamente esa noche en la habitación principal del caserón. Esta vez fue Amanda quien buscó el cuerpo de Rodrigo, deseosa de saciar el profundo deseo que le provocaba.
Fue durante un momento en que abrió los ojos y lo vio junto a él. Se maravilló ante la belleza de ese hombre que esa noche compartía el lecho junto a ella. Recorrió con su mirada cada parte de su cuerpo que le fascinaba. Sus pectorales, sus brazos fuertes y su abdomen perfecto.
Pero por sobre todo amaba ese rostro varonil y expresivo, capaz de reflejar lo mejor de su alma.
— ¡Dios! ¡Qué tonta fui! ¿Cómo haré para sacármelo de la cabeza después de esta noche?— pensó por momentos.
Sin embargo aún no había llegado la mañana. Aún podía volver a unirse a él. Por eso deslizó sus dedos por sus pectorales y se subió sobre él cuando notó que respondía a sus caricias. Acercó sus labios a los suyos y aspiró profundamente para percibir su esencia, antes de prodigarle otro beso profundo y muy sensual.
Después, su lengua recorrió su abdomen, y al llegar al ombligo le profirió un leve mordisco que logró sacudir la calma en la que se había sumido previamente. Acarició nuevamente sus pectorales con sus dedos y después descendió con sus labios por su abdomen hasta llegar más allá de su ombligo.
Ella se deleitó al sentir que su falo se endurecía una vez más y se aseguró de estimularlo lascivamente con sus labios. Ahora Rodrigo comenzaba a jadear mientras dejaba que su cuerpo y sus emociones se liberaran una vez más.
Amanda vio como perdía el control de sus órbitas y siguió acariciándolo juguetonamente. Saber que ahora estaba a su merced contribuyó profundamente a su propia excitación.
Él trató de incorporarse para tomar un condón, pero ella lo empujó suavemente para que permaneciera recostado.
— Descuida, yo me encargo. — dijo, tras lo cual lo tomó de la mesa de luz y lo colocó delicadamente en su sexo.
Entonces comenzó a guiarlo hacia el interior de su cuerpo, con movimientos ondulantes y sensuales. Hasta el momento las manos de Rodrigo se habían posado sobre la cintura de Amanda.
Ella suavemente las elevó hasta sus senos, para sentir sus manos fuertes y firmes sobre su cuerpo mientras retozaba sobre él. Y así el frenesí se prolongó durante minutos que parecían no acabar, hasta que ambos experimentaron otro momento culminante de felicidad.
En ese instante Amanda posó una vez más sus labios sobre los de él, como el cierre perfecto para otro momento de gran intensidad.
Nuevamente se recostó a su lado, le dio la espalda y se quedó dormida. Rodrigo pasó la mano por su cintura, como añorando tenerla consigo un poco más, tras lo cual también cayó rendido en los brazos de Morfeo.
***
Cuando el sol comenzó a asomar por la ventana, Amanda se despertó. Notó que él había cambiado de posición por lo que pudo levantarse del lecho sigilosamente sin despertarlo.
Buscó cada una de sus prendas y se vistió calladamente. Después, de forma silenciosa salió de la habitación y regresó a su cuarto.
Mientras se bañaba conmemoró cada uno de los maravillosos momentos de esa noche. Admitió que algunas cosas se sintieron muy especiales. Como cuando Rodrigo buscó mirarla a los ojos para establecer una conexión emocional. O cuando fue capaz de tomarla de forma diferente haciendo que el encuentro fuese más excitante que nunca.
Todo esto además provocó que fuera ella quien lo buscase para experimentar un profundo placer por tercera vez.
Siembre habían tenido una vida s****l muy agradable. Pero por alguna razón en esa ocasión lo había sentido como una vivencia fuera de lo común, con una intensidad que no recordaba de sus encuentros sexuales previos.
Una intimidad de este tipo debería acercar más a las personas. Sin embargo, su intención al dormir con él había sido todo lo opuesto.
Hacer el amor con Rodrigo había sido maravilloso. Tanto que por momentos se preguntó si eso era señal de que debía volver con él. Pero entendió que un encuentro carnal, no solucionaba los problemas que los habían apartado, ni borrarían el hecho de que la había lastimado.
Se dijo que había sido sólo una loca despedida, que tenía planes con sus amigas y que debía seguir adelante. Por eso se vistió y preparó sus pertenencias para dejar definitivamente ese lugar.
Bajó a la cocina para desayunar. Allí ya estaba Eulalia, quien tenía un pastel de frutillas haciéndose en el horno. Sonrió con un aire travieso al ver a Amanda.
— ¡Buenos días, señorita! ¿Has dormido bien?— la saludo mientras le servía una taza de té y le extendía una bandeja con bizcochos.
—Perfectamente. Gracias, Eulalia.
El ama de llaves se rió pícaramente, se acercó a ella y le susurró.
—Ya lo creo, la cama de Rodrigo siempre ha sido firme y muy cómoda.
Amanda hizo un gesto tratando de comprender.
— Supongo, como todas. — le comentó.
— Sobre todo para experimentar sublimes actos horizontales…— concluyó el ama de llaves.
Esto hizo que la muchacha repentinamente se pusiese colorada. La mujer se explicó:
— Anoche fui hasta tu habitación para avisarte que de cortarse la electricidad por la tormenta, había una linterna en el cajón de la mesa de luz. Al dar un pequeño golpe noté que la puerta estaba entreabierta y me asomé. ¡No estabas! Por momentos me preocupé, ¿dónde podrías haberte metido? Entonces, escuché tus suspiros que venían de la habitación principal — dijo mientras se reía— ¡Pícara, pícara! ¡Mis felicitaciones!
— ¡Ay, Dios! Yo,… yo…—Amanda balbuceaba, no sabía que decir.
—No tienes nada que explicarme querida, ¿acaso crees que yo no he tenido sexo, maravilloso, sensual y explosivo? Si te contara mis encuentros con mi Remigio te pondrías más colorada aún. — dijo mientras se seguía riendo. Podría interpretarse como una burla, pero no lo era. En realidad era de alegría. Eulalia los adoraba a ambos y rogaba al cielo por su reconciliación.
—Ok, entonces no diré nada más— comentó Amanda, mientras rogaba que la tierra la tragase y la arrojara lejos de allí.
—Lo que más me gusta de todo esto es que todo se ha solucionado entre ustedes, ¿verdad?
Amanda sorbió un poco de su té y le dio un mordisco a un bizcocho. Y suspiró ante el entusiasmo de Eulalia.
—Yo sé lo que parece, pero esto no significa nada. Estamos oficialmente divorciados.
—Pero, pero… ¡estuvieron juntos, niña! ¡Escuché tu felicidad brotando, desde el pasillo!
— ¡Baja la voz por favor! ¡Nadie tiene que saber algo tan personal!
— ¡Es que no entiendo!
—Lo que pasó fue sólo una… despedida— respondió a ella en un tono prácticamente susurrante.
El ama de llaves volvió a reír ahora en una forma más bien sarcástica.
— ¿Despedida? ¿Quién quiere decir adiós con semejante despedida?— la mujer terminó dando un suspiro— ¡En fin! ¡Entiéndanse ustedes!— agregó desilusionada.
En tanto, Rodrigo despertó y noto la ausencia de Amanda. Se apresuró a vestirse y se dirigió a su habitación. Ahí pudo comprobar que ya había alistado sus pertenencias para marcharse.
Bajó a la cocina dónde la encontró desayunando.
—Buen día— saludó.
—Buen día— respondió Amanda.
—Es un maravilloso día para desayunar en el jardín. ¿Quieren que instale todo allí?
—No, gracias Eulalia. En realidad me gustaría ir por el coche al pueblo lo antes posible. — dijo Amanda.
—Si, al terminar te llevaré hasta el taller.
—Si quieres puedo ir con Don Remigio.
—Me temo que se les adelantó— avisó Eulalia.
—Lo sé— comentó Rodrigo— fue por un cargamento de forraje.
—De acuerdo, iré contigo entonces.
Conversaron durante un buen rato de cosas triviales y en ningún momento hicieron referencia a lo que había pasado entre ellos durante la noche. Amanda comentó lo entusiasmada que estaba por el viaje que iba a realizar con sus amigas y cómo esperaba divertirse. Ya tenían su lugar reservado en una preciosa playa caribeña.
Eulalia sintió un poco de coraje al verlos ahí como dos necios, separándose, cuando era evidente que deseaban estar juntos. Se imaginó dándoles un tirón de orejas a los dos, para ver si entraban en razón. Sin embargó no pasó de ser más que eso, una pequeña fantasía.
Recordó que eran adultos, y que por más que los amase, debían tomar sus propias decisiones. ¡Era una pena, pero no había nada más que decir o que hacer!
Terminado el desayuno, Amanda fue a buscar sus cosas y pronto estaban en la camioneta de Rodrigo, rumbo al pueblo. Bingo iba con ellos sentado en la parte trasera, disfrutando de la brisa del camino.
Ella miraba pensativa por la ventana y de vez en cuando posaba sus ojos en Rodrigo, cuando este le decía algo. Ahora la asaltaban los recuerdos de los momentos felices que habían vivido juntos. Y no eran sólo los de la noche anterior.
Aún estaba apegada a él, a su calidez humana, y a su maravilloso sentido del humor. Pensar en que ya no lo tendría a su lado comenzaba a angustiarla. Pero ceñida aún más a su testarudez no dijo ni una palabra.
En tanto Rodrigo buscaba en su cabeza las frases adecuadas. Pero incluso con su tradicional elocuencia su mente se había quedado en blanco. Se sintió cómo un idiota, siendo alguien diestro en el diálogo, ¿cómo era posible que no supiera que decir?
Entonces notó cierta inquietud en el perro. Probablemente deseaba hacer sus necesidades, por lo que lo mejor era detenerse unos minutos para que bajase.
Estacionó a la sombra de una arboleda a la vera del camino y dejo que Bingo correteara por un rato. Amanda también descendió para disfrutar de la frescura que proveía ese hermoso día. Tenía el cabello suelto y cerró los ojos mientras el viento lo agitaba.
¡Qué bella qué era! ¿Cómo era posible que ya no la volviera a tener? Rodrigo no pudo contenerse más. Se le aproximó y nuevamente la besó. Amanda le permitió hacerlo durante el tiempo que él quisiera. Si esa era la última vez que sus labios se unían, ese era el mejor momento para que sucediera.
El heredero López Williams renunció a buscar el discurso perfecto y sólo dejó que de su boca brotaran las palabras que estaban encerradas en su corazón.
—Te amo, Amanda. Si me abandonas, seré el hombre más infeliz del mundo. ¡Tienes que darme otra oportunidad!
—Rodrigo, no…— no pudo contestar, él le tapó levemente los labios con sus dedos.
—Sé que te lastimé, y tienes todo el derecho a irte y no regresar nunca más. Pero eso no cambia el hecho de que te amo. Eres la única mujer para mí. Ya estamos divorciados, somos libres para volver a empezar. Te prometo que ahora todo será diferente.
—Rodrigo, para que eso pase tendría que volver a confiar en ti. Y temo que si no funciona el único camino que me quede sea odiarte y no quiero hacerlo.
—Eso no va a pasar.
—Ya te lo he dicho, prefiero que terminemos bien. Un nuevo fracaso podría sacar lo peor de mí. Estaríamos en un camino sin retorno. Así que ahora déjame llegar a mi auto e irme.
— ¿Acaso no sientes esta conexión que tenemos?— preguntó él— ¿Qué hay de lo que sentimos anoche? ¿Te parece que algo así hubiera pasado, si ya no hubiese nada entre nosotros?
— Anoche vivimos momentos maravillosos que siempre recordaré. Pero no son suficientes para que volvamos a estar juntos. Perdóname, Rodrigo. Pero mi respuesta sigue siendo no.
La mirada impasible de Amanda hizo que se diera por vencido. Había hecho todo lo posible para recuperarla. Le había dicho lo que sentía y que la quería de vuelta. Ahora sí que se había quedado sin palabras, y entendió que ya no había nada que pudiera hacer.
Llamó a Bingo y lo subió a la camioneta y en unos minutos arribaron al pueblo. En el taller comprobaron que el coche de Amanda ya estaba listo y que podía seguir su camino.
Ella acomodó sus pertenencias en el asiento trasero y encendió el motor. Lentamente sacó el vehículo hasta la calle. Después bajó para despedirse. Rodrigo estaba callado y tenía una expresión melancólica.
Amanda lo abrazó y le dio un beso en la mejilla.
—A pesar de todo, ¡gracias por haber sido parte de mi vida!— dijo en un tono triste.
Después acarició la cabeza de Bingo que estaba en la parte trasera de la camioneta. Subió a su coche y se alejó por la avenida principal. Dobló en una calle y salió de la vista de Rodrigo.
Este se quedó unos minutos esperando un milagro. La esperanza, es lo último que se pierde, se suele decir. Pero nada pasó. Percibió como una indeseable pesadumbre se apoderó de él.
—Así se siente— se dijo— cuando pierdes a la persona perfecta.
Nuevamente ante la ausencia irrevocable de Amanda volvió a sentirse sólo, algo que siempre había combatido en su interior.
Sin embargo ahogó la tristeza y recuperó la entereza. También tenía su orgullo y buscaría la manera de salir adelante y volver a empezar. Aunque ahora le pareciera algo difícil de lograr.
Subió a su vehículo y emprendió el camino hacia La Ensoñación. Algunos pensamientos aciagos lo asaltaron. Pensó que ahora la idea del amor se convertiría en una noción relativa o en un completo sinsentido. ¡Diablos! ¿Ahora se convertiría en su padre?
Sonó su teléfono móvil, era don Remigio confirmando que ya había comprado el forraje y que lo estaba llevando a la hacienda. Después pasó por la oficina del pueblo en dónde dejó instrucciones a su encargado administrativo. A continuación, siguió su camino.
Era realmente un día bonito y la hacienda parecía resplandecer ante la luz del sol, aunque difícilmente lo notara. Se sentía apático, como impedido de sentir algo ante cualquier expresión de belleza.
Su camioneta ingresó en el camino principal, cuando notó que había un coche en el frente que le resultaba familiar.
— ¿Y ahora quién vino?— pensó con malhumor.
Sin embargo, a medida que se acercaba se sintió un tonto por no reconocer el vehículo de Amanda. Ella estaba fuera apoyada sobre el capó, esperándolo.
Confundido bajó de la camioneta y se aproximó hacia ella.
—Amanda, ¿Qué haces aquí?
Ella estaba un poco llorosa y pasó sus dedos por su cara para tratar hablar con un poco de decoro.
—Juro por Dios que había tomado la ruta principal que va directamente a la ciudad. Estaba muy segura de que no iba a mirar atrás. Pero no pude. Casi sin darme cuenta venía con mi coche hacia aquí, una vez más.
— ¡Amanda! Me estás diciendo que…
Ella le hizo un gesto un tanto imperativo, demandando que la dejara terminar.
—Hasta el día de ayer lo único que quería era dejarte, pero ahora no puedo. Supongo que una nueva oportunidad no es algo malo. Que podría resultar en algo bueno para ambos.
— ¡No te arrepentirás!— respondió el con total entusiasmo.
—Pero tengo una condición. Te doy hasta el final de mis vacaciones para que me demuestres que debemos estar juntos. Ni un día más, ni un día menos que eso. Si algo no funciona en estas dos semanas, debes prometerme que de verdad terminaremos, y que no me volverás a hablar de amor.
Rodrigo la tomó entre sus brazos y volvió a besarla apasionadamente. Después la abrazó firmemente durante largo rato, como si quisiera atrapar ese momento para toda la eternidad. Bingo, que había sido un testigo particular de la reconciliación, bajó de la camioneta y corrió hacia ellos. De alguna forma se había dado cuenta de que Amanda no se iría y eso le dio mucha alegría. Y por ese momento, la felicidad fue completa.