Amanda se encontraba en la habitación principal, sentada en una silla mecedora, en la que se hamacaba pausadamente, tratando de alcanzar cierta comodidad. Pero no había forma, nada en este mundo podía liberarla del fastidio que la atormentaba. El caserón en el que ahora vivían era enorme, con un estilo rústico y atractivo, que había logrado que se sintiera en su hogar. Se encontraba a las afueras de la ciudad, en un sector medianamente lejano de la acción propia de la metrópoli. Gran parte de su encanto radicaba en que estaba cerca de la naturaleza, y en que, a esas horas de la noche, se llenaba de una profunda paz y quietud. Eso le permitió sobrellevar sanamente la dulce espera, que había acaparado su vida los últimos nueve meses. De repente, escuchó pasos sobre el parqué de caoba, que
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