17. Solo mía

3230 Palabras
—¡Greta! Se le quedó mirando la señora del servicio sorprendida. —Disculpe venir. Me dijeron que el joven Bruno está muy enferma. La mujer asintió. —Oh... lleva días en cama—abrió más la puerta para que Greta pudiera entrar—. Adelante. Ingresó calmando los nervios. Se quitó la bufanda con el abrigo y lo dejó en el perchero. —¿Está en su habitación? —Si señorita. —Gracias Greta subió las escaleras lo más rápido que pudo, buscando por los pasillos que ya conocía la habitación de Bruno. La encontró. Ana con un moño alto y una camisa blanca con una falda larga del mismo color que sus ojos yacía en la cama junto al niño. Tocó la puerta. —¡Greta!—se alzó de un respingo. Bruno intento levantarse, no pudo. Acomodó fue su torso para ver qué ella era real. —¡Hola! ¡Ana, Bruno!—caminó despacio, apenada —. ¿Cómo sigue? —Muy enfermito. Esperamos mejora—respondió Ana. Greta se acercó a Bruno sentándose al borde de la cama, tomándole la mano. Sabía que adentrarse a ese lugar significaba exponerse a los cariño de Bruno, a la confianza de Ana, a los besos de Arthur, inclusive, hasta morir si descubrían la verdad. Por lo menos, si moría, lo haría sola y no con los judíos escondidos en la casa de Drako. —¿Cómo estás cariño?—le tocó la frente, ardía en fiebre. —¿Que le han dicho los médicos?—le consultó a Ana Se encogió de hombros. —No lo identifican aún.Esta así después de unos días que te fuiste. Greta le sonrió al chico, empujando su cabeza hacia el pecho. —Me dejaste...—soltó Bruno con la voz entrecortada. —Cariño lo siento. —Te eché... m-muu-cho-de menos —Yo igual —¿En-tonce- ¿po-quee- teee- fuiste? —Es complicado —L-los- adultos-si-siiiempre son com-pliii-cados Lo siguió abrazando. —Lo importante es que estoy aquí ¿vale? asintió. Ana se quedó mirando la escena con nostalgia. En definitiva, Bruno necesitaba una mamá, y había proyectado en Greta ese vacío que buscaba llenar. En cambio Greta, quería a Bruno, lo mimaba como una madre lo haría, le sonreía con sinceridad y afecto. También extrañaba a su hijo fallecido, se lo imaginaba igual a Bruno: Risueño, curioso, sonriente. Si su hijo hubiese tenido la oportunidad de vivir, de seguro, fuera un chico muy inteligente, y atento. Greta lo abrazó, él se acomodó en sus brazos y allí quedó profundo en un sueño al igual que ella que venía cansada por noches anteriores. Asimismo, Ana abandonó la habitación apagando las luces. Bostezando, buscando la cama para dormir. Desde que Bruno se enfermó, se había dedicado a cuidarlo, de hecho, desde que la madre murió. Para Ana el descanso no existía porque sabía que su sobrino la necesitaba con urgencia, no podía dejarlo solo, ni desamparado, sin embargo, a veces le daba una especie de rabia sana cuando recuerda que tuvo que cancelar invitaciones, citas, o posponer incluso su camino con la música por cuidar a un bebé que ni siquiera era propio. Amaba a Bruno, sí. Aunque cuidarlo significó negarse a salir, a disfrutar de una fiesta, o tener una cita con un hombre. Todas esas restricciones se convirtió en una carga, y ese era el fruto de que se sintiera sola, soltera y sin amigos. Nunca puedes a nada... Es hijo de tú hermano, no tuyo. Cerró los ojos echándose en la cama, se encontraba exhausta, con los párpados pesados a punto de ser vencidos por el sueño. Le parecieron las sábanas más suave de lo común, y sintió el placer de estar acostada en descanso. Se quedó dormida. Por otro lado, Arthur Schmidt había llegado a la casa, cenado solo, y con la sorpresa de ver a una Greta abrazada a su hijo. Esa viva imagen lo había soñado muchas veces pero con su esposa, incluso, después de morir la visualizaba pegada a Bruno en un abrazo fraternal, algo que nunca ocurrió. Salió de la habitación porque pensó en su esposa fallecida, en todo el peso que tenía en los hombros por pertenecer a la Gestapo que, sin dudas, los problemas se volvían más complejos. Decidido, se levantó, tomó una botella de whisky y la sirvió en un vaso con hielo, necesitaba que el alcohol recorriera sus venas, calentara el corazón. Consigo llevaba unos cigarrillos el cual no vaciló en fumar mientras se hundía en el río del alcohol que atravesaba la garganta como un fuego y le sentaba en el estómago al igual que un ácido. Sin embargo, Arthur continuó, no paró de beber, de fumar, de pensar, de hacerse preguntas confrontativas, de temblar en la complicación que estaba llevando la SS ante la unión soviética. Solo una media luz lo acompañaba, y al rato, una música suave que había colocado. Era un lujo para Arthur estar sentado, fumando, bebiendo en plena madrugada con el placer de una buena melodía de amor, específicamente, sueño de amor de un músico que no era su favorito, no obstante, tenía una buena progresión en su forma de tocar. Tocar... eso quería Arthur en ese momento, olvidar sus penas en la música y no en el alcohol. Sentir las teclas blancas y negras bajo las manos, la melodía en el oído, el deleite de una buena pieza en el corazón. Le hormigueo los dedos, quiso ir a la habitación de música y tocar como un desquiciado, hacer acordes, armonías, componer piezas hasta quedar agotado, rendido y sastifecho. Cerró los ojos disfrutando los colores que le daba la composición de Franz Liszt. En esa melodía que se iba de lo más grave a lo agudo, a ese aspergeo que le quedaba espectacular. Bebió whisky cuando su mente lo transportó a un Arthur joven, inocente, un niño delgado, risueño que amaba la música con todo su ser. Había conocido por medio de la música a grandes amigos que, estaban muertos por la guerra, o lejos. Se vió de joven tocando con un amigo que fue asesinado por un judío durante la conquista de Polonia. Se vió de joven reirse cuando se equivocaba. Se vió de joven componer piezas a su futura esposa que más tarde se volvió en su esposa. Se vió de joven pasar sus momentos de soledad tocando el piano. Se vió de joven renunciar a la música cuando su padre lo inscribió para qué llevara a una vida militar igual que él. Se vió de joven renunciado al piano, a la música para hacerse cargo de la profesión. Se vió de adulto cuando sus padres cayeron enfermos por tufus. Se vió en el funeral de los mismos y unos años más tardes, le llevó flores blanca al amor de su vida que también había muerto. Se vió de adulto tocando el piano en silencio, entre lágrimas, deshecho por las perdidas constante que estaba teniendo. Se vió de adulto ser cruel, asesino, un verdadero monstruo, una espantosa pesadilla para los que se cruzarán con él. Se vió de adulto no tener tiempo para un Bruno bebé. Se vió de adulto ver a Juno Hoffman en una fiesta deleitarse en el piano, que tiempo más tardes fue transportada a Auschwitz tras descubrir que eran judíos Se vió de adulto matar a judíos, gitanos... Se vió de adulto comer en un restaurante cualquiera y ver a Greta. Greta... Abrió los ojos. Greta estaba allí, inmóvil, con espanto en la mirada. Greta seducida por la música había bajado las escaleras encontrando a un Arthur sentado en el sillón bebido. Para su mala suerte, la chica tropezó con el sillón cuando el capitán abrió los ojos. Suspiró retrocediendo, aferrándose a la pared de su espalda con la esperanza de que fuera un portal que la transportara a otro universo. Aunque para Artur Schmidt, frente a él se encontraba el universo más hermoso, la estrella más resplandeciente, la musa que embriagaba sus oídos. —¡Regresaste!—dijo. Greta tragó saliva —Ya debo irme. —¿Ya te vas?... es de madrugada. —Voy a ver cómo se encuentra Bruno—iba de camino cuando las manos del capitán agarró su muñeca. Se quedó quieta, bloqueada. —Te busqué y no te encontré. Nadie tiene información de tí. —¿Me estaba investigando capitán?—preguntó cortante, sin mirarlo. —Solo quiero saber quién eres Greta... Greta lo miró a unos ojos caídos. —Lo importante es que estoy aquí capitán, ¿no le parece? Arthur sonrió. —Eres todo un misterio... Se quedaron mirando unos segundo, Greta percibió el olor a cigarrillo de su ropa. Una camisa blanca desabotonada que dejaba al descubierto su pecho y los tirantes aún puestos. Apartó la vista para no verle el pecho aunque una electricidad la incitaba a mirar. —Con permiso... —Quedate, quédate está noche conmigo por favor—su voz era tan suave como la de un gatito suplicante al pedir comida. Su agarre fue una caricia que estremeció a la muchacha. —Estoy feliz de verte, de que estés aquí. Te extrañé muchísimo—Greta escuchó con el corazon agitado. Schmidt sonrió de medio lado—. Se me acelera el corazón cada vez que te veo. Dime... ¿es normal que me pase eso? o...¿estoy apunto de que me dé un infarto? Greta no dijo nada. Arthur sonrió. —Gracias por venir—dijo. Greta se le quedó mirando aunque sus ojos se desviaban de ves en cuando hacía su pecho. —Gracias a usted por permitirme ver a Bruno. Volvió a reír, aunque está vez fue una risa más seca. —¿Usted? nos seguimos tratando de usted...—enarcó una ceja —Para mí usted es el capitán Schmidt. El capitán bufó decepcionado —Alli radica el problema... Yo no quiero ser para tí el capitán Schmidt. Para tí solo quiero ser Arthur, Greta, ¿acaso no lo entiendes? ¿no ves como mi corazón está al borde de morir cada vez que te ve? ¿acaso no te das cuenta como mis ojos te miran? ¿no haz caído en cuenta que eres un titiritero que me maneja a su antojo? si hoy me pidieras el universo, estoy dispuesto a darte lo que me pidas, incluso, las estrellas que forman parte de ese universo—la miró con ternura—. Yo quiero que tú seas mi universo. Greta se estremeció, tragó saliva, estaba al borde del desmayo con esas palabras. Derretida en esa mirada compasiva, perdida en el pecado de ver parte de su piel, yacía mucho tiempo que no tocaba a un hombre, que no se refugiaba en la piel, que no gozaba del placer. Se asustó, el capitán se le estaba declarando abiertamente, ¿cómo debía responder a una declaración tan directa de amor? Se lamió los labios. Arthur se rió. —¿Bailas conmigo?—le extendió la invitación junto con su mano. Greta aceptó confundida y los dos en una tenue luz iniciaron un baile lento, cercano. Arthur olía a cigarro, a alcohol. Greta a perfume a inocencia. Odió estar cerca de Arthur, de dejarse llevar por la música que los envolvía a ambos invitándolos al amor. A un amor que no podía ser, que no debía crecer, que estaba prohibido. Arthur guío el baile, olfateó el olor de su cabello, la facilidad de querer a un extraño, en definitiva, sabía muy poco de Greta, pero la quería... y la sentia como si llevarán toda una vida conociendola. —Hueles bien...—susurró. —En cambio tú... hueles a cigarrillos y alcohol. Se rió. —¿No te gusta ese olor? —Es repugnante. —Vale. Cuando esté contigo no beberé ni consumiré cigarrillos ¿es un trato? —El consumo de alcohol y cigarros no debería ser un trato, es por tú bien, por tu salud. Arthur se volvió a reír con ternura. —¿Te preocupas por mi salud? —No, me preocupo porque Bruno tenga un padre que este cuerdo. Otra risita se le escapó a Arthur. —¿Sabias que desde que te conocí perdí la cordura?—susurró el capitán en el oído de la muchacha. Eso la estremeció. —No sabía que una mujer lo hiciera perder la cordura capitán. Él bufó. —Y sigues llamándome capitán...—suspiró—. Déjame darte una información, que se que no me estás pidiendo, pero posiblemente estés interesada—Greta enarcó una ceja—. Tú eres la única que me has hecho perder la cordura, nunca había estado tan sometido al amor como ahora. Greta ladeó la cabeza hacia atrás en una carcajada. —Me esta diciendo que el capitán Schmidt, conocido como la pesadilla, ¿está sometido al amor? es muy contraproducente lo que dice. Además, no creo ser la primera mujer de su vida, ni la que le despierta sensaciones. A Arthur le agradó ese vínculo de cercanía que estaban creando al ritmo de música. —No eres la primera mujer de mi vida, pero la única que me despierta el corazón. Greta sonrió. —¿Que tanto le despierto el corazón? —Al punto que casi muere con solo una palabra tuya. —¿Depende de mí?—susurró Arthur se lamió los labios —Depende de tí revivirlo o dejarlo para siempre muerto. La música se intensificó, se volvió con una suavidad parecida a la del terciopelo. La tenues luz solo era para los dos, que bailando en la sala experimentaban la intimidad de una conversación que en otro momento nunca hubiesen hecho. La intimidad no simbolizaba hacer el amor, si no hasta la charla más tonta y a gusto que puedas tener una persona. Arthur colocó su mano en el dorso de Greta y le dió un giro. Ella sonrió volviendo hacia su pecho. —Pideme lo que quieras y te lo daré Greta. Ella se rió con coquetería a medida que se mordía los labios. —Si te pidiera que te dejarás de ver a otras mujeres ¿lo harías?—entrecerró los ojos, curiosa. El capitán se echó a reír. —¿Crees que soy un hombre que ha tenido muchas mujeres? —Creo que eres un hombre que se acuesta con cualquiera. Arthur con mirada divertida, alzó una ceja. —¿Ah, si?... para tú información, soy un hombre con juicio. No me acuesto con putas, las enfermedades sexuales están demasiado disparadas como para ser un promiscuo. Me cuido de eso, mi musa. Greta lo miró escéptica. —No me digas que ahora eres un hombre puro. Volvió a reír el hombre. —Si he tenido algunas mujeres, aventuras, todas de una noche, sin comprometer sentimientos, sin nombres, sin intereses. Lo totalmente opuesto de lo que me pasa contigo, a tí si quiero hacerte el amor. La chica abrió los ojos de par en par a medida que una araña de calor gobernaba cada rincón del cuerpo. Arthur se dió cuenta de la incomodidad de sus palabras—. ¿Y tú? eres hermosa, no dudo que muchos hombres estén detrás de tí. Se rió de medio lado. Vaciló antes de responder. Desde que estaban bailando en el salón no se había acordado de Benjamín. —Solo fui de un hombre, y él murió. Nadie más me tocó, solo él. Los ojos del capitán le brillaron. —¿Lo amabas? Bajo la cabeza con tristeza. —Con todo mi corazón. Silencio. Arthur la miró un poco celoso. —¿Alguna vez te planteaste la idea de volver a amar? A Greta le tomó la pregunta por sorpresa. —Bueno, eh, no sé. Nunca me lo planteè. Mi esposo lo fue todo para mí hasta el día en que murió. Más silencio. —Ahora te toca a tí... ¿la amabas? Él bufó. —Si, la amaba muchísimo. —¿Pensaste en la posibilidad de volver a amar? Arthur Schmidt suspiró y se detuvo en medio del baile. Greta casi se enredó con sus pies. —No. Hasta que te ví ese día tocando el piano en aquel restauran. Silencio... sus miradas se buscaron. —¿Y?—musitó ella. —Y supe que podía volver amar con la misma intensidad. Greta tragó saliva, su respiración se había salido de control. —¿Me amas? —preguntó —No lo sé, lo seguro que tengo en estos momentos es que quiero estar contigo—respondió mirando los labios rozados de la muchacha frente a él. —¿Que quiere de mí capitán? Blanqueo los ojos —Dos cosas. Uno, que me deje de tratar como uno de mis subordinados, para mí, tú eres más, significas más. Y dos, quiero que seas mi novia, mi prometida, solo mía. Greta se estremeció. —Yo... yo... —Comencemos lento, pero... comencemos... Los dos se quedaron conectados en una mirada cargada de amor, de un amor que los dos estaban como unos críos, inseguros, con miedo. El corazón disparado de Arthur estaba a punto de morir con solo a una palabra. El corazón acelerado de Greta la llevaba a la indecisión. En Auschwitz hay un dicho: cuando el hambre entra por la puerta, el pudor sale por la ventana. Las palabras de Ronald llegaron a su mente. Sobrevive hasta que pueda sacarte de aquí. Cerró los ojos, no sabía que hacer, que decir. —Capitan... no soy quien crees que soy... yo...—dijo. —Yo creo en lo que serás a mi lado de ahora en adelante...—la interrumpió Arthur. —¿Y que seré de ahora en adelante? A Arthur le brilló los ojos verdes. —Mi debilidad, la niña de mis ojos. Greta se le quedó mirando con los ojos aguados. —Una palabra tuya podría silenciar mi corazón para siempre, Greta. Si me dices que sí, creeme que seré el hombre más feliz del universo. Inspiró hondo... Inhaló y exhalo Miró a Arthur, sus labios, esos ojos brillantes y expectantes, y reconoció lo que se había negado a reconocer: le gustaba ese hombre, le despertaba la piel, lo quería... Se asustó, quererlo simbolizaba afecto, y el afecto hacia con él era malo, peligroso. Sin embargo, los deseos sobrepasaban los sentimientos, y el sentimiento la razón. Greta no respondió, lo besó. Lo besó con intensidad, con pasión sin importarle nada. Sin importarle que era un nazi, sin importarle que dió la orden de aniquilar a su familia, sin pensar en sus seres amados. Greta solo fue víctima de su corazón, de sus sentimientos, de las emociones que Arthur Schmidt había despertado. Greta solo pensó en ella, en ambos, en un universo donde solo era Arthur sin toda esa formalidad y uniforme, en un paraíso donde se pertenecían el uno al otro, en la posibilidad de un amor sincero. Con la música suave, los dos amantes se besaban con intensidad. Uniendo sus labios hasta no poder más, dejando sus lenguas en una danza que los incitaba a querer más. Aunque para Arthur por más que quería más, no lo exigió, fue suficiente para él saber que Greta correspondía sus sentimientos. Esa noche no hicieron el amor... esa noche se besaron como si no existiera un mañana. Esa noche Arthur y Greta fueron más que música. ******** Notita: Dejen sus comentarios, los estaré leyendo. besos.
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