Madrid 6

835 Palabras
— ¿C-c-c-c-cómo lo supiste? — Tuve una corazonada. Raeliana suspiró, ¿Y ahora qué debía hacer con la ropa interior de encaje tan incómoda que se había puesto solo para esa ocasión? Porque había mirado suficientes películas como para saber lo que verdaderamente se hacía en un auto cinema. — Cielos, y pensar en que de verdad me trajo a ver la película. — Masculló de mala gana mientras Emilio parecía estar distraído con otra cosa. Pero todavía tenía una oportunidad que no podía desaprovechar. — ¿Raeliana? ¿Qué estás…? — Cuando Emilio se desconcertó ella fue directamente a sus labios, dándole lo que fue un sutil beso, la reacción de Emilio le pareció una de las cosas más adorables de todo el planeta, sobre todo cuando sintió la forma en que torpemente trató de corresponder. — N-nunca había hecho algo como esto… — Bueno, siempre hay una primera vez para todo ¿No? Y de verdad se sintió como si el lobo feroz se hubiera lanzado contra el pobre e inocente corderito. Emilio no sabía qué hacer con sus manos, naturalmente Raeliana se las llevó a la cintura en cuanto se subió encima de él, abriéndose el abrigo para dejar ver un bonito escote en su blusa. — R-raeliana… ¿Qué pasará si alguien nos ve? — Están muy ocupados en sus propios asuntos para meterse en los nuestros. — Sonrió. — De todas maneras aún nos está cubriendo una gran cobija. — P-pero es la cobija que Emilia me dio para no pasar frio afuera… ¿Cómo podría hacer algo tan impuro bajo ella? — Ignoraré que dijiste eso. — Sonrió, besando el cuello de Emilio. — Emilio, ya es momento de que alguien te quite el letrero de virgen que llevas estampado en la frente. ¿Cómo esperas que alguien crea que de verdad eres padre si todavía tienes cara de creer que los bebés son traídos por cigüeñas? Los besos subieron su intensidad de manera lenta, a veces dejaba que Emilio respirara, pero no se veía incómodo a comparación de hacía minutos atrás. Lastimosamente nunca pasaron a más que eso. — ¡L-lo siento mucho…! — Emilio la empujó para quitársela de encima. — No puedo hacer algo como esto, no sé lo que estoy haciendo… Yo, he intentado. Hice lo mejor que pude y traté de continuar mi vida pero es imposible. — ¿E-Emilio? — Raeliana no supo qué hacer cuando vio sus lágrimas asomarse. — ¡No tienes que hacerlo si no quieres! Lo siento mucho, no volveré a decirte cosas crueles ¿Si? Por favor ya no llores. Pero él negó con la cabeza. — No es eso, señorita Raeliana… La verdad no me molestaría hacerlo, sin embargo mi corazón se niega a aceptarlo. Traté de hacerme a la idea de que lo mejor para mí era encontrar una mujer y luego casarme, forcé mis ideales y traté de adaptarlos a tu manera de ser… ¿Raeliana había escuchado bien o Emilio básicamente le estaba diciendo que rebajó sus estándares para acostumbrarse a ella? — Yo… No sé cómo debería reaccionar a eso. — Contestó ella con cierta duda. — Lo siento mucho, Raeliana… La verdad es que no me siento preparado para salir con alguien, creo que salir contigo me ha hecho abrir los ojos. Creo que solamente veía en ti a la madre de Emilia y eso sería cruel para una mujer que merece un esposo la ame y no la compare con nadie más. — Emilio se reincorporó. — No sé si todavía quiero tener citas mientras Emilia es pequeña, pero, si quisiera tener citas creo que no serían contigo. ¿No había una manera menos dolorosa de decir aquello? — Espero que puedas perdonarme. — Emilio le extendió la mano cuando se bajó de la parte trasera de la camioneta. — Pero creo que ya deberíamos volver. — Está bien. Y a pesar de que dijo eso el camino de regreso fue realmente lamentable. Sintiéndose completamente humillada Raeliana suspiró y se lanzó sobre la cama de aquel hotel tras haberse despedido de Emilio, había sido fulminantemente derrotada. Sus encantos no sirvieron de nada con un alma tan pura como lo era él. Y ya al día siguiente era su momento de partir. No era como si Emilio le hubiese gustado precisamente, sabía que algo así estaba destinado a pasar. ¿Entonces por qué las lágrimas seguían fluyendo por sus mejillas? — Señorita Raeliana… — Una mucama tocando la puerta entró cuando Raeliana le dio permiso. — Alguien ha dejado esto para usted. Un precioso y reluciente ramo de rosas rojas y blancas terminaron en sus manos, pero la criada se marchó antes de que pudiera preguntar quién las había dejado. Tenía una nota en ellas. — Ánimo, no te rindas. — Leyó la nota que no estaba firmada por nadie. — Emilio, tú sí que hubieras sido un buen partido. De alguna manera leer aquello la hizo sentirse mucho mejor. Tenía razón, no podía sentarse a llorar solamente porque había fracasado su primer intento, todavía le quedaban muchos lugares del mundo a los cuales visitar y muchas personas por conocer. No iba a darse por vencida tan fácilmente. Aquella noche realmente no pudo dormir, solo podía pensar en su próximo destino.   Brasil
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