Aquella noche además de haber deseado no salir de la cama descubrió una cosa: Emilia tenía razón con sus crueles palabras.
Todo comenzó cuando despertó, faltaban solamente dos días para su siguiente destino luego de su rotundo fracaso en Madrid, no tenía idea de a dónde iría ahora, por lo cual había planeado dedicar el día a programar su siguiente vuelo y hacer las maletas, de esa manera no tendría tanto trabajo el día antes de partir.
Le agradaba Emilio, pero el hecho de que llevara a su hija a todas las salidas con mujeres que tenía le quitaba su encanto, y no porque la pequeña Emilia fuera la encarnación del mal, sino que dejaba de prestarle atención a su cita para concentrarse en su hija e ignorar el resto del mundo como si hubiese desaparecido de repente.
Todavía le dolía la garganta debido a la mala jugada de aquel pequeño demonio.
Sin embargo, una carta de disculpas colándose en su desayuno la hizo cambiar de opinión.
— Se lo manda un hombre muy atractivo, estuvo rogando durante horas para que se lo hicieran llegar. — Explicó la mujer que le llevó el desayuno a la habitación.
Raeliana suspiró, no podía evitar reírse al ver todas las veces en que Emilio se disculpó con ella por lo sucedido, lo que le hizo pensar que en definitiva no era un mal hombre.
Quizá solo estaba preocupado por su hija, sea como sea necesita de una figura materna, probablemente.
— Bien, un paseo para conocer la ciudad. — Leyó la carta, sonriendo aún más al notar que estarían solamente ellos dos, miró al techo y rogó. — Vamos Diosito, ojalá que este sí sea el bueno.
Reconoció a un impaciente Emilio de pie en una plaza junto a un poste, le veía observar el móvil y su reloj de muñeca repetidas veces, tenía un pequeño tic en la ceja, casi imperceptible.
— ¿Estuviste esperando demasiado? — Raeliana se acercó a él, quien sonrió al verla.
Luego negó con la cabeza. — Llegué hace poco.
— ¿En serio? Pero no has dejado de ver tu reloj o tu teléfono.
— Sí, bueno… Es que — Raeliana sonrió al verle intentar explicarse, sonrisa que se esfumó cuando Emilio continuó hablando. — He dejado a Emilia con mi vecina pero no me han llamado, tengo miedo de que algo malo haya ocurrido. Creo que lo mejor sería que me esperes aquí mientras yo voy a ver si todo está bien y luego regreso, no vivo muy…
— Emilio… Si no te han llamado es porque no ha pasado nada malo. — Raeliana lo detuvo de salir corriendo, tomándolo del brazo. — Las malas noticias viajan rápido, no necesitas preocuparte, todo lo que necesitas es pensar en ti mismo solo por esta vez.
— Quizá tengas razón… No me he separado de Emilia desde que su madre falleció, puede ser muy agobiante para ella así que necesito darle su espacio de vez en cuando para que no me odie por ser encimoso. Así que por ella tendré que soportarlo.
De alguna manera la plática motivacional de Raeliana había tomado un giro inesperado, pero si eso significaba una cita a solas con Emilio podía soportarlo.
Las calles de Madrid eran simplemente preciosas, Raeliana lo veía como la oportunidad perfecta para acercarse un poco más a Emilio ahora que él no tenía cerca a su hija.
— El café de aquí es el mejor de toda la ciudad. — Dijo Emilio de repente cuando Raeliana se perdió en la vista al panorama que aquel local les proporcionaba. — Y cuénteme, señorita Raeliana ¿Qué la ha traído por aquí? ¿Un viaje de negocios quizá?
— Para nada, de hecho trabajo es lo último en lo que quiero pensar justo ahora. — Raeliana rodó los ojos, bebiendo de su taza. — Estoy de vacaciones.
— ¿De vacaciones usted sola? ¿No es eso un poco…?
— ¿Triste? Sí, un poco quizá. — Por encima de la mesa deslizó su mano hasta posicionarla por encima de la del tímido Emilio, quien se sobresaltó, mas no la apartó. — Pero si alguien juega bien sus cartas quizá deje de estarlo.
Le resultaba realmente divertido ver la expresión avergonzada de Emilio, como si nunca hubiera tenido novia siquiera.
Se veía como el tipo de hombre que aceptaría criar a un niño como favor a alguien pero que en realidad sigue pensando que los bebés son traídos por la cigüeña.
Hombres de los que ya no había, bastante ingenuos en realidad.
Si se convertía en la madrastra de Emilia podría enviarla a un internado en Suiza.
Emilio notó la distracción y la mirada perdida en Raeliana — ¿En qué estás pensando…?
— ¿Qué internado suizo te gusta más? — Preguntó ella de forma inconsciente, sobresaltándose cuando reaccionó. — L-lo siento, estaba divagando un poco… — Ahogó su vergüenza en un largo trago de amargo café, tal y como le gustaba.
— Haces una mueca extraña cada vez que bebes café, como si estuvieras recapacitando sobre la vida ¿Qué tipo pediste? — Escuchó la risita de Emilio. — ¿Podría probarlo?
— ¿Estás seguro…? Mi café es un poco amargo.
Emilio asintió como si fuera nada. — Puedo con las cosas amargas.
— Pero si llevas echándole azúcar a tu café desde que llegó, temo que tendrás una subida de azúcar. — Raeliana le extendió su café, sonriéndole. — A cambio probaré el tuyo.
Emilio aceptó realmente rápido e intercambió las tazas. — Ugh… ¿Qué es esto? ¿El sabor del odio? — Ella quiso reírse al ver la mueca que Emilio puso al probar el amargo de su café, incluso se había quemado la lengua al tragar. — ¿Cómo puede gustarte algo así de amargo?
— Deja de ser amargo cuando pasas la noche entera tratando de mantenerte despierto mientras trabajas.
— Suena duro. — Murmuró. — ¿No vas a probar mi bebida?
— No necesito hacerlo para saber que tendrá el sabor del arcoíris. — A pesar de eso solamente dio un trago, lo más probable era que su reacción se asemejara a la que hizo Emilio antes. — Sí, definitivamente… Oh, Dios ¿Acaso probé chispas de chocolate?
— Es una combinación secreta, Emilia suele ponerle cosas dulces al café. — Contestó con una sonrisita. — Ella siempre le pone malvaviscos, saben realmente bien.
— ¿Y a ti te gusta de esa manera o solo te acostumbraste a beberlo? — Se arrepintió de preguntar aquello cuando le ambiente se volvió incómodo, por lo que trató de cambiar de tema. — Esté café es realmente delicioso, nunca había tenido el tiempo para sentarme a disfrutar de un panorama de esta manera.
— Es el mejor de la ciudad, Emilia lo adora por su variedad y solemos venir todos los fines de semana.
De nuevo, Emilia.
— ¿Qué hay de ti? ¿Te gusta este lugar? — Preguntó Raeliana con una sonrisa, animándolo a conversar un poco más sobre sí mismo.
— A Emilia le encanta…
Esa respuesta hizo que ella suspirara — Escucha, Emilio… Sé que esto puede sonar un poco cruel pero he venido a tener una cita contigo, quiero saber sobre ti, no sobre tu hija. No has parado de hablar sobre ella y sé que la amas pero ya empiezo a creer que solo estás haciendo pruebas para ver qué mujer es más apta para ser su madre sustituta.
— N-no es sí, lo siento.
En dos horas de cita había aprendido tanto sobre la pequeña Emilia que tenía la sensación de que ella misma le había dado a luz.
— La verdad es que no he tenido una cita en años, la madre de Emilia y yo solo nos casamos porque ella iba a ser madre soltera y no podía dejarla así, era mi mejor amiga.
En ese preciso momento Raeliana creyó que ella misma era una adivina.
— Pero desde el primer momento la amé como si se tratara de mi sangre. — Confesó, algo apenado. — Debes haber estado incómoda solo escuchándome hablar sobre ella durante todo el rato.
Desde la hora en que nació hasta cuándo fue la primera vez que se vistió por sí misma, Emilio se lo había contado todo. Algunas cosas más de dos veces, no era como si le molestara, pero definitivamente mataba cualquier sentimiento romántico que pudiera tener.
Un padre que tuvo que luchar por su hija solo desde que murió su esposa -Mejor amiga- era alguien admirable y definitivamente el tipo de hombre con el que se casaría, pero Raeliana no estaba segura de que lo que Emilio necesitara era una nueva esposa.
Tal vez necesitaba terapia, pero no una nueva pareja.
— ¿Ella te gustaba, Emilio? — Pensándolo un poco Raeliana llegó a la conclusión de que nadie haría tal cosa solo como favor para su amigo, a menos que estuviera perdidamente enamorado. El silencio de Emilio solo se lo confirmó y Raeliana supo que no había nada más que hacer, no podía competir contra la imagen de una mujer fallecida. — Gracias por haberme invitado el café, fue realmente agradable conocerte, Emilio. — Raeliana le sonrió, dando por perdido el caso de Emilio y nombrando el intento de conseguir esposo en Madrid como fracasado. — Pero creo que ya debería irme, es obvio para los dos que no estás preparado para una nueva relación. Y te doy un consejo: Para tu próxima relación no consientas que tu hija le haga malas jugadas a tu cita.
— Lo siento por eso… — Murmuró.
— No tienes que sentirte mal, pero debes corregirla y hablar con ella, tal vez no es su deseo una nueva mamá.
Raeliana se colocó de vuelta su sombrero, no tenía nada más que hacer ahí.
— ¡Espera, no te vayas! — Emilio tomándola de la muñeca hizo que se detuviera. — Sé que constantemente comento errores, pero no puedo perdonarme dejarte marchar de esta manera, sería el error más grande de toda mi vida.
Esa mirada de cachorro extraviado la conocía perfectamente, tanto que hasta hacía poco tiempo ella estaba haciendo una igual.
— ¿Te gusto, Emilio? ¿Lo suficiente como para ocupar un nuevo lugar en tu vida?
Él se puso de pie. — No lo sé, pero es algo que quiero averiguar.
— Seré sincera contigo, si quieres algo en serio conmigo necesitamos hacerlo bien. No quiero una relación de treinta y seis horas sin futuro. Ya no tengo tiempo que perder, cuando me dé cuenta voy a cumplir treinta o cuarenta años y no quiero terminar sola porque ninguno de los hombres con los que estuve querían algo en serio.
Esta vez fue Emilio quien la tomó de la mano. — Entonces descubramos juntos si esta relación es lo que estaba destinado a pasar.
Y en realidad ella no pudo negarse por la sencilla razón de que había cierta conexión con Emilio que no podía negar.