Capítulo 49 De Alana en su adultez

1479 Palabras
—¿Es en serio? —Paloma servía té caliente en las tazas de cerámica esmaltadas de la casa de sus padres. El aroma de la manzanilla se filtró por la nariz de las dos hermanas. —Si. —Alana respondió mirando fijamente su taza, sin poder ver a su hermana a los ojos. —Ya no quiero volver a verlo, siento mucha vergüenza. Los ojos de Alana comenzaron enrojecerse nuevamente, dejando escapar más lágrimas que le nublaron la vista. —Por favor, no puedes hablar en serio. —Paloma, incrédula, había comenzado a enfadarse. —Creí que esas actitudes habían quedado atrás. —Esta vez la miró con severidad. —Basta, me haces sentir mal. —Alana chilló y sollozó, escondiendo el rostro con sus manos. —No eres una niña, joder. —Paloma sentía una gran impotencia ante la reacción de su hermana menor. —Puedes irte y dejarme sola entonces. —Alana le devolvió una mirada furiosa. —¿Crees que lo hago a propósito? Paloma intentó calmarse, desde que habían llegado a su viejo hogar, sospechaba que había cierta tensión entre Simón y Alana, pero tuvo que esperar a preguntarle hasta que sus padres y Aarón salieran a comprar comida. —Pues parece que sí. —Paloma inhalo aire muy lentamente. —Niña, debes de madurar antes de que sea tarde. Alana abrió los ojos, entre la niebla de su llanto, para agregar una nueva inseguridad a su colección. Aunque decía que no quería ver a Simón nunca más, en su interior añoraba que todo fuese como antes. Lo estaba estropeando, su oportunidad de amar se hallaba en una recta frágil, nerviosa e incómoda de la deseaba salir, pero el futuro la aterraba enormemente. —No hagas eso, es peor para mí. —Alana la miró suplicante, su alma imploraba compasión. —No puedes continuar actuando así. —Paloma hablaba en un tono decidido pero gentil, no era su intención atacarla. —Lo que sucede es que no comprendes la magnitud de las cosas que te rodean Alana. Paloma hizo una pausa para no ahogarla, pero no iba callar para que no se enojase. —¿Crees que se trata solo de que si te ama o no te ama por un comentario que hizo? ¿Acaso crees que el amor se apaga por completo cuando la persona te demuestra un problema? —La voz de Paloma era firme. —¿No te parece que el chico realmente está sufriendo por su madre y al mismo tiempo al tratar de encajar en nuestra familia? —Para ti es muy fácil. —Alana subió el tono de voz. —Tú novio les agrada a nuestros padres de concreto y roca. —No se trata sobre eso, por amor de Dios. —Paloma arqueó la ceja, se estaba impacientando de a poco. —Recién nos estamos conociendo, todo va a su tiempo y decidí conocerlo porque quise hacerlo, no porque nuestros padres me obligasen. Yo sabía que los haría felices que alguna de los dos conociera al candidato que tenían planeado, ellos son así y quizá algún día no estén más con nosotras y hacerlos felices es nuestra parte. Pero lo conocí porque yo quise hacerlo y él me gusta mucho, no le diría que lo amo porque aún no nos conocemos lo suficiente. Pero hay algo en el que hace que quiera estar a su lado. —No me digas, es evidente que es una pareja prácticamente armada. —Alana le arrojó una mirada filosa e hiriente. —Solo porque la aprueben no quiere decir eso. Estas siendo irracional. —Lanzó otra mirada severa, su hermana estaba colapsando su paciencia. —Estas tan ciega que no te das cuenta que la que está arruinando su relación eres tú y no nuestros padres. ¡No eres una niña, Alana! Aquello fue demasiado para Alana, que se marchó corriendo hacia la calle, llorando desconsoladamente y tumbando todo a su paso, incluida una silla y dos floreros. Su hermana la dejó marcharse, también estaba enojada y se retiró a su cuarto. Llamó a su novio y ambos se fueron a las afueras de la ciudad para ir de paseo, quería alejarse de su hermana por algunos días. Estaba harta de Alana, pero volvería para poder ayudarla luego de tomarse un descanso. Alana mientras tanto, deambulaba por las calles de su antiguo vecindario sin rumbo alguno. Cuando se cansó de caminar, se sentó en un pasillo que conectaba varias viviendas, no quería toparse con nadie y ese lugar parecía no estar muy poblado. Quería estar sola un rato y sabía que su madre enviaría a Paloma o a su padre a buscarla de inmediato, aunque sea allí se tardarían un poco más en encontrarla. Sus pensamientos se cortaban entre sus pesadillas a plena luz del día. Desde hace mucho arrastraba la capacidad de agigantar cualquier problema, sintiéndose terriblemente culpable y cayendo en depresiones fácilmente. Era una característica suya de la cual no podía despegarse y la dependencia emocional que desarrollaba en torno a las personas la terminaba por asfixiar, pero ella no estaba preparada para el amor aún. Sin embargo, pese a saberlo, se había aventurado a experimentar un romance maravilloso para ella, atesorando los momentos más hermosos. Verse a sí misma destruyéndolo todo la aterraba tanto que estaba paralizada, esperando lo peor. La grieta de esperanza la tentaba, pero no sabía si tenía la fuerza para luchar consigo misma. Ya había pasado muchas horas fuera de casa cuando una figura se situó junto a ella. Las manos se aferraron a sus hombros impidiendo que se voltease. —Querida, vaya que has crecido. Desde aquí ya puedo ver el gris que se asoma en tu cabello. La anciana tenía una voz inconfundible, la ira retornó a Alana, que se había calmado un poco. —¿Por qué demonios me persigue? —Alana se soltó de sus manos con violencia, se encontraba tan agotada. —Yo no te he seguido niña, solo vine a visitar a mi hermano. —La mujer señaló una casa frente a ella. —Me topé contigo por casualidad, tal como siempre. —Aja, no me diga. —Alana puso los ojos en blanco. —¿Es que aún me guardas rencor? Alana no respondió, tenía la vista fija en el suelo. —Usted solo está loca. —fue la fría respuesta de la chica. —¿Cómo te ha ido entonces desde aquel día? Supongo que como estoy loca, mis palabras no se han cumplido… —La anciana esbozó una sonrisa notable. Alana titubeó unos segundos, no quería darle la razón, pero sabía que la tenía. Ella no era supersticiosa en lo absoluto, pero sus miedos la cegaban tanto que creyó que la maldición era completamente real. Estuvo a punto de rogarle que la deshiciese, pero tuvo un refilón de vergüenza que la detuvo. Pensó en Simón, en cuanto le había demostrado su amor incondicional y en como ella lo había tratado. —¿No puede revertirse? —preguntó Alana con compostura. No quería rogarle, aquella anciana no lo merecía. —Supongo… —La anciana dejó salir un suspiro. —Es que aun eres tan ingenua. Los pies de Alana se endurecieron por unos momentos, por una ráfaga de frío que pasó repentinamente. Sospechó que la anciana no tenía ni la menor intención de ayudarla. —Necesitaré las prendas que te preste, cariño. Con eso basta y además debes de regresármela. Recuerdas, la camisa… —La anciana la miraba fijamente. —Las tiré hace tiempo. —Alana apretó los dientes. —En una casa abandonada, iba a tirarlas a la basura, pero mis padres me preguntarían más cosas. Busqué un lugar y las arrojé con toda mi fuerza, uno de los peores días de mi vida. —Alana sintió un sabor amargo que le invadía la garganta. —No me digas, el día en el que aquel muchacho… —Empezó a decir la anciana. —O aquel día de las fotos pornográficas. O quizá en otro de los muchos terribles que has tenido. —La anciana sonrió con algo de pena. —Es algo que no le incumbe. —Así que esperaste para deshacerte de las prendas, que chica más extraña. —La anciana la miró desconcertada. —Solo fue porque estaba triste, me había olvidado por completo de ellas y cuando las recordé las tiré en el lugar que me pareció correcto y ya. No fue nada en especial, pero siempre caminaba por allí. —Entonces no hay salvación cariño. Estas abiertamente perdida. —La voz rugosa de la anciana se tornaba casi melancólica. —Ya lo sé, por amor de Dios, ya lo sé. Así Alana se despidió de su bruja, sin tomar aquella salvación que se erguía siempre frente a ella. Ocultándose en su cueva de autocompasión, sumergiéndose en sus pensamientos más tristes.
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