Capítulo 48 De Simón en su adultez

1615 Palabras
Nunca le había agradado demasiado viajar en avión, le provocaba náuseas y dolor de cabeza. Por suerte para él, esta vez se hallaba mucho mejor. Los asientos de Simón y Alana estaban lejos del resto de su familia y solo tenían cerca a Gael, en el asiento del frente, por lo cual había tranquilidad entre ellos. Como Gael se aburría fácilmente, quiso sacarle alguna conversación a la pareja. —Así que este es el primer viaje juntos. —Gael sonrió. —Oye, yo también quiero. —agregó señalando el paquete de papas fritas. —Hubieras comprado las tuyas. —Simón revoleó los ojos. Alana le tendió la bolsa, haciendo caso omiso a la respuesta de Simón. —¿Cómo están tus padres, Gael? —preguntó Alana educadamente. —Vaya, tu sí que eres de la alta sociedad. —Lanzó una carcajada. —¿Por qué demonios me preguntas eso antes que cualquier cosa? Los tres rieron al mismo tiempo. —Tienes razón. —dijo Alana sonrojada. —Están bien, como siempre. —Gael respondió, divertido por la situación. —No sabía que estuvieses en el pueblo, creo que te hubiese reconocido. —Yo tampoco te había visto nunca. —dijo Alana, dudando. —Quizá no nos cruzamos. —Supongo, o puede ser que todo es por el amor. Solo se encontraron por el destino. —Gael volvió a echarse a reír. —¿Me invitaran a la boda? Simón blanqueó los ojos. —Sí, sí. Será el día en el que tú también te cases. —Simón echó la cabeza hacía atrás, como si estuviese por tomar una siesta. —Pues, seguramente mis padres querrán que me case contigo para poder seguir viéndote. —No me digas. —Simón sonrió con ironía. —Ya tengo el saco. Alana soltó una risita, imaginando aquella situación con su novio en el altar con aquel espantoso saco. —No tienes escapatoria amigo. —dijo Gael, mirando por la ventana con desesperanza. —Bueno, algún día tendrías que casarte de todas formas. Simón se levantó para estirar las piernas unos segundos, no pudiendo evitar ver a la pareja que estaba más a la vista. Paloma y Aarón se abrazaban y besaban con tanta euforia que Simón pensó que parecía que copularían allí mismo. —Hola chico, ¿Estirando las piernas? —le dijo Aarón al notarlo, soltando a su enamorada por unos segundos. —Sí, es que se me había dormido una. —Simón sonrió para ser cortés. —¿Va todo bien? —De maravilla. —Aarón paso su mano por la pierna de la joven, haciéndole cosquillas. Luego lo miró con cierto desprecio. —Imagino que estás pasando por una situación difícil. Simón sintió la punzada que le avisaba que la hostilidad había llegado, en los ojos de aquel hombre veía algo extraño. Su forma de hablar le pareció falsa desde el minuto en el que lo conoció, pero no quería tener problemas de ningún tipo con él. No le respondió absolutamente nada. —Me tienes para lo que necesites. —Acotó, dándole el lugar a la chica para que pudiese levantarse. —También a mí, tengo que decirle algo a mi madre. Aguárdenme. —Paloma se levantaba rápidamente. Aarón lo miró con sus ojos de color miel tan particulares, escudriñándolo con la mirada tan penetrante que lo caracterizaba. Simón no cedió, su mirada también era dura y no se dejaría amedrentar por aquel sujeto. —Debe ser tan incómodo todo lo que estás pasando. — empezó a decir Aarón, intentando esbozar una mueca de aflicción. Simón permaneció en silencio. —Siempre creí que estar en tu lugar debía de ser tan vergonzoso, con toda esa familia que te tocó tener. Una verdadera lástima. Al oír la palabra “vergonzoso” su sangre comenzó a hervir. Pero tampoco dijo palabra alguna, no lo echaría todo a perder por un desliz de su ira. —Bueno, no puedo saberlo precisamente, pero he visto a tu pobre madre y me he impresionado tanto. —Aarón lo escrudiñó nuevamente con sus ojos inquisidores. Simón se preguntó cuál sería su objetivo con aquella charla. —Yo a ti no te he visto jamás. —Fue la respuesta cortante de Simón, que veía que se aproximaba caminando la hermana de su novia. Aarón liberó una carcajada. —Lo imagino chico, lo imagino. —Aarón sonreía con sarcasmo, arrojándole una mirada de pena y desdén. Simón se retiró de allí lo antes posible, antes de que su impulso lo obligase a hacer algo indebido como era su costumbre. Apretando los puños, se sentó en su asiento y no le dirigió la palabra ni a su novia ni a su amigo. —¿Ahora que rayos te pasa? —Gael lo conocía a la perfección. —Nada, me duele el estómago y quiero dormir. —Simón volteó, dándoles la espalda y fingiendo dormir. Gael lo miró sorprendido viendo a Alana entristecerse, con la cabeza gacha. —Es porque comió demasiado. —dijo Gael, intentando romper la tensión. —Has silencio quieres. —Simón se acomodó para decirle esto, y divisó a la chica. Al verla nuevamente triste, se fastidió por unos segundos. Nadie lo comprendía ni por unos segundos, siempre tenía que dejar de lado su dignidad para hacer felices a los demás y no generar problemas. Pensó hasta donde llegaría todo el asunto, Alana a veces daba señales de querer separar las cosas y actuar con libertad, pero luego volvía a obedecer ciegamente. Como si el patrón que seguía fuese imposible de cambiar. —No aguanto a tu cuñado. —dijo con su voz fría, la chica abrió los ojos. Sus palabras dejaban que escapase un poco del fuego que en su interior se gestaba. —Oh, Simón… —Alana sollozó. —Perdóname… —¿Por qué te disculpas? Tu no me has hecho nada, guapa. —Simón le sonrió y la tomó de las manos, pero aun así estaba resuelto a no callarse. —Solo me he cabreado al oírlo, es un tipo inaguantable. —Trata de no golpearlo, viejo, porque perderías. —Gael interrumpió, haciendo mímicas señalando que Aarón tenía los músculos enormes. —Eso crees tú. —Simón guiñó un ojo. —Es broma, ya se me está pasando. Besó a su novia suavemente, acariciando su cabello. Podía sentir los nervios de la chica, incluso una pierna le estaba temblando, y por momentos la veía comerse las uñas. —Tranquila, no pasa nada. —le dijo Simón, abrazándola, volviendo a su centro. Pensaba en el sujeto que lo había desafiado, intentando burlarse de él denigrándolo con la mirada. ¿Qué intentaba hacer? Pensó en la posibilidad de que los padres de Alana le hubiesen encomendado fastidiarlo, pero no era muy lógico. Luego pensó que quizás lo conocía desde antes y estaba omitiendo algo. Una parte suya lo creyó cuando se enfrentaron en aquel pequeño hueco en el tiempo, fue como si lo conociese y lo odiase desde siempre. No quería tener recelo hacía el, pero era como si no controlase ese sentimiento. En sus ojos algo lo atormentaba, lo incitaba querer saber qué era lo que ocultaba. Les preguntaría a sus tíos si lo conocían, no se le ocurría más, ya que Gael tampoco sabía nada sobre él. Después de todo, Tatiana conversaba con muchas personas y podría ayudarlo. Si dejaba que el sujeto lo provocara y no hacía nada, quizás se le hiciera costumbre e iría de mal en peor. La chica comenzó a actuar más nerviosa aún, y el intentó calmarla acunándola en su pecho, mientras seguía acariciando su cabello. —¿Ya no me quieres, ¿verdad? —Alana abrió los ojos, que se enrojecían. Simón quedo boquiabierto al oírla, algo andaba mal en ella, su tono de voz portaba algo diferente. El quedo ante la mirada de ojos claros más quebrada y enrojecida del mundo, con los dientes apretados, mientras se lastimaba los dedos de las manos con sus uñas. Lo miraba como si fuese a destruirlo, sus ojos lo buscaban entre todos los fantasmas de miedos que la consumían. No podía encontrarlo, estaba ciega y desnuda ante su propia miseria, aquello era una ansiedad terrible y un temor inexplicable al futuro. —Tu silencio me da la razón. —Las lágrimas rodaban por su mejilla. Simón estaba impactado ante sus reacciones, como si fuese una niña, su voz incluso parecía tener el tono de un infante. La chica soltó un sollozo y antes de que el pudiese decir algo, ella volvió a hablar. —No te sientas mal, todo ha ido fatal, ya sabía yo que no resultaría. —La voz se le entrecortaba. —No quiero que te fuerces a algo que no quieres. El sollozo aumento, cosa que lo dejo aturdido. Gael también los observaba estupefacto. —No linda… No hables así. —empezó a decir Simón. Ella lo interrumpió nuevamente con su llanto desolado, mientras intentaba ocultar su rostro. Alana no podía oírlo. El la besó portando su paz interna otra vez para calmarla al darse cuenta de que no oía sus palabras, la abrazó con firmeza para que se sintiese protegida. Luego de unos minutos, la chica se tranquilizó al darse cuenta que él seguía abrazándola, sin rendirse. Como una danza infernal, cuando trastabillara caería al vacío del olvido, si dejaba que sus zapatos la alejasen del paso correcto. Los nervios la habían poseído tanto que sus dientes le dolían mucho de tanto apretarlos. Ella decidió no hablar sobre aquel episodio, pero Simón, no pudo dejar de pensar en ello jamás. Había conocido al demonio que su enamorada guardaba dentro de sí, viéndolo directamente. El camino sería muy difícil para ambos.
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