El hospital era frío, las manchas de humedad se deformaban entre las paredes estrechas de su habitación. El dolor de cabeza se acrecentaba, la boca le temblaba y no contaba con fuerzas.
—Cats… Cata… —balbuceaba. Las palabras no le salían de la boca, como si estuvieran demasiado pesadas como para salir a flote.
—Todavía no nos vamos. —La voz rugosa de su acompañante le cortó el balbuceo. Ali no la miró, hasta que se obligó a hacerlo, estaba tan cansada.
Junto a su cama se hallaba sentada una figura oscura, delgada, extraña.
—Liz, lis. —siseó la voz.
Ali cerró los ojos, para no verla más, pero seguía oyéndola.
—Liz, lis. La vida se te ha pasado vieja amiga.
Ali abrió un ojo en un intento de mueca de desagrado que le costó horrores emitir.
—Qué mala pasada. —La figura se puso de pie, mostrándose frente a ella.
El antifaz n***o refulgía en su nueva amiga, que había aparecido en su vida unos días antes de su ataque. Se erguía firme frente a ella, con el disfraz purpura de aquella noche con algunas variaciones que cubrían su intimidad, pero su rostro no era humano, las orejas que se asomaban la delataban, y los ojos más amarillos que había visto en toda su vida. Su pelaje era gris, como si se tratase de un humanoide, en conjunto con un gato esbelto y serio. Deambulaba por su cuarto revolviendo las cosas que encontraba, cosa que a Ali le ponía los pelos de punta.
—Vaya, ¿No estás cansada, linda? —La voz de su acompañante inundaba la habitación.
Ali cerró nuevamente los ojos, oírla le provocaba aún más dolor de cabeza del que ya portaba.
—Bueno, si no quieres escucharme, ¿Te cuento un cuento?
Ali asintió desde su cama, la figura se sentó a su lado con su andar delicado.
—¿Uno triste o uno feliz? —preguntó con los ojos cubiertos por el antifaz n***o. —Cierto que ya casi ni puedes hablar, bueno… Cambie de opinión. ¿Quieres que te canté una canción?
Sin dejar que le respondiese, la acompañante comenzó a cantar.
“Lucecita, que te apagas tanto,
con los años, vuelves a bailar.
En la selva, de los más amargos
Cuando en el campo, vuelven a matar.”
El golpe seco de la puerta al abrirse la interrumpió, con el canto atravesado.
—¿Es que eres imbécil, que no ves que estoy cantando? —le dijo al médico que entró acompañado por Tatiana. Pero nadie podía oírla ni verla.
—¿Qué tal le va? —preguntó Tatiana, de brazos cruzados con su rostro implacable.
—No hay muchas mejorías, todo podría empeorar en cualquier momento. —La voz del doctor era severa. —Deben cuidarla mucho.
—Seguro. —Tatiana le dirigió una sonrisa cordial.
Ali los observaba desde su lugar, pero no decía ni una palabra. La figura de orejas de gato seguía allí, jugando con las cosas de la habitación. Su respiración se entrecortaba por la tensión que continuamente afloraba en su cuerpo, el sudor la quemaba y su sensación de asfixia la mantenía en un estado deplorable y triste. Ella continuaba bastante despierta, en consecuencia, de que no le estaban suministrando tantos calmantes como en el pasado, el nuevo doctor lo había prohibido porque tenía muchos órganos comprometidos. A veces su mente se aclaraba, pero el miedo la consumía, con el temor de que la espada que yacía tras ella le asestara otro golpe. El silencio la tranquilizaba, pero sus fantasmas la habían seguido incluso al hospital y hablaban todo el tiempo.
—Y vaya que te van a cuidar amiga mía. —dijo mientras se volvía a sentar junto a ella, con su larga cola gris y blanco sobre las mantas. —Mira, ya sé aproxima el peor de todos.
Alan entró rápidamente para situarse junto a Tatiana, pero tampoco dijo ninguna palabra. Ali lo vio tal como siempre, con la mirada severa cargada de desprecio y repugnancia.
—Yo me quedare por una hora aquí, pero más ya me resulta imposible. —le dijo al médico, Tatiana tenía el ceño algo fruncido por la incomodidad de la situación.
—Ojalá pueda hacerse un espacio en su agenda, su hermana necesitará toda la compañía posible. —El médico, que parecía contar con más de cincuenta años, le dirigió una mirada triste a la mujer que estaba postrada en la cama, con la mirada perdida y el rostro deformado. Como si se tratase de un cadáver sin vida.
—Eso lo dice usted, pero yo la veo bien. —Alan se fastidió, al ver esa mirada del médico, odiaba cuando alguien se apiadaba de ella. —Tenemos un médico de confianza.
Ali quiso seguir durmiendo, para no oír la discusión, Alan se violentaba si alguien lo contradecía y temía que las represalias fueran contra ella. En su mente, todos la atacarían en cualquier momento, no estaba a salvo en ningún sitio. Alan se excusó nuevamente ante las preguntas del doctor, en especial cuando insistía en contactar con el famoso “doctor “del que hablaba.
—Pasará lo mismo de siempre cariño, seguro te hará daño cuando todos se vayan. —dijo la voz femenina a su lado rascando sus orejas.
Ali pensó una respuesta, pero sus labios no podían moverse a voluntad. Tatiana se encontró a solas con su hermana, sin dirigirle la palabra. Limpió un poco las cosas a su alrededor, pero omitió la presencia de Ali por completo, como si no existiese.
—¿Por qué no nos vamos? —La figura gatuna arañó las paredes.
En su mente, Ali dijo con dolor un “ya lo intenté”.
No podría hacerlo jamás, su mente ya no era suya, su cuerpo tampoco, su dueño era el infierno y ya no podía salir de él. No podía ni siquiera ver con claridad a las personas a su alrededor, porque la vista se le nublaba mientras quería gritar cosas inentendibles. El ataque había sido muy fuerte, no esperaba volver a recuperarse, quizá fueran sus últimos días. Quería que todo terminase, con una ingenua esperanza de que podría comenzar de nuevo si esta historia se terminaba, soñando en la posibilidad de reencarnar en otro ser. Se sentía muy cansada y hostigada por sus fantasmas.
—Ya, terminemos con esto Ali. ¿No quieres ser libre?
Ali la veía con asombro, era tan extraña que la consternaba, su forma de andar era siniestra y elegante, como la muerte misma. Empezó a tararear una melodía triste, que le remontó viejos miedos, en su cabeza los colores bailaban estridentemente, al son de unos tambores agresivos.
—Cielos, como te gusta sufrir Alicia querida. —Su voz rugosa contrastaba con su cola lanuda y suave, incitándola a terminar con su vida.
Sin embargo, algo hacía que Ali tuviese un poco de fuerza, con un gramo de esperanza en su alma, pero más que nada quería ver al niño por última vez, aunque fuera improbable. Era su deseo más fuerte, y se saboteaba con ello, porque ya no recordaba el rostro de su hijo, ni cuantos años tendría, ni como se llamaba. Pero intuía que existía, lo sentía en su corazón cuando le caían las lágrimas de tristeza que desconocía de donde procedían. El temor de que no fuese real le encogía el corazón, y Alan monótonamente le repetía que la única familia que tenía eran solo ellos dos. Su memoria tan dañada la hacía desconfiar de sí misma, y por momentos renunciaba a la idea de que el pequeño fuese real.
Se aferraba a ello, como su última capsula del deseo de vivir, no obstante, no sabía si podría seguir sin rendirse. Para irse con su amiga la gata gris, a un sitio donde nadie pudiese dañarla nunca más.