“Reencuentros”
—Chicas, pueden pasar a retirar su cupón con Francisco, en la oficina del fondo. Hoy hay pastel de espinacas con queso, para la suerte de todos los que queremos dejar de comer tanto pavo. —La mujer sonrió y dejo al descubierto sus dientes blancos. Llevaba puesta una chaqueta que cuero con tachas en las mangas, y una camiseta blanca sencilla y costosa.
La boutique estaba de punta en blanco, los pasillos relucían, obra de una laboriosa mañana. Las prendas recién llegaban se exhibían en las enormes vidrieras, las portaban unos maniquíes de excelente calidad y realismo. El color vino era tendencia en estas últimas semanas, por lo que las combinaciones eran particularmente más hermosas que nunca. Una en particular, que consistía en una blusa hasta las caderas con las mangas holgadas, botones negros y vuelos sutiles en su cuello bote, se robaba las miradas de todos los clientes.
El local llevaba casi diez años en la ubicación más turística de la ciudad, y la ciudad de por si era muy concurrida en vacaciones. Las montañas nevadas y los senderos entre los bosques tenían mucha fama, y eran frecuentemente visitados. Un lugar nuevo, distinto, fresco, en ello pensó Alana al mudarse allí, luego de meditarlo por mucho tiempo. Se estaba acostumbrando a las bajas temperaturas y a que oscureciera temprano, por lo demás se encontraba muy feliz.
Había cumplido veintisiete años, el mejor año para ella. Tuvo que dejar mucho atrás por ese nuevo camino, sus padres no habían vuelto a hablarle con simpatía desde que había partido. Luego de tantos incidentes terribles para su reputación intachable, estuvieron algo decepcionados con ella y nada volvió a ser igual. Para su fortuna, su hermana Paloma estaba viviendo en otro país, uno pequeño y famoso, pero muy lejano. Al comunicarse con ella lograron ponerse de acuerdo, y luego de varias idas y vueltas, Alana partió a vivir con ella.
Fue bien recibida con su hermana, siempre habían sido muy unidas. Se aclimató a todo el lugar en poco tiempo, formó vínculos con los vecinos y comenzó a apreciar esa diminuta y pintoresca ciudad. Amaba con fervor el chocolate que fabricaban allí, contaba con un sabor y color intensos, superior a cualquiera que hubiera probado.
Al tiempo se decidió a buscar empleo, para luego pensar en qué estudiaría. Primero consiguió trabajo en una peluquería que quedaba cerca de su casa, donde la dueña la trataba bastante mal y le pagaba muy poco. Fragmentos de su memoria se esfumaban, como si su psiquis. Recordaba con detalles cosas ínfimas, cortes de cabello realizados a clientas en específico, coloraciones que habían sido un éxito, y sesiones de masaje. Muchos rostros habían sido eliminados de su mente, como signos de pregunta flotando hacia ella.
Transcurrió un periodo de seis meses hasta que consiguió trabajo en la boutique de Elena Pascaelli, algo que era considerado una bendición, por las pagas y el prestigio de ser el local de modas más concurrido y sofisticado de todo el lugar. El uniforme que debía llevar Alana era incluso más elegante que cualquier prenda que las que ella usaba toda su vida. Se trataba de una falda tubo bordo, acompañada con una camisa con bordados delicados y un blazer gris que combinaba a la perfección. Fue entrenada para ser una vendedora cordial, atenta y detallista. Procuraba no hostigar bajo ningún punto a las damas, midiendo su atención dependiendo de las necesidades de cada una de sus clientas.
La jefa a cargo acababa de anunciar que podían retirar los cupones para el restaurante de al lado, otro de los beneficios de trabajar allí. Ciertamente ir a almorzar allí sería imposible para cualquiera, los precios eran demasiado elevados. Pese a ello, los empleados de la boutique contaban con el almuerzo de “Francos y Certeros” cada jornada.
Alana se llevaba de maravilla con ella, como vendedora era muy responsable y eso a su jefa le agradaba. Trabajaba con otras dos compañeras, Marina y Sara, que contaban con más antigüedad en el puesto. Marina llevaba siempre su cabello castaño en una cola alta, y poseía unos ojos azules pequeños que observaban todo con atención. Sara era muy delgada, de cabello rubio casi blanco, y un carácter suave. Conservaban seriedad ante todo y eran competitivas con las ventas.
Adentro la calefacción estaba muy agradable, y Alana prefirió quedarse un rato más en el local antes de retirarse a almorzar. Se sentó en la banqueta de al lado de la caja registradora, donde se anotaban las ventas en una gran libreta. A la jefa no le agradaba que las anotaran en la computadora para mantener el estilo vintage en el local, y procuraba que las empleadas tuvieran una buena caligrafía.
Recordó que debía anotar la última venta, los leggins oxford negros que había vendido en la ultima hora. Divisó a simple vista una anotación curiosa, Marina se había atribuido una venta que había hecho ella, pero eso no era novedad, lo venía haciendo desde hace semanas. Pensaba que quizás Alana no se percataba de ello, pero siempre lo sabía. No sabía cómo decirle que le parecía incorrecto, y como Marina era la sobrina de su jefa la situación se complicaba más. Un callejón sin salida, tenía miedo de que todo empeorara de alguna forma y resultara perjudicada. Ya pensaría en alguna forma, mientras tanto debía rogar porque no siguiera haciéndolo, en vista de que ya le había robado casi de veinte ventas esa semana.
Mientras almorzaba en el restaurante, tuvo la desgracia de que su saboteadora se sentara junto a ella para charlar, era evidente que no creía que hacía nada malo. La actitud un tanto inmadura que siempre había tenido, hacía que muchos pensaran que era ingenua.
—Oh, debo descargarme un buen rato, he tenido un pésimo día. —Empezó a decir Marina, acomodándose al otro lado de la mesa. —Odio tanto a los periodistas.
—No me digas que eres famosa. —Dijo Alana, desdeñosamente.
—Ay tonta, nada de eso. Tienen que entrevistarme por la Boutique, porque soy una de las mejores del personal. —Dejó escapar una risita. —También vendrá a hacerme algunas preguntas ahora, aquí en el restaurant. Puedes quedarte, no permitiré que te niegues.
—Sí, no hay problema. ¿Ya viene? Porque mi hermana tiene algunas cosas que hacer y debo estar en casa.
—Mira, justamente ahí viene.
A paso un tanto desganado, se acercaba un joven de treinta años aproximadamente, con una chaqueta de jeans desgastada que no podía ocultar sus brazos bien formados, unos pantalones sencillos y una camiseta negra, con una motocicleta estampada. Tenía el cabello castaño despeinado hacía arriba, y caminaba con despreocupación.
—Buenas, señoritas… Me llamo Simón Paviano. Les voy a robar un segundo de su tiempo, trabajo en el canal local. —Decía con amabilidad, buscando un lugar donde sentarse, fue a parar junto a Alana.
—Si claro, ojalá seas considerado, no como en la entrevista de ayer. —Le reprochó Marina, acomodando su blusa con tal de marcar más el enorme escote que llevaba puesto.
—Solamente hice una observación, pensé que alguien que trabajaría hace tantos años en un lugar sabría un poco de él. —Replicó Simón arqueando una ceja.
—Enfócate en mí, querido. Una imagen como la mía venderá muchísimo. —Dijo, mirando de reojo a Alana, para que no se le ocurriera decir nada que la opacase.
—Bien, vamos a ver… ¿Qué puedes decirme sobre los productos que se adquieren en la tienda en la cual trabajas? —Comenzó a decir Simón, pero no logro seguir, porque Alana se había levantado de la silla sorprendida.
—¡Tú eres Simón! Yo sé quién eres, íbamos juntos al colegio y vivíamos en el mismo vecindario. —Dejó que se le asomara una sonrisa, y lo miró con los ojos con los que se encuentra a un viejo amigo, pese a que jamás habían hablado.
El la observo con detenimiento, con los ojos tan grandes y misteriosos que lo caracterizaban. Ella supo que no la recordaba, pero no era un grosero y fingió que sí. Quedaron en tomar un café algún día, e intercambiaron números de teléfono. Ambos estaban cambiados, en otro ambiente, prácticamente otro mundo, encontrados al otro lado de sus destinos.
Simón seguía teniendo el estilo tan libre y continuaba siendo igual de atractivo. Ella, había crecido mucho y ahora estaba mucho más madura que antes, pese a que generalmente optaba por vestirse de manera muy jovial.
Ahora algo los había conectado, algún hilo invisible, una cuerda de una guitarra sin afinar, que los llevaría a un cruento tiempo de cambios, desamores y pasiones enredadas.