De Simón en su adolescencia
“Madres desequilibradas”
—¡Odio tanto los días de verano! —repetía por tercera vez Gael, mientras sacudía su cabeza cubierta de transpiración.
—Ya cállate, solo debes usar desodorante y pasaras un verano agradable. —dijo Simón, clavando sus ojos en sus pies.
—Aja, mi mamá me pregunta si vienes a comer. —Revoleaba los ojos, obviando la respuesta.
—Para que te pregunta si por poco vivo ahí —Contestó su amigo, riendo.
Los adolescentes se encontraban sentados en el banco más alejado de la escuela, donde, desgraciadamente no tenían reparo del sol. La piel de ambos estaba enrojecida, y los mosquitos los estaban atosigando. Aquellos dos amigos eran muy similares, ambos castaños, con apariencia un tanto desarreglada, playeras de rock and roll, y pantalones sueltos. Se llevaban muy bien, porque entendían las aristas de la personalidad el uno del otro, y no trataban de cambiarse. Su carácter era fuerte, por lo cual intentaban no confrontarse nunca, y lo venían haciendo bastante bien desde hacía ya tres años.
En la escuela había de todas las clases de grupos de amigos, pero Gael no se adaptaba fácilmente a ninguno y Simón, que, si era más sociable y querido por sus compañeros, ya tenía problemas con los grados menores y debía mantenerse alejado. Su etapa conflictiva ya estaba terminada, pero su reputación lo predecía.
Los dos tenían cierto rencor con los alumnos de su aula, y en quinto año era complicado hacer otros amigos. Simón volvía a su hogar muy tarde, cuando su madre se quedaba dormida, acurrucada en el rincón más oscuro de su cuarto. Podía cenar con sus tíos, que para él representaban a una especie de padres sustitutos, ya que todos vivían juntos.
El escenario pintaba todo de sepias los días calurosos, los profesores daban sus lecciones con el talante más lento posible. Mal día para escoger usar una camiseta negra y gruesa.
—La separación de residuos es un tema importantísimo. —explicaba la profesora de Biología. —Tenemos que ser conscientes, voy a pasar la lista de asistencia para que lean su informe sobre el reciclaje y las actividades que llevaron a cabo.
Algunos pocos ignoraban todo el asunto, y los más responsables ya tenían todo resuelto. Era un trabajo para sumar puntos extra para la materia, por lo cual había bastantes interesados. Los aprobados, como Simón, no se molestaron en hacer el trabajo.
La primera fue Analía, que se levantó de su silla alisando su cabello crespo. Lucía un sencillo pulóver n***o que marcaba su estrecha cintura, y una calza azul, en la escuela no era obligatorio utilizar uniformes en quinto año, por lo cual cada uno de los estudiantes escogía su atuendo. Había optado por hacer composta, una tarea complicada y sin embargo logro un resultado muy bueno. Los ojos de Simón se centraron en ella, con la mirada seria que lo caracterizaba y enfrascaba sus ojos oscuros en un rostro pálido. Siempre le llamaban la atención las mujeres de cabello rizado.
También continuó observándola, cuando recibió las felicitaciones por su trabajo. Ella se percató de su mirada y le sonrió, y el hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. En una ocasión, había golpeado a su hermano, pero al parecer ya estaba todo olvidado para la chica. O puede que no le interesara, después de todo el asunto no era tan grave.
Esto ocurrió por su propia culpa, y él lo reconocía, a veces se sacaba de quicio con tanta facilidad que su ira explotaba y luego se arrepentía de sus actos. El la llamaba “la fiebre familiar”, una personalidad conflictiva que arrastraban junto con su madre.
Gael tenía uno de los peores trabajos, y el fracaso hizo que se pusiera de mal humor. Todo empeoraba por el hecho de que siempre se había sentido atraído fuertemente hacia su profesora de Biología, con sus grandes caderas y su voz aterciopelada. Su mejor amigo intento animarlo, pero fue en vano. Una de las oraciones del resumen que leyó frente a todos, resulto ser un auténtico disparate, y provoco una carcajada general. Aborrecía cuando eso pasaba, y no podía olvidarlo fácilmente. Simón supuso, que en su casa se echaría a dormir y se le pasaría, dejándole la computadora para el solo. Estas cosas pasaban siempre, porque su amigo parecía no conectar bien las palabras e imaginaba respuestas disparatadas siempre que se le daba libre albedrio para hacer alguna tarea.
Cuando ya estaban por salir, el sol se ocultaba y corría un viento fresco. Los estudiantes siempre se reunían en la plaza del frente al terminar el horario escolar. Esa plaza era el hogar de Simón en bastantes ocasiones, cuando su amigo tenía otros planes y no podía recibirlo en su casa. Si se sentaba en el pasto por más o menos una hora, algún conocido pasaba y le hacía compañía o lo invitaba a su casa. Cuando nadie pasaba, decidía volver a su casa un tanto desanimado.
Esta sería una de esas ocasiones, y lo comprendió cuando vio el auto de la madre de Gael en la entrada de la escuela. Seguramente se irían a otra parte, y él tendría que hacer otros planes. Estuvo un rato hablando con sus compañeros en la fuente de agua, hasta que una chica de cuarto año ocupó toda su atención. Se trataba de una rebelde joven que estaba repitiendo el año, por lo cual sería un año menor que el, que también se había quedado de curso en una ocasión. Él se interesó mucho en ella, y quedaron en verse por más tiempo otro día.
Algo que era de admirar, era su capacidad para hablar con cualquier persona. Siempre encontraba temas de conversación, la gente siempre lo encontraba agradable cuando poseía estabilidad mental. No era difícil para el en este último año, incluso había dejado de pelear con desconocidos en línea, algo que le maravillaba. Estaba progresando bastante, y se adentraba a una vida más tranquila.
Caminaba aproximadamente seis cuadras, dando algunas vueltas en círculos para hacer un poco de tiempo. Sus pensamientos se centraban en la chica a la que estaría acechando esta semana, su nuevo interés. El vecindario ya estaba familiarizado con él, y muchos le tenían aprecio desde que era un niño. Su casa era de color verde musgo, de tamaño mediano, acogedor y con un balcón de rejas rojas en la parte del frente. Adentro, lo esperaba su tía, que merendaba tranquila en la mesa del comedor.
—¿Cómo le fue a mí príncipe? ¿Ves que el castillo haya cambiado un poco? —preguntó en voz alta a su sobrino, que la miraba compungido, una mezcla entre ternura y vergüenza.
Simón miro a su alrededor, había flores en el jarrón del jugo, se dijo a si mismo que debía sacarlas de ahí. Debía haber sido obra de su madre, deseaba que ya estuviera dormida.
—Todo bien. —contestó el, encaminándose al sillón para prender la televisión. Sus ojos grandes y oscuros enfocaron en el techo antes de decir con severidad su respuesta. —Ya no soy pequeño tía, no hay castillos ni príncipes.
Un grito profirió de la última habitación de la casa. Tan irritante que ambos tuvieron que taparse los oídos.
—¡Otra vez los gritos del aquelarre del fondo!
Decía la mujer mientras se servía otra taza de chocolate caliente y le ofrecía una a su amado sobrino. El hizo ademan de rechazarla, pero la tomó y sonrió.
—Si nos deja mi mamá, podemos seguir viendo la serie que estábamos viendo el otro día.
La tía asintió y caminó hacía el último cuarto, para volver con el control remoto en sus manos. La madre del chico, bautizada como Alicia y apodada Ali, solía custodiar el control remoto para que nadie pudiera ver la televisión. Pero en esta ocasión la operación de rescate había sido todo un éxito. Se oían continuamente sus gritos de rabia, a veces se transformaban en llantos, pero eran ignorados por todos los integrantes de la casa. Los ruidos provenientes de una furia irracional, de una violencia incontrolable, reinaban en aquel cuarto apartado de la ilusión de un hogar.