Capítulo 2 De Alana en su adolescencia

1187 Palabras
De Alana en su adolescencia Alana se preparaba para ir a su clase de piano. Otra vez el calor, que la agobiaba hasta el punto de querer explotar. Cuando la temperatura subía, comenzaba a dudar en que ponerse y se mortificaba. Tampoco podía ver su rostro de forma correcta, ante un espejismo confuso que conspiraba para odiarse. —Hola de nuevo, ¿Es que no habrá un día amable? Dijo, pausadamente, frente al espejo de su habitación. Montañas de ropa en su cama, frutos de una desesperada situación, el sol no la dejaría salir con mangas largas. Recientemente había regalado todas sus camisetas, diciendo que no quería utilizarlas nunca más, porque no le quedaban bien. Con ayuda de un listón, peinó su rebelde cabello rubio y ondulado. Ya teniendo resuelto su peinado en dos coletas, aclaró sus otras ideas. Sabía que prepararse durante tantas horas era superfluo, y se sentía hueca por dentro. Era inteligente, quizás no de la manera más convencional, pero el poner su aspecto en primer plano la avergonzaba. Cuando salía de casa, era una chica espontánea y alegre, por eso es que se encontraba fragmentada en su hogar. Sus amigos jamás se imaginarían que antes de verlos pasaba horas sumergida en la desesperación y la ansiedad. Su madre le había dejado galletas y té en la mesa, para que pudiera comer un poco antes de irse. Engulló unas cinco al hilo y salió al mundo a realizar sus actividades. Tenía cierto grado de emociones cruzadas, pronto cumpliría dieciocho años, y sabía que eso conllevaría a una gran celebración en su familia conocida por ser la más tradicional del vecindario. Ya imaginaba su vestido, con los colores vivos que tanto le gustaban, podría ser rojo o de un azul eléctrico. Sus senos habían crecido bastante, tanto que ya no le entraban sus playeras. Lo mismo había pasado con sus glúteos, ahora tan formados. Pero era muy vergonzosa, y en este último tiempo optaba por vestir prendas sueltas. El calor hacía que se su busto se pegara a cualquier camiseta y se traslucía su sostén, aumentando su incomodidad. El camino que conducía a la casa donde aprendía piano era bastante largo, y a ella le agradaba ir caminando, podía observar un poco el vecindario. Nunca pasaba nada muy interesante, a lo sumo cruzaba un par de personas conocidas y nada más. Cerca de la “casa musical”, como ella la llamaba, vivía un extraño chico de cabello castaño, piel muy clara y ojos enormes que portaban cierta severidad. Se había fijado en el en muchas ocasiones, pero todos sabían que convivía con su madre demente y tenía muchas chances de estar loco también. Por lo cual jamás le había hablado, sumado a que su personalidad no iba con la suya. Siempre vestía con chaquetas o sudaderas negras, u oscuras, playeras de bandas de Rock and roll, y zapatillas sucias. Un aspecto desalineado que acompañaba con hábitos dañinos, siempre lo observaba fumando o con una botella de cerveza en el balcón de su casa. Al parecer solo tenía un amigo a quien frecuentaba seguido, por lo cual era más raro aun para ella. Su mejor amiga, Ileana, estaba perdidamente enamorada de Simón desde que lo conoció. Era un tipo intrigante, bastante conflictivo, un estudiante regular, y de tan mal genio que jamás se fijó en ella, una chica tan simpática y aplicada. Las veces que se encontraron, el mayormente escuchaba música con sus auriculares y sonreía de manera engreída. Acotaba un par de frases cínicas por momentos, y le decía que le gustaba su cabello rizado. Fumaba cigarrillos baratos, con un olor pestilente, y tan solo en la primera cita, quiso besarla por sorpresa agarrándola por la cintura. Vaya decepción se llevó la pobre Ileana, no era ni de lejos un chico romántico y dulce. Alana tenía otras preocupaciones, demasiado en lo que pensar. Le gustaba mucho leer, estudiar, tocar el piano y pintar su ropa a mano. Además de sus pasatiempos, contaba con muchísimos amigos, que se reunían muy seguido. El más afín a ella era Santiago, su compañero de Piano, con el que compartía muchos gustos musicales. Él estaba allí cuando llego a su clase. —¡Hola! ¿Cómo va este día tan soleado? Es una pesadilla. —saludó el chico, contaba con diecinueve años y un talento prodigioso para los instrumentos musicales. La joven ladeo la cabeza, este era su gesto característico. Sonrió y se sentó en su escritorio antes de contestarle cualquier cosa. El lugar era muy amplio y limpio, las paredes y el piso blancas fusionaban todo el ambiente en claridad. —Vaya que sí, no le dan ganas a uno ni de existir. —contestó, al tiempo en el que usaba un libro como abanico. —¿Aprendiste alguna canción nueva? —Realmente no, es que estuve demasiado ocupado… —Santiago sonrió con sarcasmo. —¿Qué estabas haciendo? Si se puede saber. —dijo Alana arqueando una ceja. La tensión subía. —Yo tuve un retiro espiritual, veras, conocí a una chica genial. —Hizo una pausa para aclarar su garganta. —Te agradaría, también escucha indie. —Yo no escucho eso. —Su contestación hostil, dio lugar a que el la observara con asombro. La maestra interrumpió la plática, con su gruesa voz de mando. En aquella aula había siete estudiantes, pero Alana solo se relacionaba con dos, Santiago y Miranda. Ella poseía el don de la simpatía que heredó de su padre, un conocido periodista deportivo. Por su mente pasaban muchas cosas, hacía tiempo que observaba a su amigo con otros ojos. Le molestaba demasiado el hecho de que pudiera tener una novia o algo así, ella tenía pensado decirle que salieran, pero ahora sentía algunas inseguridades. Pese a sus miedos, decidió acercarse a él cuándo tomaron el receso de media clase. —Bueno, si no te molesta yo iba a invitarte a algún sitio este fin de semana. —Sin darse cuenta sus mejillas se estaban enrojeciendo. —Estaré ocupado, chica, quizás en otra ocasión… O si tienes mucha desesperación podemos hacer algo en la salida. —Guiñó un ojo, echando la cabeza hacía atrás. —Puedes venir a mi casa. —Ahí estaré amigo, procura no fallarme. —Eso nunca pasará, chica de peinado extraño. —contestó Santiago, jalando una de sus dos coletas. —Deberías dejarte crecer el cabello, te sentaría mejor o alisártelo también. Fue algo molesto para ella, sabía que se comportaba de una forma inmadura, pero esa era su personalidad y todavía no estaba lista para ser toda una adulta madura. Su estilo era bastante particular, pero nadie nunca le había dicho nada al respecto. La sala se vaciaba lentamente, la luz se atenuaba y el blanco de todo el sitio empequeñecía. Alana sentía los nervios a flor de piel, a pesar que ya había tenido montones de encuentros con otros muchachos, las mariposas en su estómago no eran coincidentes con el amor y lo comprendía. Antes de salir a su encuentro, corrió al lavabo a soltarse el cabello, un pequeño acto de bienvenida a sus próximos dieciocho.  
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