Capítulo 1 De Ali en su juventud

1659 Palabras
De Ali en su juventud “El amante esperado” La noche estaba tan desolada en la gran ciudad. Los autos más modernos andaban sin ninguna dificultad, mientras los más añejados y deteriorados batallaban contra la lluvia helada. Entre las piernas de la dama yacía una libreta desbaratada, receptora de muchos apuntes valiosos. Tarareaba una canción, mientras desenredaba su cabello azabache y voluminoso con sus dedos de porcelana. Por su mente rondaban algunas cuestiones, decisiones, trabajo que hacer por la mañana. Nada urgente, la noche lluviosa era perfecta para una buena comida y una película antes de dormir. Nunca había sido de ir a fiestas y tampoco contaba con muchos amigos, por lo que pasaba desapercibida en casi todas partes. Ya debía ocuparse de estudiar por la mañana, ya podía tomarse unas vacaciones de sus estudios, aunque cargara con otras inquietudes. Con veinte años miraba toda una vida por delante, un inicio ferviente hacía los senderos del destino. Pensaba en ello justamente cuando divisó una luz parpadeante frente a ella. En su espera por un ómnibus, ya había transcurrido casi media hora. —Que hace una chica tan linda esperando el transporte. —Una voz familiar habló desde un auto, bajando la ventanilla. —Anda, sube. Está fresco como para que te quedes sola aquí. Las espinas de la ciudad asomaban, el tiempo se pausaba por unos segundos para la chica de la libreta deshojada. La soledad abrumando, al mismo tiempo en que una melodía misteriosa conformaba una canción lenta. Los pies de la joven avanzaban hacia el auto, el caballero era un conocido de su trabajo. Alto y fuerte, moreno y de ojos color miel, era todo un conquistador entre sus colegas, y su personalidad racional corroboraba que era un buen partido. Un seductor implacable, incluso la chica más intelectual de toda la oficina estaba corriendo hacia su auto en esos instantes. —Oh, eres muy amable en llevarme. —Humedeció sus labios para continuar. —Bueno, este es uno esos días donde el ómnibus se retrasa. —Sumergió su mirada en los brazos de su acompañante, sin reparo a incomodarlo, era su debilidad. —Sin problemas. —Le dijo Aarón, enfocándola con sus ojos color miel, transportándola a una atmosfera liviana y seductora. —No creas que te saldrá gratis cariño, deberás cenar conmigo. —El esbozó la más encantadora de todas las sonrisas, mientras acariciaba suavemente su rodilla con la intención de que la dama se quedara. —Claro, sería genial, pensaba comer algo y ver alguna película, pero puedo cambiar el plan. —Suspiro internamente, estaba planeando aquel momento. —Podemos ver algo juntos. Me gustan las películas antiguas. —A mí también, el cine es una forma de que la cultura fluya por nuestras venas. —Guiñó un ojo. —¿Cómo vas con el estudio? —Muy bien, esta ya es mi licenciatura en Ciencias políticas. Se me hace muy fácil. —Hizo una pausa para acomodarse en el asiento, esforzándose en no verse nerviosa. —¿Has visto alguna francesa? —¿Mujeres o películas? —Contestó riendo, estaba muy relajado. —Bromeo, claro que he visto de ambas… Pero también he visto mujeres demasiado listas para caer en un chiste tan malo. —Volvió a acariciar la pierna de la joven, esta vez por un tiempo extenso. —Fue un tanto divertido, yo también he visto toda clase de franceses. —Le devolvió el guiño, ahora no batallaba con sus nervios, sino con aquel roce de esas manos que estaban en su pierna y comenzaban a enloquecerla. —Hablando en serio, me parecen muy originales las películas de las que te hablaba. —Sí, he visto muy buenas. Te sorprenderá saber que el cine tailandés también es excelente. Debo preguntarte que cenaremos, así pasamos a comprar algo antes de llegar a mi casa. —Pueden ser pizzas, hace mucho que no me siento a comer una, estuve estudiando bastante. —Entonces así será, llevare tres, aunque no las terminemos rápido, quizás las necesitemos luego. —Dejó escapar una risita disimulada —Es porque suele darme hambre si me quedo despierto hasta pasadas las doce. —A decir verdad, yo también estoy pasando algunas horas fuera de casa. Pero vivo con mi hermana y su novio, nunca notan mi ausencia. —Notó que estacionaron en una famosa pizzería, que no quedaba lejos de su hogar. —Compra de doble queso, me encantan. Al verlo alejarse, se relajó para retocar su maquillaje casual. Resaltando sus ojos verdes con un poco de delineador, y un sutil lápiz labial oscuro. Agradeció el tener ropa más o menos presentable para la ocasión, su polera alta verde oscuro favorecía sus senos, y parecían más redondeados que nunca. Le preocupaban sus pantalones, que dejaban ver un vientre que no era del todo plano, y tenía cierto complejo con eso. Se dijo a si misma que debía controlar sus emociones y dominar esa terrible ansiedad por llegar a la casa de Aarón, su colega de la oficina del que estaba interesada desde hacía ya un año. Cada minuto se le tornaba inquietante, quería saber qué sucedería entre ambos si se lo permitían, si se dejaban llevar. La caricia que le había dado, logró excitarla con fervor en unos pocos segundos. No hablan continuamente, pero las veces que sucedía notaba que le agradaba, solo que el poseía muchos intereses amorosos. A veces se sentía afligida, inventando historias en busca de excusas para estar a solas con él. Dejando de lado la atracción física que sentía, había algo más profundo que la movía a querer adueñárselo, aunque sea por un corto tiempo. Notaba como las otras mujeres lograban conquistarlo, y los celos siempre rondaban, pero no estaba desequilibrada como para perder la razón por un hombre. Aunque no se trataba de un hombre común y corriente, su aspecto tan formidable, a la vez amable y dulce, e interesantes temas de conversación surgían de el a cada momento perfeccionando todo su ser. Pudo ver por la ventanilla que se acercaba, y rápidamente se encontraron en su casa. Se trataba más específicamente, de un departamento amplio, en el centro de la ciudad. Un noveno piso, de color ocre, pulcro y confortable. La sala era un tanto estrecha, con una decoración muy buena, se podía apreciar que allí había vivido una mujer antes. Se sentaron en la mesa de madera oscura y brillante, iluminados por un farol chino que emitía una luz colorida. Platicaban sobre toda clase de cosas, ella daba vueltas con conversaciones complicadas que él se esmeraba en comprender. La película que escogieron fue una comedia romántica, con la que rieron a carcajadas y estuvieron a punto de llorar en varias ocasiones. La chica se dio cuenta de que allí podía ser ella misma, a Aarón le encantaba, y eso hacía que se relajara mucho. Incluso se había sentido libre de elegir ver la película en su dormitorio, porque allí estarían más cómodos. Cuando el tomo la iniciativa, se percató al instante y se dejó llevar, cumpliendo esas fantasías que estaba guardando desde hace tiempo. Con las manos debajo de las sabanas, se las ingenió para voltearla y darle un masaje en la espalda. El cabello azabache de la dama caía cual cascada en su espalda, haciéndole cosquillas. Las manos comenzaron a masajear su delicado cuello, con suavidad y luego con firmeza, formando un equilibrio entre las sensaciones. Acercaba su cuerpo hacía el suyo lentamente, hasta que ambos estuvieron casi unidos, el continuaba trabajando en su cuello, al tiempo en el que movía su cuerpo lentamente hacía los muslos de su compañera. Ella se inquietaba, desbordaba ansiedad y su sexo estaba completamente mojado, pero él se estaba tomando su tiempo. Poco a poco llevo sus manos hacía sus pechos, levantándolos y acariciando sus pezones con fuerza medida. Los sutiles gemidos emergían desde la habitación, la pasión incrementaba. Cuando hubo sumergido sus dedos en aquella cavidad tan húmeda, se dio el permiso de comenzar con el acto más intenso. Había estado introduciendo su m*****o entre sus muslos, para oírla gemir con más fuerza, quería que lo deseara hasta un punto extremo, que estallará cuando culminara todo. Se ubicó sobre ella y profirió a iniciar, una y otra vez, apoyándose en ella para morder levemente su cuello. Flotaba en la humedad de su interior, cada vez que sentía sus penetraciones tan firmes, el placer rozaba cualquier limite. Sus músculos se tensionaban y se dejaba venir, y cambiaba de posición para gozar hasta que el terminase. El desafiaba todo concepto que sentía sobre su cuerpo, se sentía en las nubes y plena, nunca antes había experimentado con un hombre que la hiciera acabar tantas veces en una sola noche. Suponía que era porque lo había deseado por mucho tiempo. La pausa para volver a continuar fue una pesadilla, quería volver a aquella cama de inmediato, volver a sentirlo dentro suyo. Pensó que no soportaría vivir sin la humedad que él le provocaba, la cúspide del placer. Sin embargo, él se retiró al comedor, ya vestido, negándole con su retirada un próximo orgasmo. Comenzó a comer la pizza que había sobrado, en el sillón del balcón, invitándola con amabilidad a sentarse junto a él. Pero la dama no se daría por vencida tan fácil. Salió de la cama completamente desnuda, se quedó de pie a su lado y sujetó una rebanada entre sus manos. Su estrategia fue exitosa y el no pudo contenerse, al tomarla entre sus brazos mientras se preparaba para otro acto. Allí, frente a las miradas de varios de los vecinos del edificio, ambos se fundieron una y otra vez, con una excitación más grande que antes. El aire se inundaba del aroma de la pasión más explosiva, que gestaba una relación intrincada. Aquel fue el día en el que Ali Paviano se enamoró del futuro padre de su hijo, Simón, dando paso a la historia de amor imperfecta que le había tocado.
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