Capítulo 6 De Alana en su adolescencia

1104 Palabras
“Permisos concedidos” Alana tenía una cita con su amigo de piano, y se encontraba más alborotada que nunca. Una adolescente infantil que se aproximaba a una madurez repentina. Fueron al cine de la ciudad, para ver una película de acción popular. Ella compró algunos snacks y él se encargó de las bebidas, y entraron de prisa a ver la primera película que estaba disponible. La sala estaba prácticamente vacía, la película no era del todo interesante y hacía mucho calor. Pero eso no impedía que se divirtieran, entre risas y charlas, se fundían en besos apasionados. Luego de hablar bastante, ella perdió por completo el interés por él, la chispa se había apagado. Fueron al parque un rato, y ella intento seguirle todos los juegos para no parecer rara, pero su interés no volvió a despertar. —Bueno, ¿Qué tal te la pasaste? Chica rara de peinado horrendo. —Sonrió, y la observo con cautela. —Fantástico. —Contesto ella risueña. —Mira, en el parque no hay gente, podemos hacer payasadas. —dijo al tiempo en el que se dispuso a bailar desenfrenadamente. El la observaba, sin que ella se percatase de que sus pechos se movían hacía arriba y hacia abajo sin parar. Santiago estaba completamente excitado, y no notaba ni un poco el desinterés de ella tan repentino. La sentó en sus piernas a modo de juego, mientras con disimulo movía el cuerpo de la chica. Alana no notaba nada de esto, con una extraña inocencia, pero estaba divirtiéndose bastante. Cuando se percató de las intenciones de Santiago, optó por ver hasta dónde podía llegar. Quería dar de que hablar, después de todo siempre era catalogada como la más infantil e incluso tonta de toda la escuela. Si estaba en público, imaginaba que la gente la vería mucho más madura. Tenía el juicio bastante nublado y se emocionaba por su fiesta de dieciséis, que pronto se celebraría. Alana tomo las manos del joven y las condujo hacia sus pechos mojados de transpiración. El apretó con fuerza ambos y empezó a moverlos de arriba hacia abajo. Ella saltaba en sus piernas sin vergüenza, sintiendo el m*****o erecto en sus muslos. Continuaron un rato, hasta que el sugirió ir a su casa. Pero Alana ya no sentía más interés, nuevamente, y quería estar sola. Él se enfadó mucho, e intento convencerla de quedarse, pero no había caso. Ante tal rechazo, la ira lo cegó y bajo los pantalones de la chica abruptamente, junto con sus bragas. Ella quedo al descubierto, casi desnuda de no ser por su sostén, su camiseta y su calzado. No le permitía subirse los pantalones, sujetándola con una mano y con la otra acariciando su vientre. La sorpresa y el viento entre sus partes íntimas crearon un ambiente de excitación para la joven, que jamás había experimentado nada así. —No dejaré que te subas los pantalones a menos que me des una buena razón. ¿Por qué me rechazas rubia? —Acaricio la entrepierna de Alana con suavidad, provocando un gemido que hizo que sonriera con aires de ganador. —¿Mira si alguien nos ve? —contestó avergonzada, mientras intentaba disimular que comenzaba a excitarse. —¿Ves alguna casa? ¿O alguna persona? Tenía razón, allí no vivía nadie porque recién estaban limpiando los terrenos de alrededor para empezar a construir. Era una plazoleta abandonada más que un parque, y casi nadie iba allí. Su orgullo hizo que fingiera disgusto. —Bueno, supongo que no te importará estar así todo el día, guapa. —decía al tiempo en que introducía sus dedos en el interior de su vulva, que estaba totalmente húmeda. —Esfuérzate, que no me está gustando para nada. —dijo ella, mientras se movía lentamente al ritmo del tacto del joven. —Sigo entonces, pero eres una cobarde. —La miró con una sonrisa burlona, mientras hundía sus dedos más profundamente. Sentía como la chica se estremecía de placer. El sudaba por el calor del ambiente, combinados con el momento. —Ah, eso crees. ¿Y por qué? —Porque no te estas soltando, y ya se hace de noche. Me parece que me dejaras, así como estoy. —Sería lo mejor, no me atraes en lo absoluto. —Mintió ella, aunque fue bastante creíble. —Debí imaginármelo, tienes el complejo de princesa que solo se calentará con un príncipe del que está enamorada. —Con la mano con la que sostenía sus pantalones, cambió de posición para sostener sus glúteos, masajeándolos con dureza. —Luego te casarás, ay serán tan felices. —Por favor ya cállate, eso no es real. No sabes quién soy. —Después de esto, se subió la camiseta y el sostén, dejando al descubierto su busto desnudo. El abrió los ojos como platos, pensando que ya tenía ganada la jugada. Ella, aprovechando la ocasión, se subió los pantalones rápidamente y bajó su camiseta. Se apresuró a correr de allí, dejando solo a su reciente amante, lleno de preguntas. Se dijo a si misma que le había encantado esa experiencia, y que debía repetirla lo antes posible. Corría hacia su casa, que no quedaba demasiado lejos, pero rápido se quedó sin aliento y quería descansar. Se sentó en la tapia de una gran casa que se situaba en una esquina. Miró hacia arriba satisfecha, había cumplido su objetivo y la cosa no llego a mayores. Centró su vista en el pino frondoso de la casa, era muy hermoso y perfumaba todo. Una voz interrumpió sus pensamientos. —Que estúpida eres, te daré lo que te mereces. —Santiago tenía la cara roja por la ira. Agarró a Alana por los hombros y la sacudió. —Suéltala niño, ¿No crees que está mal pegarle a una chica? —La voz de la mujer era gruesa, casi ronca. Su complexión era robusta y su cabeza estaba cubierta de canas. El chico se alejó maldiciendo, y la mujer invitó a la chica a entrar a la casa. Alana dudó por un momento, pero se decidió a entrar, no quería ser grosera. Los ojos azules de la mujer eran acogedores y parecía ser buena, por lo cual confío en ella fácilmente. Eso fue lo último que recordó, luego sus memorias se remontaban al delantal a cuadros de la señora, y nada más. Se despertó en la tapia nuevamente, con un listón amarillo y una flor en las manos. Su ropa también había cambiado, llevaba una camisa a cuadros ancha y un pantalón n***o con bolsillos, muy maltratado. Confundida, alterada y lo más importante, sin un gran mechón de cabello.
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