Capítulo 7 De Ali luego de ser madre

1328 Palabras
“Ten cuidado” El pequeño Simón corría a los brazos de su madre, que se encontraba sentada en el banco del parque. Su tía Tatiana también estaba allí, con algodón de azúcar para él. —¡Mira lo que te compró la tía! Un algodón para el fante de la familia. —dijo Ali, ese era el apodo que le habían puesto a su pequeño hijo, que no pronunciaba bien la palabra “elefante”. —Celeste amarillo. —decía alegremente Simón, al tiempo en que las tomaba con ambas manos. —Mamá, ¿Quieres? La madre tomo un trozo de algodón de azúcar, pese a que nunca le había gustado mucho. Simón era fanático de ellos, y le gustaba compartir todo con su madre, se trataba de un pequeño de tres años después de todo. Se sentía sumamente responsable aquel año, habían pasado tantas cosas, tantos altibajos. Pero su hijo le daba las fuerzas que necesitaba para continuar, podría superar todo el romance trágico que acontecía en su vida, y remontarían juntos su vuelo. Era un camino diferente al que pensó que tendría y había planeado, pero nada en esta vida era completamente rígido para ella. Mientras se encontraba sentada en el banco rojo, rodeada de las margaritas que crecían en el parque, Ali pensaba y sus sueños la hacían poder flotar. Florecer, esa era su meta, volver a encontrarse y amarse a ella misma. Amaba tanto a su hijo pequeño, y él contaba con un buen carácter, que no la hacía tener que trabajar mucho. Siempre estaba tranquilo, y jugaba mucho solo, pero también era muy afectuoso. Su color favorito era el verde, por las plantas y le decía que quería convertirse en hormiga o elefante cuando fuera grande. Veía siempre dibujos animados hasta tarde, y aquello a veces molestaba a su madre, pero tenía una fuerte capacidad de convencimiento, por lo que siempre se salía con la suya. Tatiana paseaba por el parque con su perrito caniche, blanco como la nieve. Llevaba unos pantalones sueltos y una sudadera gastada, estaba aumentando de peso y su cabello se estaba volviendo opaco y pajizo, pero lo atribuía al estrés. Últimamente se fastidiaba por cualquier cosa y trabajaba poco, estaba muy unida a su pareja en el sentido económico. Alan era tan severo con ella, que no era de extrañarse su falta de alegría. Pese a ello, su hermana y su sobrino significaban para ella el amor más incondicional. —Tati, ¿A qué hora nos recoge Alan? —preguntó Ali. —Supongo que a las siete, dijo que salía de trabajar a esa hora… —Hizo una pausa para beber agua, luego alisó su cabello con las yemas de sus dedos. —¿Crees que para la cena Simón quiera comer hamburguesas? Así paso a comprar antes de ir a casa. —Yo digo que sí. —Interrumpió el niño, jugando con unas rocas en el suelo. —Sabes Ali, olvidé por completo decirte que te llamarón del trabajo, al parecer olvidaste algo. —Uy, no me lo digas, he estado con la cabeza revuelta. ¿Me cuidas al pequeño por unas horas? Yo voy directo a casa. —Claro cariño, no es problema. —La voz dulce de su hermana hizo que se reconfortara. Ali se despidió de su hijo y se encamino a esperar un taxi. Se preguntaba que habría olvidado, y aun mas quien habría llamado, porque su hermana se olvidó de decirle. Esperaba que fuera Sofía, su amiga más cercana, con la cual compartía más confianza que antes. Ella había sido muy comprensiva con su situación y la apoyaba siempre en el trabajo. La oficina no era la misma que en otros tiempos, cuando todo estaba tranquilo y ella era una joven enamorada. Sus caderas se habían ensanchado un poco, y las orejas se estaban quedando en su rostro por el cansancio. Otra, etapa, sería diferente y emocionante para su pequeña familia. No quería recordar muchas cosas, pero debía hacerlo de vez en cuando por las distintas circunstancias que atravesaba. Leila le hacía la vida imposible, incluso por mensaje de texto, y a veces quería enfrentarla, incluso golpearla, sino fuera por su hijo lo haría. Se sentía sola por momentos, deseaba el calor en su cama, un abrazo por las noches, y un beso para comenzar las mañanas. No podía remplazar ese sentimiento, y encomendaba su camino a la suerte del amor. La sombra de los días pasados la seguía en las horas de soledad, cuando no podía cubrirse con ninguna manta ni ocultarse de sus miedos. Cuando llegó, Leila se encontraba sentada en los escalones del edificio. Tan alto como siempre, gris y crema, erguido en medio de la ciudad, su segundo hogar la veía llegar en un horario no laboral. Decidió ignorar a su compañera, no obstante, escucho el sonido del auto que se detenía, la voz de su amante llamando a otra, y las risas provenientes de un gozo ajeno. Aquella voz hizo que palideciera de pena, y la obligo a seguir caminando con orgullo, ignorándolos. Fue mucha sal para una herida, que apenas sanaba con lentitud. Llegó a la sala con la secretaría rápidamente. Antes de hablarle se miró en el gran espejo de la sala, se veía tan distinta, los años parecían haberse triplicado. Sus jeans estaban manchados con la tierra del parque, y no le favorecían a su trasero, su camisa quizás anticuada le agregaba algunos años. Se había cortado el cabello muy corto, una decisión repentina el año siguiente al del nacimiento de su hijo. Lidia, la secretaría sonrió cuando la vio, le tenía mucho aprecio. —Querida, ¿Cómo estás? —dijo, mirándola con sus grandes ojos negros, llevaba un labial coral muy sencillo y los ojos delineados. —Hola Li, estoy bien. ¿Me he dejado algo aquí? —No que yo sepa, puedes entrar a la oficina si quieres, a lo mejor se me ha pasado. —contesto Lidia con la amabilidad que la caracterizaba. Ali entró con delicadeza, para no emitir demasiados ruidos. Últimamente adoptaba la costumbre de ser más silenciosa, más pequeña. Estaba vacío, y fue sencillo descubrir que no había olvidado nada, porque allí no había nada suyo. Los escritorios de cada uno ya habían sido ordenados y limpiados, por lo cual sería fácil ver algo fuera de lugar. Se sentó por unos momentos en el escritorio de Aarón, donde había una foto de el en la playa con uno de sus perros. Una pequeña travesura, y se metió la foto en su bolsillo, para un último recuerdo. Al hacerlo se sintió una niña, y aquello la sonrojo, pero el recuerdo era valioso. Extrañaba tanto estar entre sus brazos, sentarse sobre el para besarlo, abrazarlo por la espalda. A veces quería regresar al mejor año de su vida, cuando todo parecía tan maravilloso y perfecto. Ahora todo cambiaba, incluso otra mujer lo conquistaba, lo hacía sentir vivo. El camino a casa fue rápido, el taxista muy cortante y el perro de su hermana le había rasgado la camisa antes de entrar. Las huellas del pasado marcaban sus pasos frecuentemente, y lamía sus heridas con recelo. La esperanza de un mejor paisaje encaminaba en un sueño confuso, divagante. Iba a justamente a introducir la llave en el cerrojo cuando escucho una conversación muy curiosa. —Bueno Simoncito, tu mamá casi nunca tiene tiempo para ti, es una pena. Pero aquí estamos nosotros para ayudarla. —Te quero tía. —dijo el niño, concentrado en otra cosa, seguramente la televisión que estaba encendida. Un ardor en la garganta la hizo toser, y un sudor frío cayo en sus ojos, sintió miedo. Un presentimiento, algo irracional, una duda que no se iba. Tenía que seguir en pie, entrar y volver a su normalidad, a su hogar. Las ganas de abrazar a su hijo fueron incontrolables, y Ali entró por la puerta como un rayo. Su pequeño la esperaba en ese entonces.
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