No había sentido ningún malestar que me pudiera hacer pensar en que era posible que estuviera embarazada. Es cierto que la menstruación se me había cortado, pero eso no era garantía de que dentro de mí hay un bebé. —¿En qué tanto piensas, tía Zoé? —En nada, mi vida. Lo mejor es que sigas comiendo, a mí ya se me quitó el apetito. —¿Acaso he dicho o hecho algo malo? Si es así, espero que me puedas perdonar. —No, mi vida. No te preocupes que todo está bien, solo llamaré a la farmacia para pedir peptobismol. —Así que te dio el mal del puerco, bueno, al parecer la débil es otra y no yo después de todo. —Sí, es cierto. Soy débil y me dio el mal de puerco, al menos eso espero. Llamé a la farmacia y para disimular le pedí un frasco de peptobismol con una prueba de embarazo. Tenía que salir

