Zedd- Años atrás (octubre del 2011)
—Hoy me toca turno vespertino—dijo mi madre, dandole un sorbo a la sopa que comía con rapidez.
—De acuerdo, mamá—respondí, clavando mis ojos sobre mi propio tazón de sopa—Cuídate, ¿si?—volví a decirle, dirigiéndome hacia ella.
Se levanto de la mesa del comedor, en donde nos encontrábamos comiendo y acercándose hacia donde me encontraba sentado, me implantó un beso en la frente, mirándome con ternura.
Mi madre había quedado embarazada de mí a muy temprana edad. Muchos la juzgaban de imprudente e inmadura, ya que solía meterse en problemas y tomar malas decisiones, en especial con los hombres. Y sí. Así era. Por más que amara a mi madre, no podía negar lo que decían de ella. Sin embargo, como su hijo, también podía ver todas las cosas buenas que ella tenía. Era amable. Bondadosa. Trabajadora. Fuerte. Y siempre veía por mí. La admiraba, porque a pesar de todo lo que le había tocado enfrentar, desde muy joven, no se había permitido amargarse. Siempre lucia con una hermosa sonrisa, que resplandecía sobre su terso rostro trigueño.
A mí, con 5 o 15 años de edad, siempre me había tocado cuidarla. Protegerla de los problemas que aveces podían surgir. Protegerla de los ex novios dementes, que en su momento, la maltrataron, de todas las maneras posibles. En especial, la ultima relación que había tenido. Yo la había cuidado de aquel infierno que le había tocado vivir con ese hombre. Su ultimo ex novio. Había hecho hasta lo prohibido, para protegerla, pues este había sido un completo monstruo. Y yo era capaz de hacer lo que sea por mi madre. Así que tuve que encargarme del monstruo… Y desde aquel día, pudimos vivir en paz.
Observaba a mi madre. Una mujer joven. Bella. Que lucia un tanto cansada, pero feliz. Sin importar qué, ella era feliz. Sus mechones rubios, despeinados y maltratados, su ropa, un tanto arrugada, eran señales que delataban lo descuidada que podía llegar a ser. Su mirada glauca, determinada, fuerte, decían lo valiente que era ella. ¿Qué haríamos si no nos tuviéramos el uno al otro?
Mi madre se marcho al trabajo. Yo proseguí a limpiar la mesa y a lavar los platos sucios. Luego, dos golpes percutieron en la puerta. Supe al instante quién era. Mi amigo James. Mi único y mejor amigo de toda la vida. Mas que por tener cosas en común, éramos amigos porque nos conocíamos de toda la vida. James, al igual que yo, vivía en aquellos departamentos de Williamsburg con su abuela y su hermana, desde que tenia uso de razón. No recordaba el momento exacto en el que habíamos decidido ser amigos. Simplemente, James era parte de mis monótonos días. Casi siempre solía ir a su departamento o viceversa. Escuchábamos la misma música y nos gustaban algunas mismas películas. De ahí en más, éramos dos personas muy distintas.
James había estado siempre ahí. En cada recuerdo. Incluso, en los no tan buenos. James y mi madre, eran las únicas personas que me conocían del todo. Con mis partes buenas. Y mis partes no tan buenas. Más, a pesar de ser dos adolescentes, sin importar la edad que tuviéramos, James no se espantaba de la oscuridad que podía habitar dentro de mí. O de las horribles cosas, que el sabia que había hecho. Él se había quedado ahí. Sin importar qué. Sin importar las voces que podían señalarme o el turbio pasado que me perseguía. Él era la perfecta definición de un amigo incondicional.
James era un año menor que yo. Era extrovertido. Platicador. Divertido. Y una persona muy inteligente. A veces, podíamos llegar a chocar, por el hecho de ser tan diferentes. Pero la mayoría de las veces, lográbamos convivir en paz, con aquellas diferencias, que en lugar de separarnos, nos unían, con un lazo de amistad increíble, alrededor de una balanza, de un punto perfectamente medio, que no muchos logran encontrar en sus relaciones de amistad.
—Por favor dime que ya viste American Horror Story—exclamó James, en cuanto le abrí la puerta.
Observe a James. Enérgico. Imperactivo. Se escuchaba medio agitado y por su emoción en aquella serie, supuse que en cuanto había terminado de verla, corrió, inmediatamente, hasta mi departamento para hablar de ella. Aquella era una de las pequeñas cosas que solíamos hacer, dentro de nuestra amistad. Como ver series o películas, y recomendárnoslas. Sus lentes se encontraban un poco sucios. Al igual que su sudadera, manchada de una salsa roja. ¿Cómo es que soy tan amigo de James?
—No he tenido tiempo—contesté, dirigiéndome a seguir lavando los platos.
—¡Tienes que verla, amigo! Es otra onda, en serio, te va a encantar—dijo entusiasmado James, mientras me seguía, lanzándome una mirada a mi y a los platos del fregador—¡Deja eso! No seas aburrido.
—Espera, ya casi termino—dije, enjuagando el ultimo traste con rapidez.
—Vaya, si que eres raro—dijo, James—Voy a ir prendiendo la televisión.
Sí. Era raro. Lo aceptaba. No era un adolescente normal. Me observaba a mí mismo, y notaba mis ojos color verdes, perdidos en otra realidad distinta. La manera diferente de pensar que tenia ante diversas situaciones. Gustos. Teorías. Preferencias. Como él observar en lugar de conversar. Hablar con las miradas. O como el no tener nunca una relación amorosa. No querer experimentar lo que era tener un corazón roto. Hasta la forma despeinada en la que lucia mi cabello decía mucho sobre mí. Las ojeras alrededor de mis ojos. Incluso las prendas de vestir que usaba, eran la definición de una persona distinta a los demás. Incluso, el hecho, de que mi único amigo era James. Y que la mayoría de las personas, me tenían un poco de miedo. Mas, no las culpaba. Yo mismo, en ocasiones, me tenia un poco de miedo. Era raro. Y no por que yo quisiera serlo. Dentro de mí, deseaba no serlo. Sin embargo, no estaba en mí, ser como era. Con mis características, con aquella personalidad, aquella manera de ver la vida, aquellas partes de mí, que simplemente me hacia ser distinto y ya.
Me dirigí hacia dónde se hallaba James, sentado, sobre mi sillón, divisando atentamente el televisor y hablando de un sin fin de cosas, las cuales, la mitad de ellas, no preste mucha atención. Y ahí nos quedamos. Viendo American Horror Story. Hablando. Observando. Simplemente siendo nosotros. Dos amigos muy distintos, con personalidades opuestas, que solían llevarse bien.
Miraba el televisor, absorto, con las escenas reproduciéndose frente a mis ojos, y los tañidos de la voz de James y el televisor, acostumbrándose a mis oídos. Un pensamiento de Sara me invadió. Metí mi mano en el bolsillo de mi pantalón. Cogí el listón color n***o de Sara. Lo acaricie. Luego lo acerque a mi nariz. Exhale. Percibí el perfume de Sara, clavarse en mi memoria. Su perfume. Su esencia. De colores llenos de vida. Olía a ella. A su cabello. Su piel. Y su risa.
Lo volvi a guardar dentro del bolsillo de mi pantalon.
Me lo quedare, pensé para mis adentros.
—¿A caso te metiste en problemas?—preguntó James, interrumpiendo mis propios pensamientos, mientras le lanzaba una mirada a mis nudillos, que se encontraban heridos, a causa de la pelea con Daniel.
—No es nada—repuse—Me pelee con un fastidioso chico de la escuela.
—Vaya—musito James—No querrá meterse contigo..—volvió a decir, con una carcajada. Me reí de vuelta, fingiendo aquella expresión—.¿Qué eso que escondes en el bolsillo? Si te vi, no te hagas el tonto.
—¿Esto?—dije, dando al descubierto el listón n***o de Sara—Es solo un listón.
—Uhhh, ¿el listón de tu noviecita?—dijo James, guiñando el ojo, mientras reía, lanzándome un codazo.
—Ay, no puedo creerlo. Ni al caso—expresé molesto—Sabes que las relaciones no son lo mío.
—Si, claro—contestó James, en tono sarcástico—A ver si dices lo mismo en unos meses más.
Claro que diría lo mismo siempre. Mi decisión era muy clara, sobre nunca tener una novia, para evitar conflictos y así mismo, evitar experimentar un corazón roto. Sin embargo, tenia miedo de los sentimientos que podrían llegar a surgir. Tenia miedo de aquella conexión que percibía con Sara. Aquel factor que me atraía hacia ella, a mirarla, a escudriñarla, a robar su listón, oler su perfume y pensar en ella. Tenia miedo de eso. Mas, mi decisión estaba tomada. Nunca me enamoraría. Nunca tendría una novia. Nunca experimentaría un corazón roto. Nunca. Nunca. Nunca.
—Mira Zedd, los tome del cajón de mi hermana—dijo James, de la nada, en un tono malicioso, mostrando una pequeña cajetilla de cigarros.
No es que fuera muy fumador, o que llevara mucho tiempo haciendo tal acción, sin embargo, de vez en cuando, James solía conseguir cigarros del cuarto de su hermana mayor, y nosotros solamente pasábamos a consumirlos, ignorantes, solo sabiendo lo básico, de los daños o las repercusiones que podían causarnos, afectando a nuestra salud. En ese momento, solo lo hacíamos por el hecho de explorar y experimentar. Por curiosidad y diversión. ¿Qué no era eso lo que hacían los adolescentes a esa edad? ¿Experimentar?
Me gustaba inhalar el cigarro, sintiendo el tabaco entre mis labios y el interior de estos, para luego, expulsar el humo, que se esparcía por el entorno, haciendo formas en el aire, que solo yo podía ver. Me gustaba perderme en medio del cigarrillo, el tabaco y el humo que se arraigaba en mí. Perdiéndome y disfrutando de aquella monótona acción y del extraño pensar que me adentraba hacía una acción dañina, ligada con las básicos riegos y advertencias, que todo el mundo conocía de fumar. Como si dé alguna manera, me permitiera a mi mismo, inhalar de aquello que me afectaba por dentro, experimentando así, al pequeño cigarrillo consumir, poco a poco, mis pulmones e interior.
Era como si divagara sobre una linea muy delgada, entre distintas realidades, en donde podían haber inevitables repercusiones. Era como lanzar una moneda al aire que decidiera el destino de mi vida.
El perderme y disfrutar de aquella monótona acción, era como jugar con fuego por decisión propia. Y aquello, me gustaba. Me gustaba aquel extraño pensar, en donde me adentraba hacia la acción dañina, divagando sobre una linea muy delgada.
Me gustaba jugar con fuego por decisión propia. Me gustaba fumar y lo que mi cuerpo sentía al hacerlo.