Actualidad
Dexter- padre de Sara (febrero del 2022)
No sabia que me solía más. O los tenis Adidas, que me calaban cada vez al caminar, o el mismo corazón, que se me rompía, al ver la actitud de mi hija Sara. Era como otra persona completamente distinta. La forma en la que ni siquiera se atrevió a mirarme. Sin embargo, por más doloroso que esto fuera, no podía culparla. Sara seguía con aquel trauma que su madre, Martha, le había dejado. No por solo padecer esquizofrenia y ya. Si no por lo que la esquizofrenia le había llevado a hacer. Era algo, que en su momento, ni yo supe como afrontarlo. Una etapa en nuestras vidas que sin duda fue de lo mas doloroso. Mas, ahora, los episodios de Martha habían terminado. El haber pasado años, en aquel hospital psiquiátrico, mas la terapia y el medicamento recibido, era algo que gracias a Dios, le había ayudado a volver a ser ella. Pero, Sara no había estado ahí para verlo, para ver la mejoría que su madre había tenido, y hasta la fecha, se rehusaba a hacerlo.
—Hice lo que pude—me dije a mí mismo, en voz alta, mientras ingresaba al metro, bajando por unas estrechas escaleras, en donde la gente se acumulaba, una por una, dirigiéndose al mismo destino que yo. Me senté, observando la circulación de la gente a mi alrededor. Percibiendo los distintos olores que viajaban en el entorno. Divisando el movimiento y el sonido del constante movimiento del transporte.
Finalmente llegue al departamento, en donde Martha, se encontraba absorta en un enorme lienzo, el cual trazaba los primeros trazos de una pintura. Extrañaba verla pintar. Extrañaba verla hacer arte de esa manera tan única, que solo ella poseía. La escudriñe detenidamente. Su tierna mirada aferrándose a las pinceladas que daba. El cabello, un tanto maltratado, enredado en un listón amarillo. La ropa, suelta, delatando una excesiva perdida de peso. Su imagen, un tanto descuidada, mas seguía siendo ella. Martha. La mujer única, de la que me había enamorado.
Sentimientos de tristeza y compasión, me invadieron, de un momento a otro. Solo me dieron ganas de abrazarla, fuertemente, en aquel instante. De estrecharla entre mis brazos, y decirle al oido que todo estaría bien. Así que lo hice.
Ella, permanecía todavía absorta en su obra. Yo camine, de manera lenta, dirigiéndome hacía su liviano cuerpo, que se hallaba dándome la espalda. Y la abrace. La abrace lo más fuerte que pude. Sin embargo, sin saber porque, me fue imposible decirle las palabras que quería decirle al oido en ese momento. No pude decirle al oido que todo estaría bien. Tal vez, porque no podía mentirle. Y en medio de aquel abrazo, del olor de la pintura, del olor a su cabello y del perfume impregnado sobre su piel, se detuvo, dejando de trabajando en su obra de arte, limitándose a solo preguntarme una cosa:
—¿Y Sara?
Yo sin decir nada, solo negué con la cabeza, sin esperar a que ella se diera la vuelta para verme. Mas, ella supo de inmediato, sin verme, lo que yo me encontraba expresándole. El silencio se acentuó, y ella solo prosiguió a seguir pintando, llenando a aquel lienzo, con hermosas pinturas de colores. Y yo, me quede ahí, mirándola, mientras ella hacia su arte. Su arte. El arte que solo ella era capaz de hacer.