Capítulo 5: La luna marca
El fuego crepitaba dentro de la cueva, pero no era suficiente para calmar el frío que se expandía en el pecho de Lyra. El silencio entre ella y Rhydian era espeso, lleno de preguntas sin respuesta y verdades que ninguno sabía cómo pronunciar.
—¿Qué significa ser tu mate? —preguntó finalmente, con la voz tensa, como si temiera la respuesta.
Rhydian levantó la vista desde el fuego.
—Significa que nuestros destinos están entrelazados. Que la luna nos eligió como uno solo. No importa la distancia ni el tiempo… una vez que el vínculo comienza, no hay marcha atrás.
—¿Y si lo rechazo?
El aire se tensó.
Él no respondió de inmediato. Se acercó más al fuego. Su voz salió baja, grave:
—Si lo rechazas, ambos sufrimos. El alma del lobo no sobrevive al rechazo del vínculo. Ni siquiera el cuerpo.
Lyra se llevó una mano al pecho. Recordó la noche anterior. El ardor. El rugido. El fuego en su sangre.
—Entonces… ¿mi vida depende de que te acepte?
—La tuya. Y la mía.
Días después, las noches se volvieron más intensas.
Lyra no podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Rhydian. Sentía sus manos, su piel, su voz. Escuchaba su respiración como si estuviera a su lado. Incluso en sueños, su cuerpo lo buscaba.
A veces despertaba con el corazón acelerado, empapada en sudor, el cuello ardiendo.
Era la marca lunar.
Cuando un vínculo de mate no se consuma, la luna comienza a presionar. Marca la piel. El alma. El deseo.
La manada lo sabía. Empezaban a murmurar.
Una loba desconocida. Humana. Vinculada al alfa.
Un peligro. Una traición. Una herejía.
Mientras tanto, Rhydian entrenaba con furia.
Cada día corría por los riscos, cazaba sin tregua, se lanzaba contra rocas y árboles solo para canalizar la energía que hervía en sus venas. Era más que deseo. Era agonía.
Su cuerpo exigía marcarla. Su lobo rugía cada vez que la sentía lejos. Y en las noches… la oía soñar.
Porque ahora sus sueños eran compartidos.
Ella sentía sus heridas. Él, sus miedos. Cuando uno sangraba, el otro temblaba. Cuando ella lloraba, él se ahogaba.
—No aguantarás mucho más —le advirtió Thorne—. Tienes que tomar una decisión.
—Ya la tomé —dijo Rhydian con la mirada fija en la luna—. Pero necesito que ella también lo haga.
Lyra vagaba por el bosque, sola.
Desde su despertar, los árboles parecían distintos. El viento hablaba con un idioma que reconocía, aunque no supiera pronunciarlo. Y los lobos… los sentía.
No los veía, pero sabía que la observaban.
La luna estaba alta cuando se detuvo ante un lago.
El reflejo del cielo sobre el agua era tan claro que parecía otro mundo.
Y entonces lo oyó.
Un susurro.
—Lyra…
Se giró.
Rhydian estaba allí.
Sus ojos dorados brillaban con el reflejo lunar. Se acercó sin hablar. Ella lo miró, sin huir. No podía. Era como si algo invisible la atara a él.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Tu marca ha comenzado a arder. Lo sentí —respondió él, con la voz ronca—. Quería saber si tú también…
—Siento todo —dijo ella.
Un silencio.
Y luego, como atraídos por una fuerza más vieja que el mundo, sus cuerpos se acercaron.
Él levantó la mano y le rozó la mejilla. El toque fue fuego y hielo. Lyra cerró los ojos. Su piel temblaba.
—No puedo huir más de ti —susurró ella.
—Ni yo de ti.
Sus labios se rozaron. Y en ese momento, el viento se detuvo. Los árboles se inclinaron. El agua del lago se agitó.
Porque la luna, testigo del vínculo, marcó su piel con un destello plateado en el hombro izquierdo de Lyra.
La señal del lazo eterno.
El primer paso estaba hecho.
Pero la consumación aún no había llegado.
Y el tiempo se acorta.
La Luna Roja se acerca