Huida bajo estrellas
El viento traía advertencias.
Rhydian lo sintió desde el momento en que regresó a la aldea de piedra de su manada. El aire sabía a furia. A traición. A muerte. La luna seguía brillando, pero sus sombras eran más densas esa noche.
Thorne lo esperaba frente al círculo de los ancianos, con el ceño fruncido.
—El Consejo lo sabe.
Rhydian apretó la mandíbula.
—¿Quién lo dijo?
—Uno de los suyos. Alguien que vio la marca en la humana. La luna la selló… y ahora es imposible ocultarlo.
Rhydian levantó la mirada al cielo.
Era demasiado pronto.
La Luna Roja no llegaría hasta dentro de dos semanas. Necesitaba tiempo. Tiempo para que Lyra aceptara completamente su lobo, para que la manada no la viera como una amenaza, sino como una de ellos.
Pero los ancianos no perdonaban vínculos prohibidos.
No veían amor. Solo debilidad.
Lyra lo supo incluso antes de que Rhydian llegara a buscarla.
La marca en su hombro ardía. No con fuego… sino con miedo. Algo dentro de ella le gritaba que corriera. Que se alejara. Pero no podía. Su corazón no latía igual cuando él no estaba cerca. Desde la marca, eran uno solo.
—Tienen miedo de lo que no entienden —le dijo Rhydian cuando por fin se encontraron, entre los árboles—. Pero no permitiré que te toquen.
—¿Qué piensas hacer?
Él bajó la mirada.
—Luchar si es necesario. Romper la ley si hace falta. Pero hay otra opción…
Lyra lo miró con el corazón acelerado.
—¿Cuál?
—Huir.
El bosque quedó en silencio.
Rhydian le extendió la mano.
—Podemos irnos antes de que decidan atacarte. Dejarlo todo. Buscar otro territorio. Otra vida. Solo tú y yo.
Ella lo miró. Su alma ardía con la idea. Correr con él. Dormir bajo estrellas. Vivir como lobos libres.
Pero también sabía lo que eso significaba.
—Abandonarás a tu manada. A tu deber como alfa.
—Ya te elegí a ti, Lyra. Eres mi deber ahora.
Sus palabras fueron fuego.
Ella asintió. Tomó su mano.
Y corrieron.
Bajo un cielo repleto de estrellas, cruzaron ríos y riscos, treparon montañas cubiertas de niebla y durmieron abrazados entre raíces antiguas. Rhydian le enseñó a moverse como loba, a sentir el bosque con los sentidos del alma, a oír el canto de la luna.
Lyra empezó a cambiar.
Su fuerza crecía. Sus sentidos se afilaban. El lobo en ella se acercaba más cada noche. Ya no temía. Ya no dudaba. Estaba despertando por completo.
Y una noche, mientras descansaban al borde de un lago escondido, con la luna creciente bañando su piel, Rhydian se giró hacia ella.
—¿Lo sientes?
Lyra asintió. Su pecho ardía.
—Sí.
—Está cerca.
La Luna Roja.
El momento en que el lazo debe consumarse o la muerte los reclamará a ambos.
Pero antes de que pudieran hablar más, el viento cambió. Un aullido cruzó el cielo como una lanza.
—Nos encontraron —susurró Rhydian.
Los cazadores del Consejo estaban cerca. No humanos. Lobos. Alfas sin manada. Guerreros de la tradición.
Lyra y Rhydian corrieron. Saltaron entre sombras, cruzaron barrancos, pero los perseguidores eran veloces, salvajes, implacables.
Y cuando finalmente fueron alcanzados en la cima de un acantilado, con la luna roja naciendo en el horizonte, Lyra sintió por primera vez… el rugido completo de su lobo.
No era miedo.
Era furia.
Era fuego puro.
Y en el borde del mundo, con los ojos ardiendo y la marca brillando, Lyra se transformó.
Completamente.
Por primera vez.