Capitulo 14

639 Palabras
Capítulo 14: Las Tierras Muertas El mapa era antiguo, dibujado con sangre y ceniza. Solo los sabios más viejos conocían el sendero hacia las Tierras Muertas: una extensión de terreno donde la luna no brillaba, donde ningún lobo aullaba, y donde el aire mismo parecía muerto. —Allí fue donde Kael fue desterrado —les recordó Elara, antes de partir—. Y donde la oscuridad no se esconde… se alimenta. Lyra, Rhydian, y un grupo de cinco élites cruzaron el límite del territorio Sköll con Selene envuelta en pieles sagradas. No podían dejarla atrás. Ella era la llave. Pero también… era el faro. Durante días caminaron entre ruinas, pantanos congelados y árboles torcidos por la podredumbre. Cada noche, Selene tenía sueños febriles. Cada noche, la marca en su frente ardía un poco más. —Nos estamos acercando —dijo Rhydian—. La oscuridad nos observa. Y entonces, lo encontraron. Un abismo sin fondo. Un hueco en la tierra, del tamaño de una ciudad entera. n***o. Silencioso. Vivo. En el centro, un altar de piedra rota. Y sobre él, una figura encadenada. —¿Es… Kael? —susurró uno de los guerreros. No. No era Kael. Era alguien más. Una loba. Decrépita. Con los ojos arrancados. Pero viva. Lyra se acercó. La mujer olía a muerte y tierra mojada. Y sin embargo… hablaba con voz clara. —Bienvenida, heredera de la luna. —¿Quién eres? —Soy lo que queda de la última reina antes de ti. La que falló. La que no pudo detenerlo. Lyra sintió el corazón encogerse. —¿Kael? —Él me rompió. Me hizo su sombra. Y esperé… esperé siglos a que tú llegaras. Porque tu hija no es la llave, Lyra. —¿Entonces qué es? —Es la puerta. El abismo rugió. Una garra inmensa emergió del fondo. Garras como cuchillas, pelo como humo, colmillos de obsidiana. Y entonces, él apareció. Kael. Sin ojos, pero viendo todo. —Al fin —dijo—. He esperado tanto por este momento. Rhydian se interpuso entre él y Selene. —No la tocarás. —No necesito tocarla —susurró Kael—. Solo necesito que despierte… su otra mitad. Y Selene gritó. Un grito que partió el cielo. Un grito que encendió las piedras del altar. Un grito que abrió una grieta entre los mundos. La manada cayó de rodillas. El suelo tembló. El aire se volvió sangre. Y en ese instante… Selene levitó sobre el abismo. Su cuerpo cubierto de luz. Sus ojos… uno era plateado. El otro, n***o. Kael rió. —¡La dualidad perfecta! ¡Luz y sombra en un solo cuerpo! ¡Ella abrirá el camino! Lyra corrió hacia su hija. La abrazó. —¡Resiste, Selene! ¡Eres más que tu destino! Y entonces… algo inesperado ocurrió. Selene habló. Con voz antigua. Con voz propia. —No soy tu herramienta, Kael. No soy puerta. No soy llave. Soy… el final de tu era. Y con un aullido, rompió las cadenas del abismo. No para liberar a Kael. Sino para sellarlo otra vez. El terremoto fue brutal. Las piedras colapsaron. El altar estalló en mil pedazos. Kael rugió, atrapado entre dimensiones. —¡Esto no termina aquí! ¡Aún hay oscuridad en ti, niña! ¡Aún puedes elegirme! Pero Selene solo murmuró: —Yo ya elegí. Y el abismo… se cerró. Horas después, cuando el silencio volvió, el grupo salió de las Tierras Muertas. Selene dormía, en paz, por primera vez desde que nació. Rhydian sostenía su mano. Lyra, su corazón. —¿Se ha acabado? —preguntó uno de los guerreros. —Por ahora —dijo Lyra. Y al mirar la marca de Selene, notó algo nuevo: La media luna doble… ahora tenía un pequeño círculo en el centro. Una señal. Una nueva profecía. Una nueva era.
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