Nina Cuando salimos del restaurante, vamos directo al coche de Noah. Gracias a Dios, no ha mencionado nada, pero estoy segura de que cuando estemos a solas querrá saber qué ha pasado ahí dentro. Me subo al coche y él lo enciende. Vamos en completo silencio, pero yo respiro profundo, trato de tranquilizarme, aprieto mis manos. Dios, ¿por qué en este momento tan complicado todavía pretende hablar conmigo de todo lo que me causó, de lo estúpida que fui, de lo horrible que es como persona, de lo que me hizo hace varios años? No quiero ni siquiera recordarlo. Siento que alguien toca mi rostro. Volteo y es Noah. No me di cuenta de cuánto tiempo me perdí y ya hemos llegado a la mansión. Él limpia mis lágrimas, que tampoco me di cuenta cuando derramé. Me sonríe. —¿Quieres hablar? Yo niego, pues

