8

1080 Palabras
¿Alguna vez te sentiste tan rota que sintieras que hasta el más mínimo intento por respirar doliera de la misma manera como si te clavaran un puñal en cualquier parte del cuerpo y excavaran en el? Porque yo me sentia de esa manera. Luego de ese cruce de palabras con Nacho me sentí devastada y solo quería irme lejos, donde nadie pudiera verme, dónde nadie supiera de mi existencia. Las primeras gotas de lluvia comenzaron a cubrir las baldosas de Buenos Aires y yo le di las gracias al cielo por permitirme llorar en silencio y que mis lágrimas pasen desapercibidas por la lluvia que se había vuelto incesante de un momento a otro. Es como si el cielo llorara mis penas, como si el mismo sintiera lo mismo que yo. Cada vez que me sentía mal se me daba por estar sola, por transitar lugares tristes porque allí por lo menos mi tristeza nos reía tan desgarradora. Por eso, me iba hacia el parque del hospital de niños Garrahan. Allí, en lo alto del puente que unía una de las entradas laterales del lugar con el parque de enfrente disfrutaba sentarme en la cornisa y sentir el aire frío golpear en mi rostro. Claro, hoy aparte de aire, lo que siento es el agua mojar mi cuerpo por completo, pero que importa si total, estoy hecha trizas por dentro. - ¿No te da vértigo? – no me había dado cuenta de que un tipo de unos treinta y pico se me había acercado. Su pregunta era normal, no cualquiera se sitúa a varios metros de altura del suelo. – una caída desde acá arriba debe ser muy dolorosa. – Yo simplemente volví a mirar hacia el horizonte y esperando a que él se fuera, hizo todo lo contrario, sentándose a mi lado. - Mi nombre es Gastón, un gusto. - me dijo extendiendo su mano a modo de un saludo formal. Yo la rechacé, verdaderamente quería estar sola. Al ver que no recibo su saludo se guarda la mano y y mira conmigo el cielo. - en la tele no dijeron que iba a llover ¿O si? – Ya me estaba molestando su presencia, quería estar sola con mi dolor y él se estaba esforzando por hacerme pasar un momento desagradable. - Podrías dejarme en paz. – el cerró los ojos y dio un fuerte suspiro no sin antes llevarse una mano al pecho. - ¿Qué haces? – - Creí que eras muda. – e hizo simulación de estar “secándose la frente” y no porque estuviera yo viendo. Ustedes saben. Esa actitud me provocó risa y eso hizo que su mirada se concentre en mi rostro. - ¿Qué me mirás? – le dije incomoda al tener “eda mirada posada en mi” yo no era tonta como para no darme cuenta cuando me miraban de manera diferente. - Sos hermosa. – me dijo al mismo tiempo que se acercaba . . . ¿Para besarme? - ¿Qué haces idiota? – espere enojada levantándome del suelo. - Disculpa, yo creo que.. – estaba rojo de la vergüenza e intentando articular alguna frase que explicará lo que intentaba hacer, pero no quería escucharlo. - ¿Creíste que? Me viste y dijiste “ah, mira esa minita sola, la voy a encarar a ver si me da bola” – él solo río ante mi comentario y yo no pude sentirme más ofendida por eso. - ¿,De que te reís idiota? – de repente comenzó acercarse invadiendo mi espacio personal y yo pese a que caminaba hacia atrás no tenía mucho espacio para poder escapar. - ¿Qué vas hacer? – le dije intentando no demostrarle lo asustada que la situación me estaba poniendo. Justo cuando intenta hacer algo que no sé, es que levanto mi mano derecha con la intención de dejarle mis cinco dedos marcados pero me detiene por la muñeca ubicando nuestras manos por detrás de mi cintura, dejándome a escasos centímetros de su rostro. - ¿Haces esto con todas las mujeres que recién conoces? – le digo levantando el rostro para mirarlo a los ojos y no podía evitar ver sus labios, los mismos que llevaban una argolla de aro. - ¿Te gusta? – me sorprendió. No respondí ante su pregunta, simplemente desvíe mi mirada, pero el se acercó a mi oído y susurro. – sé que te intriga saber cómo se sentirá el aro de mi labio en tu cuerpo. Imagina el aro de la lengua. ¿Cómo era posible que un desconocido me encienda con solo hacerme imaginar lo rico que se debe sentir el aro en su lengua por todo mi cuerpo, especialmente en mis zonas prohibidas. Por un momento pensé si estaría bien volver a cuando tenía solo 20 años que vivía mi sexualidad tan libremente sin ponerme a pensar con quién y en qué circunstancias. Gastón me había hecho desear su lengua sobre mi cuerpo y lo que se enciende en mi, es difícil que yo sola lo pueda apagar. - Veo que te he excitado. - la manera tan despreocupada en la que me habla provocó que mi cuerpo arda y que el deseo aumente. Se lo juego obviamente, pero el hace algo que no me lo espero. Poner la palma de su mano izquierda sobre mi pecho, dejando que sienta mis duros pezones. – sin embargo tus tetas me dicen otra cosa. – no puedo decir nada, nunca había conocido a un hombre que me hablara de esa forma. Se acercó a mi oído nuevamente y está vez para proponerme algo que a estas alturas no podía ni quería negar. – vamos a un hotel y vas a ver qué rico vas a sentir mi lengua acá. – el apriete de su mano en mi pecho me hizo jadear. – acá – volvió apretar mi carne pero está vez la de mis nalgas. Volviendo a provocar que de mis labios se escape un gemido. – y bueno, entre tus piernas. 24 hs antes me hubiera negado a tener sexo con un desconocido, pero las cosas ahora eran diferentes, Nacho en había dejado en claro que amaba a su nueva novia y que ya ningún sentimiento lo ataba a mí y por lo parte no iba a permitir que ni él ni nadie destruya mi autoestima. Sin más, acepté, quería olvidar la vida de mierda que en estos momentos tenía.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR