Capítulo 3 – El sabor de la revancha
Elena no había dormido nada.
Las luces de Navidad aún titilaban en las calles cuando salió temprano de su casa con el estómago vacío y el corazón estrujado. La humillación del hotel seguía fresca en su piel como una quemadura imposible de apagar. No solo había perdido a Diego, su novio de tres años, sino que también había perdido su trabajo. El jefe no le perdonó la ausencia ni la escena: una pastelera que abandona el turno en plena temporada navideña era, para él, un lujo que no podía permitirse.
—¡Está despedida! Pasa por tu cheque el primer día hábil del mes. Adiós.
Elena salió con las manos vacías, con una carta de despido en el bolso y un futuro lleno de deudas sobre la cabeza.
—La vida no puede ensañarse más conmigo —susurró, mirando su reflejo en una vitrina empañada—. ¿O sí?
Ese “¿o sí?” obtuvo respuesta unas horas más tarde, cuando vio un anuncio en un portal gastronómico:
“Se busca pastelero/a con experiencia en repostería de alto nivel. Restaurante de tres estrellas Michelin. Entrevista inmediata.”
Era un disparo a ciegas. Sabía que competir por un puesto así era como querer hornear macarons sin tener horno: una locura. Pero Elena no tenía nada más que perder.
El corazón le latía tan fuerte que parecía un tambor en su pecho cuando imprimió el anuncio y lo dobló en cuatro, guardándolo como si fuera un salvavidas. Sabía que las probabilidades estaban en su contra, pero su instinto le gritaba que debía intentarlo. Tal vez la vida, cruel y despiadada la noche anterior, le estaba ofreciendo una revancha disfrazada de oportunidad.
Se presentó al restaurante con un portafolio improvisado lleno de fotos de sus postres, sus certificados de cursos y su currículum manchado por la caída de la noche anterior.
Al cruzar la puerta, el mundo se transformó. Luces suaves, mesas vestidas con mantel blanco, un aroma a mantequilla avellanada flotando en el aire. La perfección hecha espacio. “Aquí no pertenezco”, pensó por un instante, pero ya era tarde para echarse atrás.
Un camarero la condujo a la sala de pruebas culinarias. Había utensilios brillando bajo lámparas metálicas y, sobre la mesa central, los ingredientes listos para una prueba. Elena respiró profundo. Podía hacerlo, ella tenía talento. Su problema nunca fue la repostería, sino la vida que la mordía en los talones.
—Señorita Duarte.
El aire se le heló en los pulmones. Esa voz la conocía. Grave. Fría.
Levantó la mirada y allí estaba él.
Alejandro Varela.
Traje oscuro, porte imponente, barba corta perfectamente delineada. El hombre que la había humillado en el hotel con sus palabras, y el mismo al que ella había estampado un pastel de chocolate en la cara.
Elena sintió que el suelo le temblaba bajo los pies.
—¿Usted? —escapó de sus labios, incrédula.
Alejandro se cruzó de brazos, y en sus labios se dibujó una sonrisa irónica.
—Qué curioso destino. La mujer que arruinó mi noche… ahora quiere trabajar para mí.
Elena tragó saliva, intentando recuperarse.
—Yo no sabía que… —balbuceó.
—Que este era mi restaurante, claro. —Sus ojos la recorrieron con un gesto de arrogancia glacial—. No se preocupe, lo supe primero.
Se inclinó hacia ella, apoyando las manos en la mesa metálica.
—Voy a ser claro: aquí no se viene a montar escenas ni a lanzar pasteles. Aquí se cocina y se respira disciplina. Si usted cree que su llanto conmueve a alguien, lamento decirle que conmigo no funciona.
Elena sintió que la rabia le hervía en la sangre, pero respiró hondo.
—No estoy aquí para conmoverlo —respondió con firmeza—. Estoy aquí porque soy buena en lo que hago. Mejor que muchos de los que han pasado por estas cocinas.
Hubo un silencio denso. Alejandro la miró como si midiera cada palabra, cada músculo de su rostro.
—Demuéstrelo, entonces, señorita…
Le indicó la mesa, donde estaban los ingredientes. Elena asintió. Sus manos temblaban, pero en cuanto tocó la harina, la mantequilla y los huevos, su mundo cambió. Allí estaba segura. Allí era ella.
El ritmo de su respiración se acompasó con el movimiento de sus manos. La harina voló como un polvo de nieve bajo la luz metálica, el aroma dulce de la vainilla impregnó el aire, y la mantequilla, tibia en sus dedos, le recordó las tardes de infancia en que horneaba con su madre. Cada movimiento era un regreso a sí misma, una afirmación de que, aunque el mundo quisiera arrebatarle todo, aún poseía un don que nadie podía quitarle.
Preparó una masa brioche con precisión, trabajó una crema pastelera con vainilla natural, montó un glaseado brillante. El tiempo se le escapaba, pero cada movimiento era seguro. Elena olvidó la humillación, olvidó a Diego, olvidó la presencia imponente de Alejandro. Solo existían el azúcar, la textura y el sabor.
Cuando presentó los éclairs en la bandeja, los colores eran un poema: glaseados suaves, relleno perfecto, aroma irresistible.
Alejandro los miró en silencio, tomó uno y lo partió por la mitad. La crema cayó con la densidad exacta. Dio un mordisco.
No dijo nada. Solo se limitó a dar otro y otro más. Elena lo observaba, nerviosa, con los puños apretados detrás de la espalda.
Al final, él dejó la bandeja sobre la mesa, vacía.
—Admito que tiene talento. —Su tono era seco, pero sus ojos brillaban de un modo extraño—. Y necesito a alguien con sus manos en mi cocina. Está contratada.
Elena lo miró con incredulidad.
—¿Qué?
—Dije que está contratada.
Ella sintió que el orgullo le tiraba de las entrañas. Él, arrogante, altivo, el mismo que la había juzgado en su peor momento, le ofrecía ahora un trabajo. ¿Y qué debía hacer ella? ¿Sonreírle? ¿Agradecerle?
—No —dijo, con voz firme.
Alejandro entrecerró los ojos.
—¿Perdón?
—No quiero trabajar aquí.
Tengo… otra entrevista pendiente.
Mentía. No había nada más. Solo la herida abierta de no soportar verlo cada día.
Tomó su portafolio y salió con pasos firmes, dejando a Alejandro mirándola con una mezcla de desconcierto e irritación.
Él hizo un movimiento como para seguirla, pero su celular vibró. El nombre de su madre apareció en la pantalla.
—Alejandro —dijo la voz de Manuela, fría, calculadora—. ¿Cómo va la cena de esta noche? Ya sabes que la hija de los Garza espera tu compañía. Te recuerdo que no tienes derecho a seguir encerrado en tu pasado. O aceptas mis citas, o la familia empezará a hablar.
Alejandro cerró los ojos, conteniendo la rabia.
—Lo sé, madre.
Colgó.
Una hora después, entraba a regañadientes en una cafetería de moda, la de la nueva cita que su madre le había organizado. El murmullo de voces jóvenes y el aroma a café recién molido no le interesaban.
Hasta que la vio de nuevo.
Allí estaba Elena. Vestida con una blusa sencilla, el cabello recogido, sentada frente a un hombre trajeado que claramente intentaba impresionarla.
Alejandro se detuvo en seco. Una sonrisa peligrosa se le dibujó en los labios.
—Interesante… —murmuró.
Fue en ese instante cuando tuvo una idea. Una locura. Una trampa.
Se acercó a la mesa, colocó una mano en el respaldo de la silla de Elena y con un tono bajo pero claro, dijo:
—Perdón por la demora, amor.
Elena se quedó helada.
—¿Qué…?
El hombre frente a ella abrió los ojos con sorpresa.
Alejandro se inclinó y le dio un beso en la sien, como si lo hubiera hecho mil veces.
—Gracias por esperarme.
Elena estalló en furia.
—¿Está loco?
Se levantó tan rápido que la silla chirrió contra el suelo y, sin pensarlo, le dio una patada en la pierna.
Alejandro reprimió un gesto de dolor. El golpe no lo derribó, pero su cuerpo se tensó bruscamente; un sonido metálico, leve pero inconfundible, resonó en el silencio de la cafetería. Se apoyó con fuerza en la mesa, su rostro se contrajo apenas un segundo, lo suficiente para que Elena notara que no era una simple molestia.
El mundo pareció detenerse en ese instante. Los murmullos se apagaron, las miradas se clavaron en ellos, y Elena, con el pecho agitado, descubrió algo que la dejó desconcertada: la arrogancia de Alejandro se resquebrajaba. El brillo de dolor en sus ojos no era fingido, y en esa mueca contenida había más verdad que en todas sus palabras altivas.
Elena lo miró, confundida. Por primera vez desde que lo conocía, la arrogancia de Alejandro se resquebrajó. No era un gesto de soberbia ni de burla, sino un destello de vulnerabilidad, un dolor físico que él intentaba ocultar con desesperación.
—¿Qué… qué fue eso? —susurró ella, todavía con rabia, pero ahora teñida de sorpresa.
Alejandro se enderezó despacio, con la mandíbula apretada. No dijo nada al principio, solo ajustó el dobladillo del pantalón, cubriendo con más firmeza la pierna afectada, como si la tela fuera un muro entre él y el mundo.
La tensión se hizo insoportable. Elena tragó saliva, incapaz de apartar la mirada.
Entendió entonces, sin necesidad de que él lo dijera: algo en él estaba roto, algo más profundo de lo que aparentaba su coraza de hombre frío.
Alejandro alzó la vista, sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de ira y desafío.
—Ya tuvo su espectáculo, señorita Duarte. ¿Satisfecha?
Elena, todavía atónita, no encontró palabras. Quiso gritarle, insultarlo, pero lo único que salió de sus labios fue un murmullo ahogado que ni ella misma entendió.
Él se giró y, con paso firme aunque rígido, salió de la cafetería. Su andar era tan impecable como siempre, pero ahora Elena lo veía con otros ojos: cada movimiento escondía una lucha, un secreto que ella había descubierto por accidente.
Se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole en el pecho.
Por primera vez, no supo si odiarlo… o sentir una punzada de compasión.