CAPÍTULO VEINTICINCO Gwendolyn estaba parada en el ancho rellano de piedra la parte baja de Silesia, rodeada de sus generales, soldados y ciudadanos, todos ellos mirando, en un silencio ominoso, a la vasta extensión del Cañón, mirando al sol segundo caer en el cielo. No habían oído ni pío de los hombres del Imperio todo ese tiempo y después de un largo y agitado pánico entre la multitud, lentamente, habían quedado en un profundo silencio. La tensión en el aire era grande, cada uno de ellos estaba perdido en su propio mundo, mirando al cielo, enfrentando su propia mortalidad. Era la tranquilidad de mil almas en el ojo de una tormenta, de personas que sabían que no les quedaba un lugar a dónde ir sino a sus muertes. El silencio del Imperio asustaba a Gwendolyn, más que su ataque. Ella sab

