El pie de Ana Lucia golpeteaba el suelo una y otra vez. Volvió a tocar la puerta del baño con insistencia. – ¡Te dije que cinco minutos! –grito Edward desde el interior. – ¡Eso dijiste hace siete minutos! –exclamo ella –. ¿Qué tanto haces ahí? Ni que tuvieras mucho que hacer. Yo debo lavar mi cabello, cepillar mis dientes y otras cosas. No respondió. Ana Lucia tuvo unos fuertes instintos de derribar la puerta. Esto le recordaba cuando visito la pequeña choza de una de sus tías lejanas con sus primos, había un solo baño, lo que significa una contienda por quien entraba primero. Sus primos se quejaban de que ella se tardaba demasiado, ¡como si eso fuera verdad! Ellos se tardaban más que ella o cualquier mujer en la actualidad, con estos recuerdos, hizo ademan de tocar la puerta ero est

