–Lamento entrar de este modo, pero no podía esperar. En verdad necesito tu ayuda –medio mintió, puesto que en verdad sentía mucha curiosidad por saber con quién estaba Edward. Sabía que estaba mal, pero no podía evitarlo, por mucho que lo haya intentado nunca pudo cambiar su pequeño instinto curioso. Edward se quedó paralizado en una posición extraña; sus brazos estaban extendidos hacia la izquierda, su aparente sonrisa calmada era más una mueca nerviosa que otra cosa, hasta Ana Marie podría jurar a ver visto una gota de sudor bajar por su frente. Por inercia miro hacia donde estaban extendidos sus brazos, pero no había nada o nadie allí. Volvió a mirarlo extrañada. – ¿Todo bien? –pregunto. Edward relajo su postura rápidamente, se acercó a ella negando con la cabeza. –Claro, claro.

