Me humedecí los labios resecos, y me había necesitado en silencio, mirando pasmada aquella nota. —Debe de ser una broma, una estúpida e inútil broma. —Me aseguré a mi misma. Fui hacia la ventana y corrí solo unos centímetros la cortina para echar un vistazo afuera. La soledad consumía el vecindario por el frió que azotaba la acera y ni un suspiro se asomaba en la calle. Colgué mi mochila sobre mi hombro y subí las escaleras. Me encerré en mi habitación y me dejé caer sentado en la cama, colocando la cajita negra frente a mí. Releí la nota más de diez veces, y no hay nada más que aquel papel grueso. —¿Cielo o infierno, tú ya estás en esto? —Repetí en voz alta, pensativa. Tenía que admitir que yo tenía aturdida. ¿Qué clase de nota era esa? Sonaba a una amenaza, o tal advertencia, ¿

