Capítulo 60

1501 Palabras
Nicola La Pantera me observaba en silencio, su máscara cubriendo todo rasgo que pudiera delatar sus pensamientos, pero sentía la intensidad de su mirada. —Shadow —su voz rompió el silencio. —Ven aquí. El hombre apareció de la nada, moviéndose como una sombra, tal como su nombre lo sugería. Había algo en la postura de ese hombre, en la forma en que se movía... Algo familiar, pero no lograba identificar qué era exactamente. Mi cerebro no se encontraba en su mejor estado, y estaba peor con cada segundo más atado y cansado. Shadow se acercó con calma, una mano posándose sobre la cintura de la Pantera como si fuera su derecho. La vista me generó una repulsión instantánea, y algo en mí ardió. Un destello de odio apareció en mis pensamientos. Quería arrancarle esa mano de un golpe, pero la cuerda atada a mis muñecas se clavaba más en mi piel con cada intento de liberarme. —¿Por qué era Renata la sustituta? —le preguntó la Pantera, ignorando mi creciente frustración. Shadow ni siquiera titubeó en su respuesta, simplemente se encogió de hombros. —Era la única que estaba más cerca —su voz era monótona, sin el más mínimo rastro de remordimiento. —Y odiaba a los Moretti. Fue fácil convencerla de hacer lo que queríamos. Mis músculos se tensaron al escuchar eso. Renata... Aunque no me sorprendía del todo su traición, saber que había sido parte de este juego me llenaba de rabia. Ella había sido un problema desde hace tiempo, pero nunca imaginé que tendría el descaro de involucrarse en algo tan grande. La Pantera soltó un bufido bajo su máscara, pero lo que me inquietaba más era la calma con la que Shadow hablaba sobre el tema, como si el sacrificio de Renata no tuviera peso alguno. Y probablemente para ellos, no lo tenía. Pero, al final del día, ella no dejaba de ser la hija de Alessandro. —¿Y tú? —mi voz salió firme, mucho más de lo que sentía en ese momento. —¿Por qué me odias tanto? La Pantera se tensó por un segundo, y su cabeza se giró lentamente hacia mí. Sentí la oleada de odio que irradiaba de su cuerpo antes incluso de que hablara. —¿Quieres saber por qué? —sus palabras eran frías, afiladas como cuchillos. —Porque tu padre mandó matar a mis padres. El aire se me fue de los pulmones en ese instante. ¿Qué? Mi padre había hecho tantas cosas por la familia, por el negocio, por el imperio que controlamos... pero siempre pensé que él mantenía algún tipo de código de honor. Matar a los padres de una niña... eso no sonaba a algo que él haría sin razón. —Eso es mentira —gruñí entre dientes, en mi interior sabía que tenía que haber algo más. Algo en su tono, algo en su odio me decía que ella creía firmemente eso que aseguraba. La Pantera se acercó a mí y rio con desprecio, un sonido bajo y áspero que reverberó en la habitación. —Claro que lo es, ¿no? Los Moretti siempre se lavan las manos de sangre como si fueran inocentes. Pero todos sabemos la verdad —sus palabras eran como veneno, goteando con cada sílaba. Shadow se acercó a ella otra vez y la rodeó con sus brazos, atrayéndola hacia sí con una mezcla de deseo y protección. Sus dedos, largos, se deslizaron sobre la curva de su cintura mientras la miraba con devoción oscura. —Tendrás tu venganza, piccola —le susurró, su tono suave y seductor. La Pantera, se apartó de su toque con un movimiento brusco, como si le molestara cualquier tipo de cercanía con él. —Deshazte del cuerpo —dijo sin más, cortante, sin siquiera dirigirle una mirada. Era como si el haber matado a Renata no significara nada para ella, como si la vida en sí no tuviera valor alguno. Eso me lo decía todo sobre quién era en realidad, sobre el monstruo que estaba tras esa máscara. Shadow hizo lo que ella le indicaba, sin cuestionar ni quejarse, solo se agachó y levantó el cuerpo de Renata sobre su hombro y salió de la habitación. La pantera se quedó allí, observándome por un largo momento con una calma inquietante. Y en ese instante, me di cuenta de algo: no era el odio lo que me disgustaba. Era la indiferencia. Para la Pantera, el asesinato, la traición, el sufrimiento... todo era un simple juego, un tablero donde ella movía las piezas como más le convenía. Y yo estaba en ese tablero. No como el rey, sino como una ficha más en su plan. El aire en la habitación se sentía como un nudo cada vez más apretado alrededor de mi cuello. La presencia de la Pantera era sofocante y peligrosa. Sin embargo, había algo más. Algo que me desconcertaba. Mi cuerpo reaccionaba de formas que no podía controlar, como si mi instinto estuviera intentando decirme algo que mi cerebro no lograba descifrar. Cada paso que ella daba, cada movimiento sutil de su cuerpo, encendía algo en mí. No solo la rabia por lo que había hecho, sino un fuego más primitivo. Intenté mantener la cabeza fría, pero mi mente comenzaba a nublarse. Cada segundo con ella tan cerca me hacía perder el control, no físicamente, sino en ese espacio íntimo donde siempre había controlado mis emociones. Con un suspiro que sonó más como un susurro entrecortado, la Pantera dio un paso adelante. El brillo metálico de la daga que sostenía entre sus dedos me atrajo como un imán. Sabía lo peligrosa que era, pero la cercanía que ahora mantenía con ella... era diferente. Sentía la tensión entre nosotros, una tensión eléctrica, y no se trataba solo de furia. Se inclinó lentamente hacía mí, mirándome a través de la máscara mientras yo intentaba no perder el control. Sus dedos apenas rozaron la tela de mi camisa. Un roce sutil y delicado. Pero luego, sin aviso, levantó la daga y con un rápido movimiento, la hoja cortó la tela de mi camisa, deslizándose por el borde hasta desgarrarla. La tela cayó, exponiendo mi pecho, mi respiración pesada. Mi cuerpo respondió al contacto, al corte de la tela sobre mi piel, pero también a la proximidad de su cuerpo. —Es curioso, —susurró ella, su voz enmascarada por un tono burlón y peligroso, —que te veas tan... irresistible. Lentamente dejó que sus dedos recorrieran mi pecho desnudo, trazando líneas invisibles sobre mi piel, haciendo que cada músculo se tensara bajo su tacto. La daga recorrió el mismo camino, mi pecho, mi abdomen, siguiendo la curva de mis músculos hasta detenerse en el cinturón. El metal frío de la hoja rozó la hebilla, y en un movimiento rápido, cortó la correa, dejando mis pantalones sueltos sobre mis caderas. —¿Sabes, Nicola? —La Pantera inclinó su cabeza, sus labios rozando mi oreja a través de la máscara. —Siempre quise verte así, rendido ante mí, sin poder hacer nada... como mi prisionero... Sus palabras me envolvieron, y mi cuerpo, maldita sea, reaccionó de una manera que no podía controlar. La confusión me nublaba los pensamientos mientras mis instintos me traicionaban. Intenté girar la cabeza, alejarme de ella, pero sus manos estaban ahí, sujetándome, controlándome. Con la daga aún en su mano, se deslizó hacia mi rostro, rozando la hoja por mi mandíbula. No me hizo daño, esa no era su intención en este momento. Se sentó a horcajadas sobre mí, y subió su máscara solo lo suficiente para dejar al descubierto sus labios. Cuando me besó, fue con fuerza, con una intensidad que me cortó la respiración. Mi cuerpo se resistió al principio, pero luego, sin pensarlo, respondí. Maldita sea, mi cuerpo reconocía esos labios, esa piel, ese calor. Pero mi mente seguía luchando, sin querer comprender lo que mi cuerpo le estaba diciendo a gritos. Su boca se acercó a mi oído, sentí la suavidad de sus labios rozando mi piel, y solo cuando susurró algo en particular, fue que lo comprendí. —¿No puedes resistirte, amore...? Mi mundo se detuvo. Era como si una bomba hubiera estallado dentro de mí, pero no el tipo de explosión que desata furia. No. Esto era algo mucho más profundo, mucho más devastador. Ese susurro, esa voz... era ella. —¿Tú...? —susurré, mi voz tan rota como mi corazón... La Pantera dio un paso atrás, y con una delicadeza que parecía burlarse de mí, levantó las manos hasta su máscara, quitándosela para revelar su rostro. Y allí estaba ella. La mujer que me hacía sentir mil emociones a la vez. La mujer que había prometido proteger con mi vida. La mujer que había jurado mantener lejos de todo este caos. La mujer que amaba. Valentina era la Pantera. Había estado jugando conmigo, con mi familia. Durante todo este tiempo, me había traicionado de la peor manera.
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