Valentina
Cada inhalación, cada exhalación, me recordaba la razón por la que estaba aquí, la razón por la que había sobrevivido todos estos años.
Mi vida había sido una serie de eventos desafortunados pero fríamente calculados, y ahora, todo me traía a este preciso momento.
La Pantera, implacable, lista para devorar a su presa.
Antes de todo esto, antes de las máscaras y las mentiras, yo era una niña normal. Era una niña con una familia, era amada y consentida.
Pero un día bastó para cambiarlo todo.
El día en que mi infancia terminó.
Tenía cinco años. Lo recuerdo como si hubiera sido ayer.
Mi padre, un hombre fuerte, imponente, me había dejado en mí habitación para dormir después de que volviéramos de reconocer el cuerpo de mi madre.
En medio de la noche me despertó un sonido muy fuerte. Algo no estaba bien. Aún puedo ver la sombra de preocupación cruzando su rostro cuando entró desesperado a mi habitación.
—Mi piccola, tienes que esconderte —me susurró.
Entré al armario de mi cuarto, ese espacio cerrado y oscuro que normalmente me daba tanto miedo. Pero si papá decía que me escondiera, entonces tenía que hacerlo.
Me agaché, abrazándome las rodillas, y cerré los ojos mientras esperaba a que todo terminara.
Pero no terminó como yo esperaba.
Recuerdo los gritos. La puerta de la habitación se abrió con fuerza, y lo siguiente que escuché fueron las súplicas de mi padre antes de esos malditos sonidos que ahora reconocía como disparos.
Era un sonido que jamás había escuchado, algo brutal, algo frío. Me aferré a mis piernas, temblando, mientras los gritos se desvanecían en cada rincón de la habitación.
Y luego, un silencio aterrador.
El asesino de mi padre me descubrió en el armario y estaba decidido a acabar conmigo también.
El miedo me recorrió como un veneno, helando cada parte de mí. Vi sus botas ensangrentadas por caminar alrededor del cuerpo de mi padre, y en ese momento supe que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Antes de que pudiera apretar el gatillo, entró alguien más. Y ahí estaba él, mi tutor. Quién había pensado que era mi salvación, cuando siempre fue mi condena.
Extendió su mano hacia mí, sus ojos fríos, sin emoción, y sin saber por qué, la acepté.
Tomar su mano fue el comienzo de mi fin.
Esa fue la promesa que recibí. No de una nueva vida, sino de la mismísima muerte en vida.
El entrenamiento fue brutal. Me llevaron lejos, a una casa en medio de la nada, donde el frío se sentía en cada hueso. No había calor, no había consuelo, solo dolor. Las noches eran interminables, y el silencio solo era roto por el sonido de los gritos. Mis gritos.
Al principio, intenté resistir. Me aferraba a los recuerdos de mis padres, a los momentos en que éramos una familia feliz, pero con cada golpe, cada herida, esos recuerdos se desvanecían.
Me hicieron matar animales. A mano y con cuchillo, a sangre fría. Me dijeron que era para prepararme para lo que vendría después, para las personas.
Y lo hice.
No me sentía orgullosa de ello, pero fue necesario. Cada vez que sentía que mi humanidad intentaba emerger, la aplastaban.
La Pantera no siente. La Pantera mata.
Cuando los Rinaldi me adoptaron, por un segundo me ilusioné con que eso sería el fin de mi tormento. Pero no lo fue.
Ellos eran parte de mi misión. Sabía que habían perdido a su hija por una sobredosis, y yo fui la afortunada que se parecía a ella, de compartir su mismo nombre.
Mi tutor vio la oportunidad perfecta. Los Rinaldi nunca estuvieron en casa lo suficiente para notar la diferencia.
Me convertí en Valentina Rinaldi. Fui una niña perfecta a los ojos de todos, pero sabía que eran simples peones en el tablero.
Mi tutor, el hombre que había dirigido toda mi vida hasta este momento, tenía varios objetivos. Y los Rinaldi eran uno de ellos. Él me envió a matarlos, pero no esperaba que Nicola fuera quien lo hiciera, eso fue parte de mi plan B.
Todo lo que he hecho, cada paso que he dado, cada momento de actuación, cada persona que he matado... ha sido para llegar a este momento.
El momento de la venganza.
Los Moretti deben caer.
Esa frase era mi ancla, mi razón de ser, la cuerda que me mantenía firme en este juego.
Pero Bianca… ella era diferente.
Mi corazón se suavizaba cada vez que pensaba en ella, lo que sentía por Bianca me confundía.
Ella no merecía morir. No merecía estar envuelta en este lío de sangre y violencia. No debía estar en esa habitación, atrapada entre la vida y la muerte.
Bianca era inocente, una de las pocas personas en mi vida que realmente lo era. Y aunque todo esto, cada parte de mi misión, era por venganza, ella no tenía que pagar por los pecados de su familia.
Era una Moretti, sí, pero no como el resto. Ella había sido leal conmigo, era la única persona que me había mostrado una bondad genuina, que me había defendido sin siquiera saber mis secretos más oscuros.
Recuerdo los primeros días de nuestra amistad, cómo su dulzura me confundió. Me había acostumbrado a las mentiras, a las manipulaciones, a vivir con máscaras.
Con Bianca, la máscara se volvió algo distinto. Me convertí en Valentina, la amiga, la hermana, en algo que jamás pensé que sería: una parte de alguien más.
Y aunque ella era todo lo que odiaba en teoría, parte de esa familia, de ese apellido, y de esa organización, no podía evitar sentir algo profundo por ella. Algo que me incomodaba, que me desarmaba en los momentos más inesperados.
La verdad es que nunca estuvo destinada a sufrir.
Pero aún así… aquí estaba.
Había visto cómo la golpeaban, cómo las sustitutas se sobrepasaron con ella. Y aunque no podía permitirme sentir debilidad, no lo soporté.
Cada golpe que recibió fue un error, y disfruté castigando a las que lo hicieron. Porque, aunque mi misión requería que ella estuviera aquí, no merecía ese dolor.
Era como si, por primera vez en mi vida, tuviera algo que perder. Incluso a través de las mentiras, me cuidó. Me protegió como una hermana protegería a otra. Y, por primera vez, me sentí responsable de alguien más que de mi misión.
No podía dejar que se quedara atrapada en este mundo oscuro, en esta vida que no eligió.
"Bianca merece algo mejor. Y yo... yo puedo darle eso."
No podía cambiar lo que yo era. No podía dejar de ser La Pantera, pero podía elegir a quién salvar. Podía elegir a quién proteger.
Ella no debía sufrir más por la culpa de su familia. No dejaría que se convierta en una víctima más.
Mi misión, mi venganza… todo eso seguía ahí.
Pero Bianca era lo único que quedaba de la humanidad que me fue arrebatada cuando era una niña. Y por eso, haría lo que fuera necesario por protegerla.
Y Nicola...
El hombre que debería odiar con todas mis fuerzas. El hijo del hombre que ordenó la muerte de mis padres. Él no era inocente, tenía sangre en sus manos, tan parecido a mí en tantos aspectos, también era el único que me había hecho sentir algo más allá del odio en años.
No puede ser, no debería ser así.
Todo esto comenzó como una actuación, un plan diseñado para acercarme a él, para ganar su confianza y asegurarme de que, cuando llegara el momento, podría destruirlo sin pestañear.
Mi tutor siempre dijo que la mejor venganza es la que se gesta en el corazón del enemigo, y yo... así lo hice.
Entré en su vida como una chica inocente, una víctima más, alguien que necesitaba ser rescatada.
Jugué mi papel a la perfección, me gané su confianza, me gané su deseo, todo para estar donde estaba ahora, para estar más cerca de mi objetivo.
Pero, ¿por qué no podía dejar de sentir esto por él?
Cada vez que estaba cerca de mí, sentía un cosquilleo que no podía ignorar. Su presencia me perturbaba, pero no de la forma en la que me gustaría. Mi cuerpo reaccionaba a él, mi piel se erizaba, mi respiración se aceleraba, y aunque debería ser todo parte de la actuación, no lo era.
Mi objetivo siempre había sido su corazón.
Literalmente.
Pero ahora sabía que me lo había ganado de otra forma.
Y estaba a punto de perderlo.
No. Me estoy desviando.