Nicola
Amore.
Esa palabra resonó en mi cabeza una y otra vez, como una melodía que no podía dejar de repetir.
Valentina la dijo de nuevo, sus labios apenas rozando los míos, y cada vez que lo hacía, algo dentro de mí se rompía más.
No podía creerlo, no podía aceptar que ese simple susurro tuviera tanto poder sobre mí.
Había construido mi vida en base a la disciplina; había aprendido a dejar de lado cualquier sentimiento que pudiera interferir con mis decisiones, con mis planes, con mi capacidad de controlar todo a mi alrededor.
Pero ahora...
Aquí estaba, completamente dominado por una palabra, por una mujer.
Amore.
Mis manos recorrieron su cuerpo con urgencia, sintiendo el calor de su piel a través de la tela del vestido. La forma en que temblaba contra mí, en cómo respondía a cada toque, me volvía loco.
Quería hacerla mía en ese mismo instante, arrastrarla a mi mundo de sombras y placer.
Sentía mi control desvanecerse con cada segundo que pasaba, y no podía detenerlo.
La deseaba.
Ahora.
Amore.
Pero entonces, la realidad me golpeó como un balde de agua fría. No estábamos solos. Este no era el lugar. No podía permitir que nadie más la viera, que nadie más fuera testigo de lo que era mío.
Ella era solo para mis ojos. Solo yo podía ver sus temblores, escuchar sus jadeos suaves, sentir la calidez de su piel.
Y mientras mi cuerpo gritaba por hacerla mía otra vez, mi mente se encontraba atrapada en otra lucha.
Mi corazón..., esa parte de mí que siempre había mantenido bajo control, se rebelaba. Nunca había permitido que nadie lo tocara.
Nadie, excepto ella.
Amore.
¡Maldita sea!
Sentía la palabra retumbando en mi pecho, moviendo algo en mi interior que me negaba a reconocer. ¿Amor?
No. No podía ser amor.
El amor te destruye, te despoja de tu fuerza, de tu capacidad de razonar.
Yo no podía amar.
Eso nunca había estado en mis planes, nunca había sido parte de mi vida. Y aún así, aquí estaba, completamente absorbido por ella, por la forma en que me miraba, por la manera en que su cuerpo respondía al mío...
No, no podía amarla.
Pero entonces, ¿por qué demonios me importaba tanto? ¿Por qué su susurro, ese simple 'amore', me hacía perder el control de esta manera? ¿Por qué no podía pensar en otra cosa más que en ella, en tenerla, en protegerla de todo y de todos?
Amore.
Siempre había pensado que el amor era una debilidad. Algo que los hombres fuertes como yo no podían permitirse. El amor era para los débiles. Para los que no podían controlar sus emociones, para aquellos que se dejaban arrastrar por los sentimientos sin pensar en las consecuencias. Y yo no era así.
No quería admitirlo, pero en el fondo sabía que mi corazón, ese que había mantenido cerrado y protegido durante toda mi vida, estaba comenzando a ceder.
Y eso me aterraba.
Porque si admitía que era amor, entonces todo lo que había construido a mi alrededor se desmoronaría.
No podía permitírmelo.
Yo no era como los demás. No podía ser como los demás.
Y aún así... cada vez que Valentina me llamaba amore, algo en mi pecho se encendía. Algo cálido, algo que no había sentido antes, y que me aterraba sentir.
No quería creer que la amaba. No podía. Si lo admitía, perdería el control. Perdería el dominio sobre mí mismo, y ella se convertiría en mi única debilidad.
No podía permitirme ser vulnerable.
No yo, no Nicola Moretti, quien había construido su vida sobre el poder, sobre el control...
Valentina estaba haciéndome caer en una trampa de la que no sabía si quería escapar.
La besé de nuevo, sintiendo cómo se derretía en mis brazos, y una parte de mí quería gritar, quería negar lo que estaba empezando a sentir por ella.
"No puede ser amor. No puedo permitirme amar. Es peligroso, es mortal."
Pero cada vez que la miraba, cada vez que sus labios rozaban los míos o sus ojos me desafiaban, lo sentía más fuerte.
Amore.
La palabra volvió a resonar en mi mente, y con ella vino la amarga realidad de que ya no podía escapar. No podía seguir negándolo.
No podía seguir luchando.
La amo.
Maldita sea, lo sabía.
Lo sabía y, aún así, trataba de resistirme. Tratar de negar lo que ya era evidente. Pero no podía luchar más.
Mi cuerpo la deseaba, pero era mi corazón el que clamaba por ella, el que se rendía ante esa simple palabra. Cada vez que lo decía, me perdía más, me hundía más en ella.
Amore.
Esa palabra lo significaba todo ahora.
Todo lo que siempre había intentado evitar, lo que siempre había rechazado. Y sin embargo, aquí estaba, rendido, atrapado en ese sentimiento que tanto había despreciado.
La amo.
No importaba cuánto lo negara, cuánto luchara contra ello. Ya era un hombre perdido, atrapado en un sentimiento que jamás pensé que llegaría a experimentar.
Valentina era mi maldita obsesión... pero también, la única persona que me hacía sentir algo más que el vacío.
La besé con más desesperación, porque al fin lo tenía que aceptar. Estaba perdido en ella. Ella era todo lo que importaba, lo único que deseaba.
Y aunque la bestia dentro de mí gruñía, queriendo marcarla en ese mismo momento, la parte de mí que comenzaba a reconocer el amor era aún más poderosa.
La amo.
El pensamiento me golpeó con la fuerza de una bala, atravesando mi corazón.
Valentina era mi todo. Y esa verdad me aterraba más de lo que cualquier enemigo pudiera hacerme.
Porque si algún día llegara a faltarme, si alguien osara arrebatármela, no quedaría nada en pie. No importaba cuántos tuvieran que caer, cuántos cuerpos quedaran tendidos en el suelo, el mundo entero ardería bajo mis pies si la perdía.
Porque era mía. Ella era mía en cuerpo y alma, y yo me había rendido ante ella de una manera que nunca creí posible. La necesitaba más que el aire que respiraba, más que el control que siempre había ejercido sobre el mundo que me rodeaba.
La amo.
La miré fijamente. Nadie se atrevería a ponerle una mano encima, ni siquiera acercarse a ella. Ella era mía. Y yo, sin quererlo, me había entregado por completo a ella.
El amor se había abierto paso en mí como un veneno dulce, y lo aceptaba.
—Amore, —dije suavemente, mi voz más ronca de lo normal. Sentía el temblor en mi pecho, esa mezcla de sentimientos que me arrancaba del hombre frío que siempre había sido. —Tú eres mía. Nadie volverá a hacerte daño. Jamás.
Me miró con esos ojos grandes, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Y tal vez era así, tal vez ella no comprendía hasta dónde estaba dispuesto a llegar para mantenerla a mi lado.
Pero yo sí lo sabía.
—Ven conmigo, principessa, —le dije, tirando suavemente de su brazo.
Necesitaba estar a solas con ella, sin la multitud de ojos observándonos, sin las miradas de aquellos que querían acercarse a nosotros.
Pero entonces ella se detuvo.
—Amore mio, —dijo con suavidad, y sentí su mano cálida en mi mejilla. La presión suave de sus dedos sobre mi piel hizo que todo dentro de mí se detuviera por un segundo. —Tenemos tiempo para estar solos, —continuó, mirándome con esos ojos que me desarmaban por completo. —Volvamos a la fiesta. Nos quedaremos juntos esta noche.
Mis dedos se cerraron alrededor de su brazo con un poco más de fuerza, luchando contra la necesidad que me consumía.
Quería decirle que no, que no podía esperar, que necesitaba tenerla ahora mismo, aquí, lejos de todo y de todos.
Pero tenía razón, y eso me mataba.
Me incliné hacia ella, mis labios tomando los suyos con una intensidad que no pude contener. La besé con todo lo que sentía, con el deseo, el miedo, la rabia y... el amor.
Porque eso era lo que ahora lo definía todo.
Cuando me separé, nuestros rostros estaban a solo milímetros de distancia, mi respiración entrecortada mezclándose con la de ella. Mis manos aún en sus mejillas, aferrándome a la única cosa en este mundo que realmente tenía valor.
Las palabras salieron de mis labios antes de que pudiera detenerme.
—No te dejaré ir jamás, —susurré contra sus labios.
No me había dado cuenta hasta ese momento de cuánto la amaba realmente.
Cada parte de mí estaba ahora a su merced, y aunque ese pensamiento debería aterrarme, ya no lo hacía.